viernes, 5 de marzo de 2010

La caries del vampiro


Drácula estaba muy preocupado. No era para menos.

Esa noche había perdido su colmillo izquierdo dejándolo clavado en el cuello de aquella deliciosa y tierna jovencita.

“Mil quinientos años no pasan en vano”, pensó deprimido. “Debo prepararme para la vejez.”

Su mortificación por la pérdida de su colmillo izquierdo lo hizo ir al dentista -otro vampiro- quien lo examinó detalladamente.

En su colmillo derecho encontró una caries no del todo pequeña.

El odontólogo le indicó que su problema venía de succionar sangre de diabéticos con alto contenido de azúcar, lo que Drácula disfrutaba mucho. “Los dientes se pican y acaban cayéndose”, le indicó. “Deberá evitar la sangre dulce en lo sucesivo”.

“Tendremos que extraer este otro colmillo, y mandarle hacer unos de resina sintética, de quitar y poner. Son más higiénicos que los naturales, porque puede lavarlos fácilmente.”

Drácula sintió que se hundía en el abismo. “¿Qué será de un vampiro sin sus colmillos? Seré el hazmerreír de toda Transilvania”, pensó con el ceño fruncido.

Esa misma noche, justo antes del amanecer, abrió su sarcófago y tomó una daga de plata que tenía oculta bajo el colchón.

Escribió una tierna nota de suicidio para su vampira amada, y, clavándose la daga en el pecho, se pulverizó para siempre.

miércoles, 3 de marzo de 2010

El rayo de sol


Venía de muy lejos, y era uno de miles de millones de su género que atravesaron los enormes espacios del sistema solar sin siquiera conocer su objetivo ni su destino.

Llegó por azar a la superficie del planeta azul y verde, y su trayectoria irrenunciable lo posó sobre una hoja de una planta junto a una charca.

Ahí se convirtió en energía transformadora, y nunca más supo qué fue de él o de su esencia.

Jamás supo que aquella hoja que reverdeció con su presencia, sirvió de alimento a un unicornio azul que desfallecía de hambre, el cual, ya reconstituido, fue quien salvó la vida del hada Adlín, quien a su vez eliminó con sus poderes al maléfico hechicero Barbeco, quien mantenía esclavizados a los duendes de Honiala.

Hoy, éstas pacíficas y agradecidas criaturas, tienen en su ciudad un extraño monumento dedicado a un rayo de sol desconocido, cuya inesperada presencia salvó a su especie de la extinción a manos del malvado hechicero Barbeco.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Moralejología para principiantes


La moralejología es una nueva ciencia que está adquiriendo relevancia entre los escritores de cuentos, las musas y los lectores. Muchas universidades e institutos de investigación están recabando información al respecto para informar de estos importantes aprendizajes a toda la población aficionada a la literatura.

Recientes descubrimientos literato-mitológicos han puesto a descubierto que las moralejas son seres vivos que han existido desde siempre en los alrededores del Olimpo, siguiendo una serie de normas y comportamientos que les han sido asignadas por Minerva, su madre, para bien de la desconcertada humanidad que necesita faros interiores para normar su comportamiento.

Las moralejas suelen acompañar a las musas literarias cada vez que un nuevo cuento viene a la vida. Se mantienen con bajo perfil hasta que el primer lector aparece, y entonces se muestran en todo su esplendor para separar lo que debe ser de lo que no debe ser, cumpliendo así con su deber ante nosotros como ignorante sociedad.

Se sabe que las moralejas son hadas delicadas aladas (aunque las hay torpes y torpísimas), que en sus finas manos cargan un pequeño mensaje propio de cada una, entregado a ellas precisamente por la sabia Minerva, en el entendimiento que los mortales que leemos dichos cuentos debemos retener en nuestra mente las consecuencias del comportamiento –adecuado o inadecuado- de los personajes presentados en la obra literaria.

Las moralejas suelen ocultarse entre las letras, las palabras y los párrafos, para normalmente presentarse al final del cuento, aunque a veces no lo hacen, o por lo menos no queda muy claro que lo hagan. Habría que preguntarles por qué.

A continuación presentaré una serie de historias reales avaladas por instituciones científicas serias, en donde los principales personajes son las hadas moralejas, sutiles criaturas destinadas a enderezar nuestras vidas por medio del ejemplo.


LAS TRES MORALEJAS

Hubo una vez un escritor que escribió un cuento un tanto ambiguo.

Su musa estaba un poco desconcertada, porque si bien el cuento era excelente, no quedaba del todo claro el mensaje final que el escritor deseaba enviar a sus lectores.

La musa, para dejar las cosas claras, solicitó a la sabia diosa Minerva su intervención, y ésta -que tampoco tenía muy claro lo que el autor pretendía- optó por enviar a tres moralejas a proponer a la musa y al autor cuál de ellas contenía el mensaje más aleccionador para los lectores del cuento.

La primera moraleja alegaba que cuando haces el bien, todo necesariamente te sale bien.

Sonaba convincente, excepto que el autor sabía mucho de la vida, y estaba claro para él que esa moraleja no estaba para nada centrada en la realidad.

La segunda moraleja - un poco más realista que la anterior- portaba el mensaje de que aun cuando hagas el bien, siempre puede aparecer un aprovechado que arrase con tus buenas intenciones.

El escritor y la musa aprobaron esta conclusión, aunque dudaron en publicarla, pues no era necesariamente un buen ejemplo para los lectores.

La tercera moraleja resultó demasiado cruda, pero no por ello menos acertada:

Los que hacen el bien son tontos que fácilmente pierden el control de las cosas. Las personas prepotentes, frías y calculadoras casi siempre ganan en este mundo.

Mientras el autor y la musa dialogaban descuidados con las dos primeras moralejas para ver cuál de ellas era la que debía concluirse del cuento, la tercera moraleja aprovechó para redactar de manera definitiva el último párrafo de éste sin consultar a los demás.

El cuento fue un éxito total, lo que demostró que la tercera moraleja tenía toda la razón.

Los lectores recibieron de esa historia una excelente lección de literatura pragmática.



LA MORALEJA MALDITA

Era una moraleja llena de malas intenciones. Contaban sus compañeras que era amante del diablo, aunque nadie lo pudo jamás demostrar.

Tenía ya muchos años rondando escritores exitosos, aquellos que por la calidad de sus mensajes eran de toda la confianza de sus lectores, pero no había encontrado todavía una buena oportunidad para manifestar su maldad y hacer el daño que -según ella- la humanidad merecía.

Por fin, se presentó ésta oportunidad en un cuento de príncipes, princesas, caballeros y dragones.

El príncipe guapo y bueno estaba enamorado de la hermosa y virginal princesa, y su ya próximo matrimonio sería apadrinado por el Caballero de la Armadura de Plata, un galán valiente, noble e invencible, que respetaba al príncipe sobre todas las cosas.

El problema del cuento es que la zona estaba plagada de dragones perversos, y el Caballero de la Armadura Negra –pretendiente de la princesa- había pactado con ellos para que la raptasen y la llevasen al Castillo de las Tinieblas. De esta manera, la boda no se llevaría a cabo, y así él tendría oportunidad de enamorarla…o de asesinarla si se negaba a ello.

El rapto se llevó a cabo durante la noche, cuando una veintena de flamígeros dragones se presentaron en el Castillo de Caramelo y se llevaron a la dulce princesa.
Por la mañana, cuando el buen príncipe se dio cuenta de que la princesa virgen había sido raptada (o por lo menos eso pensó en su ingenuidad), llamó al Caballero de la Armadura de Plata, y ambos salieron hacia el Castillo de las Tinieblas para vengar lo sucedido y rescatar a la honorable damisela.

Fue entonces que la moraleja maldita, muriéndose de la risa, decidió acabar el cuento.

Al llegar los héroes salvadores al Castillo de las Tinieblas, se encontraron con una enorme sorpresa: la princesa estaba totalmente desnuda, disfrutando encantada de una orgía con el Caballero de la Armadura Negra y los veinte dragones, que se turnaban para estar con ella.

En el último párrafo del cuento, la princesa llamaba retrasado mental y sexualmente impotente a su príncipe pretendiente, e imbécil y entrometido al Caballero de la Armadura de Plata.

La moraleja maldita expresó entonces claramente su mensaje final:

En esta vida no se puede ser tan ingenuo.


EL ESCRITOR QUE ODIABA LAS MORALEJAS

Hubo una vez un escritor que odiaba las moralejas. Si algo lo ofendía de verdad, era que algún lector entrometido encontrase alguna de ellas en sus cuentos, pues él escribía lo que sentía sin reflexiones éticas de ningún tipo, y jamás pretendía incluir mensajes de comportamiento adecuado a sus personajes. Le parecía ridículo, inmaduro e innecesario. En ese sentido, sus personajes eran completamente amorales, lo que era el orgullo del autor.

Sin embargo, cuento tras cuento, sus lectores lo felicitaban por las “excelentes” moralejas en todas sus historias.

Tras de muchos corajes, el escritor decidió escribir un cuento al que de ninguna manera pudiese asignársele un mensaje final.

Antes de lograrlo, arrojó al cesto de papeles decenas de borradores.

Finalmente logró su cometido:

El cuento –bastante corto por cierto- se llamaba UNA HISTORIA SIN MORALEJA.

El único párrafo que lo conformaba decía:

Érase que se era un cuento sin moraleja, que por esa misma razón era el más feliz en el mundo de la literatura.

Fin


Lo anterior no obstó para que un insistente lector concluyese que:

La verdadera felicidad de los cuentos radica obviamente en no tener moraleja.

El escritor optó por suicidarse.



UNA MORALEJA EN BUSCA DE CUENTO

Era una moraleja que tenía la moral muy baja por la falta de empleo. Llevaba años buscando un cuento al cual engarzarle el mensaje que Minerva, su madre, le había adjudicado, pero no lo lograba.

A medida que los fracasos en su objetivo existencial continuaban, nuestra moraleja empezó a pensar en suicidarse.

Pero una amiga moraleja que sabía mucho de la vida, viendo que su compañera pensaba en morir, le indicó como atrapar a un cuento aunque su mensaje no fuese el apropiado.

Minerva escribía los mensajes de las moralejas sobre pergaminos de piel de ave del paraíso con una tinta que sólo ella poseía, la que extraía durante la primavera de las flores de loto de la especie lotus olympicus. Éstas solamente se daban en las laderas del Olimpo, las que eran celosamente custodiadas por los sátiros, para evitar que alguien que no fuera ella extrajese de ellas la tinta y le diese algún uso indebido.

Pero la amiga de nuestra moraleja enamoró a un sátiro querendón, y éste le permitió acceder a las flores de loto, lo que aprovechó para extraer una buena cantidad de tinta, la que regalaba a sus amigas cuando las veía en apuros.

Con esta tinta mal habida, algunas moralejas podían modificar su mensaje, con lo que su probabilidad de ser empleadas en algún cuento aumentaba enormemente.

Fue así que nuestra desesperada moraleja especuló unos meses, hasta que encontró un cuento que carecía todavía de una conclusión ética para sus lectores. Se presentó ante él, y le brindó algo muy apropiado, el mejor de los mensajes que éste pudo haber hallado:

Lo más importante en esta vida es nuestra propia supervivencia.

El cuento y la moraleja vivieron juntos y felices por el resto de su existencia.

domingo, 21 de febrero de 2010

La vocación del príncipe


Cuentan que cuentan que alguna vez existió, en lejanas tierras septentrionales, un príncipe que ya no era precisamente un mozuelo. Su vida había transcurrido plácidamente en palacio, protegido por sus padres y por una corte que no permitía que nada grave le pasase en esta vida tan llena de avatares y circunstancias.

Como él no era muy agraciado físicamente ni profesaba mayor ingenio o talento, llegó a una edad bastante madura soltero y célibe: cosas de la vida.

Se sentía desaprovechado e inútil, hasta que supo por un caballero andante chismoso, que había por ahí una joven y hermosa princesa en peligro, pues un malvado dragón la quería abrasar con su poderoso fuego.

Nuestro príncipe llamó a su paje, y corrió con él a su alcoba a vestirse de héroe salvador. Fue entonces que notó que la ropa apropiada para salvar princesas le quedaba muy apretada y estaba fuera de moda. Como sea, se la logró poner, sacrificando para ello un par de botones.

Inmediatamente después, llamó al encargado de las caballerizas reales para que preparase su mejor corcel, el cual, por falta de entrenamiento y mala alimentación, estaba completamente fuera de forma. Como sea, el príncipe lo montó, y salió en busca de la princesa en apuros y del malvado dragón escupefuego que la acosaba.

Llegó enseguida al palacio de la princesa, pues ambos habitaban la misma región.

Y sí: ahí estaba el prepotente dragón, sentado a mitad del camino, como esperando a que apareciese el príncipe salvador.

No se veía como un dragón hostil o agresivo. No era, desde luego, un cachorro o un dragón mozuelo, sino que más bien irradiaba calma y madurez. Podría decirse que la bestia flamígera prefería un diálogo maduro a un enfrentamiento absurdo con un príncipe empolvado y obsoleto.

No muy lejos de ahí, estaba la princesa que desde su balcón pedía auxilio a gritos. Era un tanto obesa, y mostraba sus patas de gallo y papada, pero a los ojos del príncipe salvador, era una verdadera belleza acorralada por una bestia inmunda.

El príncipe salvador apuntó la lanza contra el malvado dragón y azuzó a su corcel para embestirlo.

Éste –un dragón noble con mucha experiencia en la vida- emprendió el vuelo y permitió que el príncipe salvador rescatase a la ridícula princesa sin que nadie resultase lastimado.

NOTA DEL AUTOR: lo curioso de esta historia es que había sido la frustrada princesa quien había –por su crónica falta de aventuras existenciales- agredido al noble y pacífico dragón.

El príncipe salvador llevó a la princesa a su palacio, la desposó, y vivieron felices por siempre.

El maduro dragón volvió a recostarse en el camino, saludando con aprecio y respeto a los humanos que por ahí pasaban, todos ellos ocupados por sus menesteres mundanos del día a día. Para él fue maravilloso el verse liberado de las innecesarias agresiones de la inmadura y frustrada princesa, a la que deseó la mejor de las suertes en su nueva vida con el príncipe salvador.

viernes, 19 de febrero de 2010

La esquinita


Hubo una vez en una casa, una esquinita que anhelaba ser corredor.

Ella soñaba con conocer muchas cosas de las que existían en la vida, pero como era una simple esquinita, sólo se le acercaban algunas partículas de polvo insignificantes que solían permanecer muchos días a su lado, porque pocas veces se hacía la limpieza en aquel lugar, las que le resultaban monótonas y aburridas.

A cada momento ella veía pasar, por el corredor cercano, cientos de objetos animados o inanimados que disfrutaban de su movimiento, mientras que ella estaba sola y aburrida acompañada por esas inmutables partículas de polvo que ni siquiera hablaban, y que permanecían quietas semanas o meses, hasta que de repente aparecía la aspiradora y se las llevaba.

El fastidio de la esquinita era enorme, hasta que un día apareció por ahí el hada de las esquinas, una extraña criatura que parecía un cubo incompleto, pero con alas y una enorme sonrisa contagiosa.

Ésta preguntó a nuestra esquinita si tenía algún deseo que anhelase en la vida, a lo que ansiosa le respondió que sí, que deseaba ser un corredor importante por el que pasasen muchos objetos animados e inanimados, día y noche, semana tras semana.
El hada de las esquinas respondió que ese deseo podía ser cumplido fácilmente, siempre y cuando la esquinita estuviese segura de que eso era lo que de verdad quería, a lo que ésta respondió sin ninguna duda que sí.

Entonces el hada de las esquinas sacó su varita mágica, dijo algunas palabras mágicas, y la esquinita de repente se vio convertida en corredor.

Estaba feliz viendo pasar a muchos objetos a toda velocidad, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. De pronto le dieron ganas de platicar con algunos de ellos para saber a dónde iban y con qué propósito circulaban por ese corredor. Ninguno se detenía a responderle. Todos parecían muy apresurados y ocupados. Finalmente, un objeto que no iba del todo rápido, se detuvo a contestarle:

“¡Corredor idiota! ¿Acaso no ves que tengo prisa? Los corredores son para circular, no para platicar. No me quites el tiempo, que estoy muy ocupado.”

La esquinita convertida en corredor estaba desesperada, pues nadie se detenía a su lado, y ella quería saber más de la vida: ¿quiénes eran esos objetos? ¿Hacia dónde iban? ¿Por qué tenían tanta prisa?

Después de varios días de vivir esa desagradable situación de simplemente ser utilizada como ducto hacia cualquier parte, se acordó se sus amigas, las partículas de polvo abandonadas que se acurrucaban a su lado cuando era esquina, y que permanecían mucho tiempo acompañándola. Lamentó nunca haber platicado con ellas y haberlas considerado seres aburridos. Ahora sabía que eran mejores amigas que los apresurados e indiferentes objetos que circulaban por los corredores sin detenerse a establecer relaciones de ningún tipo.

Y cuando empezó a llorar de nostalgia por sus recuerdos de cuando era esquinita, apareció de nuevo el hada de las esquinas para consolarla y regresarla -con un conjuro y un par de movimientos de la varita mágica- a su antigua situación.
Y ahí estaban todavía las adorables partículas de polvo, que se alegraron mucho de volver a verla.

A partir de aquel día, la esquinita supo que era muy importante aceptarse tal cual era ella, y así pasó muchos ratos agradables platicando de muchas cosas con las partículas de polvo que la acompañaban.

jueves, 18 de febrero de 2010

Aracnotopía


Era un planeta muy parecido a la Tierra, excepto por dos hechos: uno de ellos era que la especie inteligente y, por ende, dominante, eran las arañas. Éstas habían controlado a todos los predadores que las amenazaban; se vacunaban contra todo; vivían en urbes llenas de modernos vehículos que las transportaban a todas partes; etc. Era una sociedad perfectamente estructurada.

El segundo hecho es que había una repulsiva especie animal bípeda que habitaba los rincones abandonados y el campo; que se alimentaba de insectos; y que, en la mayor parte de los casos, resultaba ponzoñosa (sobre todo con sus venenosos comentarios).

No era que esta inmunda especie significase realmente un peligro para las arañas, pero cuando una de éstas inventó un químico exterminador de humanos, recibió de sus congéneres toda clase de premios y honores científicos.

miércoles, 17 de febrero de 2010

El rugido del sapo bonachón


Consecuencia de alguna maldición proveniente de la oscura selva tropical, aquel rugido nunca pudo tener un cuerpo de león al cual pertenecer, como hubiese sido su destino.

Fue condenado por las perversas ánimas de aquella húmeda foresta a vagar por siempre en el aire, atemorizando a sus habitantes, pero sin jamás hacer acto de presencia material.

Intentó inútilmente penetrar en los cuerpos de leones y leopardos para poseer una garganta poderosa que le permitiera ser él, y así desarrollar toda su potencia y virilidad.

Finalmente, ya desesperado por su lamentable situación, logro alojarse en el cuerpo de un distraído sapo bonachón y querendón que tenía problemas de autoestima porque su croar era deficiente, lo que lo hacia el hazmerreír de las hembras de su charca.

El rugido finalmente resolvió su trauma de inmaterialidad al encontrar aquella inesperada garganta, mientras que el sorprendido sapo decidió -al analizar su recién adquirido potencial- ignorar a las hembras de su especie que jamás le habían hecho caso, y se dedicó por siempre a enamorar a las desconcertadas y sensuales leonas de la complicada sabana africana.