
La nube no era cualquier nube. Antes de iniciar la construcción de la casa, entrevistaron a cientos de ellas, y ésta fue la única que les garantizó un lugar estable en el cielo que jamás se tornaría de color gris, pues si llegase a hacerlo, todo el proyecto de la familia duende se vendría abajo con la lluvia. Era una nube con buenos principios, y estaba ansiosa de tenerlos ahí arriba con ella.
Para llevar hasta ahí los materiales de construcción, contrataron a un grupo de alegres libélulas del pantano, y para subir y bajar de la nube, la familia duende aprovechaba el paso de casi todas

Un año antes habían decidido abandonar el bosque, porque ya había demasiada población de duendes y costaba trabajo encontrar setas color ámbar para alimentarse.
En la parte de atrás de la nube, hicieron unos surcos con sus dedos, y en ellos sembraron semillas de azúcar de algodón. Salieron plantas de color de rosa y azul celeste, con frutas que a todos deleitaban por su dulce sabor.
El lugar era tan alegre, que miles de pájaros se acercaban cada día a saludar con melódicos cantos a la familia, para desearles toda clase de felicidad en su nuevo hogar, en donde el bebetín duende, recién nacido, soñaba con esferas de todos los colores y sonreía plácidamente en su ventana asoleada.
