miércoles, 25 de junio de 2008

La riesgosa profesión de escribir cuentos

Aquel verano habían sido asesinados de mala manera cuatro connotados escritores de cuentos de terror. El detective Johnson tenía dos líneas de investigación:

La primera era acerca de un asesino en serie que detestaba ese género literario y eliminaba uno tras otro a quienes creaban monstruos y criaturas terribles, simplemente porque le causaban pesadillas.

La segunda era que, de alguna manera, los monstruos creados por la mente de los escritores, motivados por el calor del verano y por la orientación de los astros en la era de Acuario, se materializaban, y a continuación se rebelaban en contra de quien dirigía su destino en las hojas de papel, para así hacer de las suyas libremente, sin límites y sin libreto.

La investigación policial se suspendió definitivamente cuando se encontró el cadáver del detective Johnson completamente seco, con un par de agujeros marcados sobre su yugular.

lunes, 23 de junio de 2008

La mujer de los dragones

Posiblemente descendía de alguna princesa medieval que alguna vez fue secuestrada y encerrada en oscura cueva custodiada por bravos y celosos dragones.

O tal vez en alguna vida anterior le tocó ser un valiente caballero medieval que murió incinerado al tratar de aniquilar a algún temible dragón que asolaba sin piedad a la región.

O quizá tan sólo se trataba de una neurosis muy avanzada en la que -como decía su psicólogo- ella, en las profundidades de su inconsciente, veía a su marido como un gigantesco y escamoso monstruo volador que arrojaba fuego por la boca.

Una mañana ella amaneció calcinada en su cama. Nunca nadie pudo aclarar la naturaleza de esa extraña muerte.

domingo, 22 de junio de 2008

Lucy

Todos los días del verano, al caer la oscura noche, salía de su refugio a cumplir con ciertas funciones que ella misma se había asignado desde hacía mucho tiempo.

Primero se acercaba volando al lugar en donde su amigo escarabajo vivía, y le iluminaba su ya oscuro camino, mientras éste metía en su agujero el último trozo de alimento de la jornada. Gracias a esa luz que le permitía laborar media hora más cada día, él ya tenía suficientes nutrientes en su hoyo para pasar un invierno tranquilo.

Después se acercaba a la cueva en donde moraba la terrible serpiente nocturna, y si ésta salía a la caza de roedores, ella volaba sobre su cabeza para advertir a sus amigos ratones del riesgo que corrían, para que esa noche tuviesen mucho cuidado.

Más tarde buscaba al joven y amigable lince, que siempre, antes de salir a cazar, gustaba de jugar tratando inútilmente de tocar con sus garras a esa extraña luz que volaba traviesa alrededor de su cabeza. Una vez que quedaban satisfechos de su juego de cada noche, ambos se retiraban muy contentos.

Así, antes de que saliesen los rayos del sol del nuevo día, la amigable luciérnaga se retiraba a descansar con la conciencia muy tranquila por haber ayudado, con su extraña naturaleza, a sus amigos del bosque, sin esperar por ello nada a cambio.

domingo, 15 de junio de 2008

Melos

Nunca nada ni nadie fuera de él disfrutó de aquella maravillosa música silente, generada únicamente para complacerse a sí mismo.

No tenía músculos ni sistema nervioso, ni siquiera un cuerpo como nosotros lo concebimos.

Su esencia consistía en una infinita gama de sonidos, tiempos y silencios. Lo más parecido a un cerebro que esa criatura poseía era un inmaterial centro instintivo rítmico que le permitía jugar elegante y apasionadamente con sus recursos musicales, combinándolos de manera exquisita para conformar aquella deliciosa y nutritiva música muda de la cual se alimentaba para seguir viviendo.

Un día, extasiado de la belleza de su propia creación, se escuchó demasiado y murió de sobredosis de sí mismo. Su obra flota silenciosa en alguna parte del universo.

viernes, 13 de junio de 2008

La Pirámide de los Sueños

Existió una vez un joven dragón dorado cuyo papel en la vida era de verdad muy importante para todos los niños del universo, sin que ellos lo supiesen o imaginasen. Su misión le fue asignada mucho antes de nacer por los Grandes Dragones del Pasado, y consistía simplemente en tener sueños agradables, razón por la que sus amorosos padres, desde su nacimiento, lo nutrían con flores de djanuba, que traían desde la lejana tierra de Xtumux.

Sus sueños agradables, a medida que se iban presentando, se convertían en inmateriales piedras que, una vez labradas, se utilizaban para construir una especial y trascendente edificación que permitía ser completamente felices a todos los pequeñajos: se llamaba la Pirámide de los Sueños.

Así, todo aquello que el joven dragón dorado soñaba, se convertía inmediatamente en sólidas rocas intangibles, las cuales eran transportadas, en cuanto se generaban, por cientos de elfos sonrientes y responsables, hasta el lugar elegido para construir la pirámide mágica ordenada por los Grandes Dragones del Pasado.

Cientos de aves, reales y fantásticas, de todos colores y plumajes, a picotazos pulían las simbólicas piedras para hacer bloques perfectos, y después las colocaban en su preciso lugar. Los duendes buenos les decían en dónde ponerlas.

A veces, algunos diablillos traviesos disfrazados de duendes, engañaban a las aves para que colocasen las piedras en lugares equivocados, generando así, en vez de sueños agradables, una que otra pesadilla aislada, pero nada grave, pues los duendes buenos, cuando se daban cuenta, las reacomodaban inmediatamente.

Millones de abejas transportaban dorada y olorosa miel al mágico lugar, y la depositaban en la superficie de las piedras, a modo de dulce y efectivo pegamento.

Muchas ranas encantadas brincaban alegremente sobre las piedras ya colocadas y enmieladas, para que éstas ensamblaran perfectamente, y así evitaban que los sueños bonitos que generaba la pirámide, se fugasen de ella sin alegrar adecuadamente la vida de todos los seres de corta edad.

Y así, mientras el joven dragón dorado soñaba y los demás trabajaban arduamente construyendo este edificio maravilloso, un coro de hadas buenas les amenizaba el trabajo con bellas melodías inspiradas en aquellos sueños convertidos en piedras maravillosas.

Gracias a todos ellos, y en particular al joven dragón dorado de este cuento, hoy la Pirámide de los Sueños está ya acabada, y a ella se debe que todas las criaturas jóvenes de nuestro universo duermen plácidamente, soñando con cosas bonitas de muchos colores y formas caprichosas, a modo de calurosa y amable bienvenida a la vida que le brindan los sabios y amables Grandes Dragones del Pasado.

sábado, 7 de junio de 2008

Soñando en la superficie de Narak

Decidí por fin olvidarme de la ingrata Luna, después de todo lo que le rogué durante cientos de años, sin que ella osara siquiera mirarme. Finalmente concluí que un requisito esencial para amar a alguien es tener al menos una mínima esperanza de ser correspondido. Como no fue así, me marché silencioso y resignado a otro mundo, un lugar algo lejano en el que no hay una luna, sino muchas.

Me dijeron los sabios que aquello se llamaba Júpiter, en honor a un dios de alguna mitología de los mitológicos humanos, seres fantásticos cuya existencia no está todavía demostrada científicamente.

En las órbitas de Júpiter conocí a Europa, una antigua amante de aquél, que llegó hasta aquí siguiéndolo, montada en un toro blanco, y que enamorada del relevante dios, se convirtió en su satélite para siempre.

Ambos nos gustamos. Ella estaba harta de esperar inútilmente la atención de su inalcanzable amado, así que me pidió que la liberase de la fuerza de gravedad que la tenía aprisionada, para así poder amarme sin condiciones.

Todo fue inútil: los celos de Júpiter hacen que todas sus amantes giren alrededor de él eternamente sin la menor posibilidad de evitarlo. Durante miríadas desgasté mis músculos y mi cerebro tratando de llevarla conmigo, pero fracasé. Júpiter es de verdad muy poderoso. Y aprendí que no es mitológico, sino real, completamente real.

Con tristeza y muchas lágrimas, resignado me despedí de Europa, pues yo tenía que considerar que mi vida se agotaba y no había logrado todavía mi obligación existencial normada por los cánones de Euticia: tener un hijo astral que algún día gobernase la parte púrpura del universo.

De esta manera y totalmente deprimido, me dejé llevar por el viento solar y los agujeros negros, hasta caer en Narak. Ahí me encerré en una gruta fluorescente a llorar mis penas. Tanto lloré que mis lágrimas regaron el suelo, y con esa humedad lacrimosa nacieron plantas y criaturas que yo no imaginaba. Entre ellas estaba Nauruka -la bella y amorosa Nauruka-, quien lamentando sinceramente mi tristeza, se enrolló en todo mi cuerpo llenándolo de compasión y amor.

Quedó preñada de mis sentimientos.

Y cuando nuestro hijo -el futuro emperador del universo púrpura y fruto de mis amores con la bella Nauruka- estaba a punto de nacer, ocurrió algo lamentable: mi inexistente humana esposa del planeta Tierra me despertó, recordándome que si no llegaba puntual al trabajo, podía perderlo, por reincidencia en sueños fantásticos convertidos en retrasos registrados por un reloj controlador computarizado que enviaba toda la información en tiempo real al jefe de personal de una patética empresa mundana que fabricaba colchones para humanos, en la cual yo era el responsable de contabilizar uno por uno los defectos que registraba la gente de Control de Calidad.

Salté de la cama inmediatamente, pues soy un ente muy responsable, pero debo reconocer que sigo amando a Nauruka y a nuestro hijo por nacer, además de que hasta donde recuerdo, los seres humanos no existen, ni están científicamente demostrados, por lo que esta irrupción absurda a lo que es mi vida en Narak, debe ser una fantasía desagradable, una pesadilla de la que tarde o temprano despertaré.

Espero que cuando mi hijo gobierne el universo púrpura, él venga por mí, y yo sea transportado en nave maravillosa a su inmenso reino, y ahí se me conceda un merecido lecho de amor para acariciar eternamente a la bella Nauruka, la liana más linda y amorosa que hayan generado los cuatro universos.

jueves, 5 de junio de 2008

El chullachaqui

Penetra los cerebros. Desnuda las intenciones. Esconde los caminos.

Los enemigos de la selva pagan las consecuencias.


John Blackwood llegó a la selva con la consigna de cazar seis jaguares, cuyas pieles ya tratadas decorarían esa temporada la exclusiva joyería Tifanny´s, ubicada en la Quinta Avenida de Manhattan.

Ordenó al lanchero que lo dejase en el claro detrás del recodo del río, y que lo recogiese ahí mismo una semana después, tiempo suficiente para cumplir con su objetivo. Ante la insistencia, tuvo que pagarle de contado.

El experto cazador de felinos tomó un sendero que conocía perfectamente de otros viajes a la selva, pero sin percatarse de que esta vez estaba siendo vigilado de cerca por un particular ente.
Llegó antes del anochecer al lugar deseado, un pequeño desmonte ideal para acampar y pasar la noche. Encendió una fogata, tomó un café y se durmió hasta el amanecer.

Despertó optimista con los primeros rayos de sol. Era sin duda un buen día para sorprender a los jaguares en sus madrigueras. Buscó una lata de alimento, y quedó sorprendido de que no había ninguna en su mochila. Parecía que alguien las había robado. Rápidamente buscó su rifle en prevención de que algún ladrón estuviese todavía cerca. Cuando quiso cargarlo, se dio cuenta de que también se habían llevado las balas.

Un poco desesperado, buscó huellas alrededor de su campamento, pero no encontró la menor traza. Después de analizar su situación un par de minutos, se dio cuenta de que sin alimentos y sin balas, su estadía en la selva era precaria y peligrosa. Sin entender bien lo que estaba sucediendo, decidió regresar al río, con la esperanza de que pasase alguna lancha, pues sabía que la que él había contratado tardaría todavía seis días en regresar.

Tomó el mismo sendero de siempre en dirección al río. Caminó unas seis horas, hasta que llegó al claro detrás del recodo, para llevarse una sorpresa más: no había río. No es que estuviese seco, sino que simplemente no estaba ahí. Lo que debería ser el lecho, era un sector de selva muy frondoso e impenetrable. John no entendía nada.

Mientras pensaba en lo extraño de la situación y en el riesgo que corría, su cabeza fue desprendida por un poderoso zarpazo de un silencioso jaguar que salió a sus espaldas. Su carne sangrante fue devorada por un grupo de seis felinos ante la complaciente mirada del chullachaqui, el ente misterioso que protegía la frondosa selva.

En el preciso momento en que John Blackwood era devorado por los jaguares, el lanchero que lo había llevado a ese lugar y que supuestamente lo habría recogido unos días después, estaba en la aldea cerrando un trato con otro aventurero de nombre Milton Guimaraes, un portugués que cazaba lagartos para la firma Dior, empresa que próximamente sacaría al mercado una carísima y exclusiva línea de calzado de piel de caimán. Lo llevaría precisamente al claro detrás del recodo del río.

La mágica misión del hombre de la lancha, encomendada por el chullachaqui, era la de llevar a ese lugar a los enemigos de la selva. Por esa razón, el lanchero siempre cobraba por adelantado sus servicios a sus particulares clientes.