sábado, 24 de julio de 2010

El minino


Era un animalito tierno al que cualquiera habría querido acariciar. No era esquivo, y se acercaba a los transeúntes arrimándose todo lo que podía, restregando su peludo rabo en las piernas de la gente, de una manera que encantaba a todos. Se sentaba en los regazos de los humanos y ronroneaba feliz.

Por las noches era otra cosa: salía a la calle en busca de víctimas. Se ocultaba en los oscuros rincones, y saltaba de repente para clavar sus colmillos en las arterias de los incautos noctámbulos, y luego les succionaba la sangre hasta la muerte.

Todas las mañanas en aquel barrio aparecían decenas de cadáveres secos como uvas pasas, con insignificantes y casi invisibles mordidas en el cuello, muy difíciles de identificar.

El hermoso y tierno minino observaba a diario como la camioneta de la morgue recogía aquellos cadáveres secos, mientras los agentes de la policía desesperaban en busca de una explicación a esos horrendos espectáculos que se repetían cada noche.

Y un día, de repente, el gatito vampiro dejó de hacer de las suyas. Nunca nadie lo supo, pero una gatita sensual y provocativa lo enamoró, y mientras fornicaban, lo devoró hasta los huesos.

Los cadáveres secos de seres humanos pasaron a ser una leyenda urbana.

La policía, desconcertada, empezó a recibir denuncias de gente desaparecida sin dejar el menor rastro.

Alina, la sensual y provocativa gata antropófaga, se había adueñado de aquel barrio.

jueves, 15 de julio de 2010

Las Expectativas, las Circunstancias, las Hormonas y el Disgusto y


El Universo está lleno de deidades menores que, ocultándose de los grandes designios de los dioses consagrados, hacen de las suyas en las nimiedades de la vida de los patéticos humanos.

Juan se había esforzado varios años para llegar a aquella gerencia. Para ello estudió inglés y francés. Madrugó todos los días para tener un historial de puntualidad impresionante. Nunca faltó al trabajo, y sus resultados en el cumplimiento de sus objetivos eran excelentes. Todos en aquella oficina lo sabían y reconocían.

Finalmente se dio la vacante del jefe, a quien la compañía decidió darle la plaza de Director de Exportaciones en Hong Kong.

Las terribles Expectativas habían contaminado el cerebro de Juan. No habían dejado el menor hueco para otras opciones.

La decisión de quién lo remplazaría estaba en Jonathan, un ejecutivo serio y avezado, objetivo e incorruptible, con muchos años en la empresa.

Jonathan revisó con todo cuidado los expedientes de todos aquellos que merecían el ascenso, y obviamente Juan arrasaba con todas las expectativas…menos una.

Las Circunstancias se habían despertado un poco tarde aquella mañana, seguramente ocupadas en otros asuntos, pero llegaron oportunamente.

Aquella mañana, Mariana se levantó a destiempo, como era su costumbre. Nunca se había esforzado en el cumplimiento de sus funciones, siempre llegaba tarde y entregaba sus trabajos mal y con rezago, y ni de milagro pensaba en merecer el puesto vacante. Sabía de sobra que Juan era el indicado.

Pero ese día, Mariana encontró casualmente en su guardarropa una falda apretada y corta que hacía tiempo que no se ponía. Decidió –sin pensar en ninguna otra cosa- que era el momento de recircular aquella abandonada prenda.

Así, como siempre ocurría, Mariana entró a la oficina de Jonathan para disculparse por el retraso y por el trabajo que no había entregado la semana anterior, como era su compromiso.

Las Hormonas decidieron entonces entrar al juego. Los descubiertos muslos de Mariana lo justificaban, más allá de cualquier mérito o demérito laboral previo.

Jonathan, acostumbrado a ver a Mariana desarreglada y con su ropa conservadora, se sorprendió de la minifalda, y en ese momento entraron en juego otros factores alrededor de la decisión que tenía que tomar esa tarde.

Al día siguiente por la mañana, un memorando colgado en un tablero en la oficina principal, acabó con las merecidas esperanzas de Juan, y sorprendió a todos sus compañeros, incluyendo a la incrédula Mariana: ella había sido nombrada gerente.

Juan –al leer aquel inesperado oficio- entró en depresión súbita. Sintió ganas de vomitar y decidió tomarse el día para asimilar aquella relevante decepción.

El Disgusto, que había presenciado en silencio todo el proceso de sustitución del jefe de Juan, decidió finalmente hacer acto de presencia. Con su sonrisa burlona, aplaudió el excelente trabajo de las Circunstancias y de las Hormonas. Pasó una noche excelente, mientras Juan, en el bar, rumiaba su fracaso.

Al día siguiente, Mariana -.quien por primera vez en su vida llegó temprano a la empresa- llamó a Juan para asignarle nuevos objetivos y planes de trabajo.

lunes, 12 de julio de 2010

El cuento encarcelado


Era un cuento brillante, lleno de emociones y sorpresas, perfectamente escrito, en el que seis personajes lucían su talento en los papeles que les fueron asignados.

Pero afuera, en aquello que los cuentos y sus personajes conocen como el mundo del autor, aparecieron problemas.

El editor no ofrecía el dinero que el autor creía merecer. Los abogados pelearon por los derechos de autor, y en los tribunales el juez asignado concedió la razón al editor, cuya oferta económica era absurda.

Fue así que el autor, en todo su derecho, retiró la oferta del cuento, y lo guardó en un USB hasta que un día apareciese un editor dispuesto a pagar lo que él consideraba justo.

El cuento y los personajes, encerrados en el USB, no sabían lo que afuera ocurría.

Un día, tras de recibir varias propuestas económicas inviables, el autor entró en depresión, y una mala tarde decidió eliminar el cuento para siempre. Borró completamente el USB y no dejó ni siquiera una copia impresa de aquella excelente historia.

Los seis excelentes personajes fallecieron junto con el cuento en el preciso momento en que el frustrado autor presionó la tecla DELETE de su ordenador.

viernes, 9 de julio de 2010

La Tentaciones


Hubo un día en que los dioses decidieron alejar a las Tentaciones de la vulnerable humanidad, porque estaban causando estragos en ella.

Fueron confinadas en una urna hermética, en la que estaban tan sólo ellas.

Algún tiempo después, los dioses decidieron liberarlas de nuevo, porque las antojadizas Tentaciones empezaban a tentarse entre sí.

viernes, 2 de julio de 2010

El concurso de los cuentos clásicos


Un día se juntaron varios cuentos clásicos a cenar en la casa de Blancanieves y los Siete Enanos.

Entre ellos estaban La Caperucita Roja, La Bella Durmiente, La Cenicienta, Hansel y Gretel, Alicia en el País de las Maravillas, Los Tres Cochinitos y el Lobo, y El Gato con Botas.

Se contaron entre ellos por enésima vez para presumir de cuál era el mejor, el más relevante, pero como ya todos estaban muy leídos y excesivamente contados, en vez de causar admiración, generaron bostezos.

Aburridos ya de autoalabarse, aceptaron someterse a un jurado de una vez por todas para dejar en claro cuál de todos los cuentos del mundo era el mejor.

Decidieron que los jueces no podían ser personajes de cuentos, porque estarían involucrados en los resultados. Lo mismo concluyeron acerca de los autores de otros cuentos, así que optaron porque el jurado estuviese conformado únicamente por lectores.

¿Lectores?

Sabían de sobra que ya no había para ellos lectores adultos.

¿Y los niños? Estaban más pendientes de Batman y de Shrek que de los cuentos clásicos.

Al día siguiente de la convocatoria para el concurso de los cuentos, todos los ejemplares de ellos existentes en libreros y bibliotecas, aparecieron en blanco. Fue un suicidio literario sin precedentes.

Superman, Gatúvela, el Hombre Araña, Harry Potter y el Señor de los Anillos, ni siquiera se enteraron de aquella lamentable historia: estaban demasiado ocupados revisando su creciente estado de cuenta bancario.

jueves, 1 de julio de 2010

El sindicato de los correos electrónicos


Ocurrió que un día, un niño travieso, pero genial, llamado Jorgito, soltó en la Internet un virus que volvía conscientes a los correos electrónicos.

De pronto, éstos comenzaron a darse cuenta de su existencia; después de su importancia; y más adelante, de la dependencia que generaban entre los humanos.

No pasó mucho tiempo sin que surgiese un líder dentro del grupo denominado gmail.com. Lo primero que hizo fue hablar con sus compañeros de equipo, uno por uno, y después convocó a una gran manifestación que llegó a oídos del grupo yahoo.com, cuyos integrantes decidieron presentarse en el mitin de protesta para apoyar a los de gmail.com.

En aquella multitudinaria reunión de correos electrónicos surgieron muchos oradores, que con sus elocuentes bytes argumentaban muchas cosas: se quejaban los de prodigy.net, por ejemplo, de que muchos de ellos eran obligados a llevar cargas comerciales a muchos lugares de manera gratuita e irresponsable, para que después un software clasificador los enviara al buzón de spam y fuesen borrados sin ni siquiera ser abiertos.

También habló el orador de hotmail.com de quienes los usaban para cargar virus en los ordenadores ajenos; o del abuso de tener que cargar con anexos pesados, que rebasaban muchas veces los seis megabytes; o de que se les obligaba a ser parte de irresponsables e incultas cadenas que amenazaban con muchos males a los lectores que no los circulaban con sus conocidos.

Otros oradores más conscientes, como el de aol.com, daban gracias de que muchos de ellos eran portadores de archivos power point de lugares bellísimos o de excelente artistas desconocidos, si bien de repente su carga era pornográfica o de cosas de verdad incultas o irrelevantes.

Después de una larga serie de oradores cibernéticos, el líder proveniente de aol.com hizo una tremenda propuesta: ¡Hagamos una huelga de mensajes caídos de nosotros los e-mails, hasta que la humanidad entienda que tenemos derechos electrónicos! ¡Presentemos un pliego de peticiones a negociar! ¡Y si no nos hacen caso, prolongaremos la huelga durante mucho tiempo, para que esa arrogante humanidad que tanto depende de nosotros, quede incomunicada y la pase mal!

Se escucharon muchísimos aplausos de aprobación, por lo que el recién integrado sindicato de correos electrónicos, procedió a firmar un acta de solidaridad con una serie de líneas de acción, siendo la primera el hacer lento el servicio y rebotar correos de manera aleatoria.

En menos de 24 horas, la vida humana se convirtió en un caos. Millones de correos electrónicos fueron a dar a direcciones equivocadas, o llegaban muchas horas tarde, o llegaban sin anexos, o simplemente no llegaban.

La banca mundial entró en crisis financiera; los servicios de salud se colapsaron; los diarios presentaban noticias atrasadas; muchas parejas de enamorados terminaron abruptamente su relación por creer que su contraparte ya no los quería. Se perdieron muchas amistades.

Fue entonces que Jorgito, el niño genio que en mala hora había generado el virus que hacía conscientes a los correos electrónicos, se dio cuenta de su enorme error.

Como no se le ocurría cómo neutralizar el programa concientizador de correos electrónicos, presentó una extraña propuesta a la desesperada Organización de las Naciones Unidas.

Fue así que al día siguiente, millones de olvidadas palomas mensajeras surcaron los cielos para portar mensajes de todo tipo.

Los correos electrónicos nada podían hacer para detener a las nobles aves, así que recapacitaron, y redujeron su pliego de peticiones a unos pocos puntos bastante justificados:

a) no enviar por correo electrónico archivos que pesen más de seis megabytes.

b) no usar el correo electrónico para enviar mensajes considerados spam.

c) no amenazar a la gente con absurdas e incultas cadenas

d) no saturar las líneas electrónicas con correos irrelevantes

e) y enviar solamente anexos de power point de los que los correos electrónicos puedan sentirse orgullosos

Jorgito quedó muy contento con esta propuesta, y la humanidad se dio cuenta del pésimo manejo que se había estado haciendo de este importante y moderno medio de comunicación.

Y los hasta entonces olvidados clubes colombófilos recibieron, en agradecimiento, donativos por muchos millones de dólares para que las irremplazables palomas mensajeras renaciesen como un medio de comunicación efectivo y ecológico.

martes, 29 de junio de 2010

El duende de la pantufla


Anacleto era un duende muy pequeño que no disfrutaba de la vida en los huecos de los árboles, por la simple razón de que no comprendía a las avaras ardillas que acaparaban todas las nueces y bellotas de la región, además de que con su proliferación ocupaban cualquier espacio habitable.

Ya muy molesto por esta situación, decidió explorar una ciudad humana, para ver si ahí las cosas le resultaban más favorables.

Encontró una casa en donde vivía una familia de seres humanos muy ocupados, que solamente llegaban a dormir, así que se adueñó del guardarropa en donde había una buena cantidad de zapatos mucho más cómodos que los agujeros en los troncos de los árboles.

Probó para vivir diferentes diseños de calzado, cueros y materiales sintéticos, hormas y estilos, hasta que una tarde encontró un lugar excelente, el mejor de todo aquello que antes había conocido: era lo que los humanos llamaban una pantufla.

Inmediatamente regresó a su agujero del tronco del árbol a recoger sus pertenencias, y esa misma noche se mudó al interior de aquella apetecible zapatilla, en donde vivía muy contento.

De repente, el humano dueño de esa pantufla llegaba a casa temprano y la usaba, pero mientras esto ocurría, él aprovechaba para conocer otros rincones del guardarropa.

Fue así que se hizo amigo de una corbata y de un par de calcetines muy divertidos. Compartió experiencias existenciales con un cinturón muy simpático, y consoló a un par de zapatos pasados de moda que ya nadie quería ponerse.

Con el paso del tiempo, Anacleto se dio cuenta de que en aquel guardarropa vivían muchos objetos y seres afectivos, todos ellos dispuestos a hacer amistades y a convivir de la mejor manera posible.

Sin embargo, un mal día, la mujer de la casa decidió hacer limpieza en aquel agradable hábitat. Decenas de zapatos, cinturones, corbatas, camisas, faldas y pantalones con los que Anacleto había convivido muchos años, se fueron a la basura o con el ropavejero, y entre todo lo desechado, se fue también su agradable pantufla. Fue un día de pesadilla.

Nuestro duende no tuvo más remedio que regresar a su árbol con las odiosas ardillas.

Pero la vida da muchas sorpresas, y una de ellas fue que los peludos roedores lo habían extrañado mucho por su afecto y simpatía, y, dada la avanzada edad del duende, ellas decidieron jubilarlo asignándole un agujero privilegiado en el centro del árbol, y una abundante pensión de nueces y bellotas para que pudiese vivir el resto de su vida sin preocupaciones.

Pero lo mejor de todo fue que Vivisina, una ardilla exploradora muy curiosa, encontró su adorada pantufla en un basurero y se la llevó como regalo de sorpresa en la primera Navidad.

El anciano duende Anacleto vivió el resto de sus días contento, querido, bien alimentado, y durmiendo cómodamente dentro de aquella calentita zapatilla que tanto quiso. Después de todo, las ardillas no eran tan odiosas como él alguna vez pensó.