jueves, 28 de febrero de 2008

Gárgolas



Un día en un remoto pasado, las terribles gárgolas pactaron con el hombre. Ellas lo protegerían de los demonios durante la larga noche, mientras que él las vigilaría y protegería durante el día, tiempo en el que por su naturaleza se veían obligadas a petrificarse, quedando por ello totalmente expuestas e indefensas. Así quedó convenido.

Cumpliendo con su palabra, las gárgolas han estado siempre presentes en las alturas de los lugares sacros –catedrales e iglesias- evitando que los demonios y las brujas penetren en ellos. Durante el día, asumen la imagen de feroces y persuasivas estatuas de roca labrada sobre dichos edificios, confiadas en que el hombre les dará diurna protección eternamente. A pesar de su horrible aspecto y de su tenebroso pasado, las gárgolas son criaturas nobles y confiables.

Pero los arquitectos de la Edad Media, ignorantes del pacto de nobleza entre ambas especies, cometieron un grave error: sin darse cuenta de que ellas eran seres vivos muy sensibles, temporalmente petrificados, decidieron resolver con ellas los problemas de desagües de techos y tejados.

Así, las gárgolas –perforadas e insertadas con tubos de metal que van del ano a la boca- sufrieron un duro golpe en su ego. No obstante eso, ellas han seguido cumpliendo con su compromiso de protegernos de los demonios, además de evitar que los muros de los edificios se erosionen con el agua de la lluvia.

Hoy las gárgolas sufren de otro oprobio todavía más denigrante: el del excremento de las palomas.

¡Que no nos extrañe si un día de éstos las fieles gárgolas se ponen otra vez –después de más de mil años- del lado de las brujas y de los demonios!

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