lunes, 17 de enero de 2011

El punto final que se negó a serlo


Desde que fue concebido, fue un excelente discípulo de punto final. El Hada de la Literatura lo consideraba magnífico, por lo que lo guardó para cerrar un cuento extraordinario.

Y sí: el cuento reservado para nuestro punto final era estupendo…demasiado estupendo.

A pesar de que esperó mucho tiempo para esta oportunidad, el punto final se negó a cerrar definitivamente aquella bella de historia de amor que terminaba con un simple y vivieron felices por siempre.

Él no podía formar parte de aquel final tan injusto, porque la princesa y el príncipe de esa historia habían luchado mucho por su amor y merecían disfrutar de su bien lograda felicidad muchos más párrafos.

El Hada de la Literatura, disgustada con nuestro punto final, buscó un remplazo que aprovechó inmediatamente la oportunidad que se le presentaba de concluir aquel hermoso cuento.

El punto final de nuestra historia vivió el resto de sus días repudiado por el Hada de la Literatura y murió desempleado, pero muy orgulloso de no haber sido él quien había mermado la merecida felicidad de aquella sufrida pareja de adorables y enamorados príncipes.

domingo, 16 de enero de 2011

La leyenda del pastor de los dragones


Ellos volaban lejos, desde la abrupta montaña púrpura, para alimentarse de reses y borregos, cerca de las aldeas humanas.

Él cultivaba flores en aquel prado regado por dos prístinos arroyos.

Todos los atardeceres, los dragones, ya cansados de la jornada, se acercaban ahí buscando el aroma de aquellas flores que les servían de agradable postre y los embriagaban con su dulzura.

Pero aquel hombre les ofrecía además algo muy especial. Era un pastor de dragones que los nutría de ternura, de tranquilidad, de calma.

A su lado, los temibles dragones machos bajaban la cabeza agradecidos; las hembras desovaban sin temor a los depredadores; y los dragones niños jugueteaban felices.

Él tenía el don de la serenidad, del sosiego.

Bastaba con eso para que ellos lo adorasen.

Un día el pastor fue asesinado por los hombres.

Fue entonces que se desató la furia de los dragones contra los humanos.

viernes, 14 de enero de 2011

Los devoradores sintácticos


Se especuló mucho acerca de su origen y de su naturaleza.

Hubo quien los consideró seres extraterrestres, pero jamás quedó claro cómo llegaron a la Tierra.

Por ser criaturas invisibles, jamás pudieron ser atrapadas para ver si poseían ADN o algo semejante.

Lo único cierto de su presencia entre nosotros era su voracidad sintáctica, o sea, que se alimentaban únicamente de signos de sintaxis, por lo menos al principio.

Así un día todos empezamos a notar la falta de las comas y luego de los puntos al final de cada frase en lo que leíamos o escribíamos

Siguieron los puntos y aparte y más adelante los dos puntos los puntos sucesivos y el punto y coma

¿Qué estaba ocurriendo? se preguntaron los gramáticos

Eso fue antes de que los devoradores sintácticos se comieran los signos de interrogación

Después extrañamos los signos de admiración y si bien nos admirábamos de lo que estaba sucediendo nunca pudimos expresarlo adecuadamente por la falta de elementos gramaticales

Unos dias despues notamos que se estaban comiendo los acentos de todos los idiomas por lo que entramos en una desesperante etapa de comunicacion escrita atonica

mas tarde empezamos a extrañar las mayusculas y no imaginabamos hasta donde iban a llegar esas despiadadas y voraces criaturas de origen desconocido

lamentablemente nos dimos cuenta de que las vocales mpezabn a dsparcer pco a pco

uns dis desps la scritur era csi ilgble y ls letrs sguian dsparcindo

la gran trgdia fue cando ls dvrdors sntcticos se cmiern la ltra j

sin sa mrvllsa ltra nnca mas pdims scribr carao

miércoles, 5 de enero de 2011

El brindis


“¡Claro que me gustan los muslos de duende! Es sólo que a veces resultan un poco correosos”.

“No si los pones a remojar en vinagre recién sacrificados.”

“Bah: prefiero mil veces las rebanadas de hada. Son muy tiernas y tienen un excelente sabor”.

“De acuerdo: a mí también me gusta comer hada, pero ya casi no existen. Son tan raras y caras como la carne de unicornio”.

“Y hablando de filetes de unicornio: ten cuidado, porque en el mercado negro venden carne de hombre lobo diciendo que es de ese equino monocornúpeta casi desaparecido”.

“Así es esto: lo bueno escasea. Recuerdo cuando había dragones. Eran deliciosos al mojo de ajo. Lamentablemente se agotaron por la voracidad de los restauranteros. Después intentaron establecer granjas de cría, pero esas bestias, cuando se criaban en cautiverio, sabían amargas. Fue un fracaso aquel proyecto”.

“Tengo por aquí una lata de diablillos de caverna en aceite de oliva. ¿Qué te parece si la abrimos antes de sentarnos a comer? Son deliciosos, ¡y afrodisíacos!”

“Me parece bien para abrir el apetito antes del estofado de cíclope al vino tinto que tu mujer preparara deliciosamente. ¡Con lo caros que están!”

“Bueno: y cuando acabemos de comer, iremos a cazar zombies cerca del cementerio. ¿Te parece?”

“Me haces recordar cuando salíamos de noche a cazar vampiros. Eso sí era divertido, pero nunca como aquella noche en que acabamos con casi todas las suegras del mundo”.

“Sí, pero no me lo recuerdes: eran indigeribles. ¡Qué carne tan horrorosa! Era divertido matarlas, pero comérselas era terrible. Eran casi un castigo de Dios. Afortunadamente las exterminamos a palos”.

“Pues bien: llegó la hora del brindis. Hagámoslo por la humanidad, por nuestra especie tan sana y benévola. Brindemos por nuestra descendencia, a la que hemos liberado de tantas odiosas criaturas fantásticas que no necesitamos en nuestro entorno”.

“¡Salud, amigo!”

“¡Salud, compañero!”

sábado, 1 de enero de 2011

El Año Nuevo de segunda mano


Con todo mi aprecio, dedicado a mis amigos que suelen celebrar los Años Nuevos con algarabía. Otros (pocos) somos algo escépticos al respecto.



Nadie ha sabido jamás de donde vienen los Años Nuevos, ni quien los inventa, y mucho menos lo que contienen (o van a contener).

Para dejar esto claro, digamos de una vez que ese 2011 era ni más ni menos que el 2010 disfrazado de 2011.

Durante las doce campanadas con que se cerraba el 2010 y se iniciaba el 2011, la algarabía y el licor ingerido no permitieron que la humanidad supiese que ese Año Nuevo era un verdadero fraude; que los días, las semanas y todos los eventos serían repetitivos: más de lo mismo, con pequeñas variaciones maquinadas por ese desconocido autor o inventor de los Años Nuevos a quien jamás conoceremos.

Fue hasta mediados de marzo cuando un economista del prestigiado diario Washington Post publicó un artículo en el que afirmaba que 2011 presentaba exactamente las mismas tendencias que 2010, pero nadie interpretó aquello correctamente.

Un par de semanas después, el Servicio Meteorológico de Australia indicó que el patrón de tifones de ese nuevo año sería muy parecido al del año anterior.

En abril, la Orquesta Filarmónica de Londres anunció su programa de conciertos para la temporada de verano de 2011. Muchos aficionados a la música se dieron cuenta de que era idéntico al del año anterior, y protestaron ruidosamente, habiendo olvidado que en 2010 se habían quejado por la misma razón.

En el mes de junio, la humanidad empezó a atar cabos, y quedó claro de que había un fraude sensacional alrededor del 2011. Era un año usado, un año repetido, un año de segunda mano: la humanidad había sido estafada.

Empezaron las manifestaciones de protesta, primero ante la sede de la Organización de las Naciones Unidas, por lo que su Secretario General ofreció un discurso en el que –reconociendo que efectivamente 2011 era el mismo 2010 reciclado- dejó en claro que su entidad nada tenía que ver con aquel relevante fraude.

Las multitudes ofendidas se dirigieron entonces a manifestar ante las autoridades religiosas, culpándolas de la magna e inédita estafa. El Vaticano se apresuró a aclarar que el Año Nuevo era una celebración pagana, pre-cristiana, lavándose las manos del hecho. Lo mismo hicieron las autoridades musulmanas, las budistas, las hindúes, todas.

En septiembre ya había quedado suficientemente claro que 2011 era 2010 disfrazado de 2011, y la humanidad se encontraba apesumbrada y frustrada porque no se encontraba al culpable del desaguisado.

Fue entonces que en un golpe de audacia no del todo meditada, el Vaticano decidió culpar a Zeus, el dios pagano, de haber alterado el calendario para repetir el año 2010 en lugar de generar un verdadero Año Nuevo.

Las masas enardecidas por el fraude destruyeron todas las ruinas griegas relacionadas con Zeus, dios de la justicia cósmica, y decidieron adorar en cambio a muchas deidades inferiores, sobre todo a las que la mitología señalaba como enemigas del poderoso y ahora desprestigiado dios olímpico.

La única diferencia entre 2010 y 2011 fue entonces el enorme resurgimiento del paganismo griego, en detrimento de todas las religiones contemporáneas, cuyos templos quedaron vacíos y sus finanzas exiguas.

Finalmente 2011 mostró ser en algo diferente a 2010, aunque había mucho escepticismo al respecto: podía tratase de una maniobra para calmar a las masas enardecidas.

Nunca quedó claro si esta diferencia -el regreso del paganismo- se había dirimido en el Olimpo o había sido manipulada por la ONU o el Vaticano para quitarse las presiones del caso.

Afortunadamente, al final de diciembre, llegó la Noche Vieja con sus mismas doce campanadas de siempre.

La algarabía y el licor hicieron que el fraude se olvidase, pero, en esa alegría irresponsable, nadie se percató de que 2012 era también una copia perfeccionada de 2010.

El desconocido y misterioso creador de los Años Nuevos, había ganado experiencia.

martes, 28 de diciembre de 2010

La agonía de la cucaracha


No tengo pruebas de la existencia de Dios o de un Creador, más allá de conocer a las maravillosas cucarachas.


Agonizaba sobre una roca calcárea la última cucaracha en el planeta Tierra.

No moría por la tóxica atmósfera, ni por la intensidad de las radiaciones nucleares que existían en ese astro desde hacía millones de años, ni por la renacida actividad volcánica que día a día remodelaba con su hirviente lava la superficie de aquel inhóspito lugar.

Su lenta muerta tampoco respondía a que su especie hubiese sido derrotada en alguna absurda e innecesaria lucha por el hábitat, o por otra especie superior y mejor adaptada.

Simplemente moría de vieja.

Era la última cucaracha sobre ese otrora agradable planeta, y ella estaba consciente de eso…y llena de orgullo por diversas razones.

Una de ellas era la conciencia de haber sido un individuo perteneciente a la especie superior en aquel mundo que, lamentablemente, se había echado a perder por muchas razones.

Habían sobrevivido a los dinosaurios, a los homínidos, a los pterocéfalos, a los orgullosos iridiantes, a todos esos seres que a su debido tiempo se creyeron los reyes de la Creación en el planeta Tierra, como suele ocurrir con las especies inteligentes inmaduras.

También sabía que en otros mundos existían congéneres en plenitud, que en un momento dado habían compartido naves espaciales con los homínidos, y que, gracias a ellos, habían llegado a distantes mundos, como a Xtabay, Erunia o Nicuncia, en donde hoy sobrevivían graciosamente, sin mayores problemas.

En un instante de religiosidad de insecto, agradeció muchas cosas, y murió plena de orgullo.

El último vestigio de vida en aquel mundo dejo de existir.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Santaman



Aquella Nochebuena Santa Claus se sintió mal: finalmente la obesidad ancestral le había generado problemas cardiovasculares y síntomas de diabetes.

Como fuese, su responsabilidad con los niños del mundo lo obligaba a cumplir con la entrega de regalos, así que fue al establo a preparar sus renos para el trayecto anual alrededor del mundo, pero también se encontró con malas novedades: Rudolph, el reno líder estaba muy mal.

Efectivamente, su resfriado mal atendido se había convertido en una insoportable sinusitis, y el frío húmedo del Polo Norte afectaba sus reumas. Los demás renos habían envejecido y estaban poco dispuestos a salir a dar una vuelta por el aire congelado del planeta.

Santa Claus sintió que el mundo se le venía encima, así que tomo el teléfono para llamar a un viejo amigo para ver si -sólo por esa Nochebuena -podía éste ayudarle a cumplir oportunamente con la entrega de regalos a los niños de la Tierra.

Superman estaba prácticamente retirado, o mejor dicho, totalmente desempleado: Spiderman, Batman y Harry Potter lo habían relegado de los intereses del público cinéfilo, y Hollywood lo había olvidado completamente. Estaba bastante deprimido cuando recibió la llamada de Santa Claus pidiéndole que lo remplazara esa noche, llevando así alegría a millones de hogares.



Le pareció excelente remedio para su decaimiento, así que aceptó la propuesta de Santa Claus e inmediatamente puso manos a la obra, empezando por confeccionar a supervelocidad un traje de color rojo y blanco –los colores de Santa Claus- y volando al Polo Norte a recoger los regalos que lo esperaban en el almacén de la factoría de su viejo amigo.

Como era de esperarse, aprovechando su supervelocidad, su superfuerza y su vista de rayos equis, aquella Nochebuena todos los regalos llegaron a tiempo y en buenas condiciones a los hogares, cosa que no había ocurrido en los últimos años.

Pero quien piense que Superman era un ser de buenas intenciones, puede estar muy equivocado, o fue tal vez la angustia del desempleo lo que lo convirtió en un ente aprovechado y pragmático. El hecho es que una idea perversa atravesó su mente aquella Navidad: desplazaría para siempre a Santa Claus en esa responsabilidad, y, con su nuevo nombre de Santaman, regresaría a la fama y a las carteleras de Hollywood.

La Nochebuena siguiente, Santa Claus y sus renos estaban ya bastante repuestos de sus dolencias, pero el anciano se dio cuenta de que no había recibido ni siquiera una carta de los niños del planeta. Por lo anterior, tuvo que cerrar su factoría de juguetes y no pudo pagar su salario a los duendes obreros que siempre lo ayudaban, por lo que éstos, completamente disgustados con su jefe, pusieron bandera de huelga en las instalaciones y lo demandaron laboralmente.

Por lo mismo, Santa Claus redujo la calidad de la pastura de los renos, y éstos le retiraron la palabra.

Mientras tanto, el perverso Santaman compraba millones de juguetes en China, a un superprecio por volumen, y los repartía por la Tierra a supervelocidad. Los niños de todo el mundo lo adoraron.

Hollywood quedó encantado con el nuevo personaje que remplazaba a los desgastados Superman y Santa Claus, y fueron los Universal Studios quienes contrataron a Santaman para una docena de películas navideñas.

La autopsia aplicada al cadáver de Santa Claus dejó claro que el anciano se había suicidado inmediatamente después de envenenar a sus ocho queridos renos, mientras que –justo al mismo tiempo- un sonriente y multimillonario Santaman repartía miles de autógrafos en la Premier de su primera y exitosa película.