viernes, 15 de mayo de 2009

La reveladora luna de Kalmansoo


La tenue luz de la luna de Kalmansoo tenía una especial característica: cuando iluminaba a los seres vivos en aquel extraño planeta, los pensamientos, intenciones y sentimientos de éstos se hacían transparentes.

Por eso, en cuanto la luna asomaba por el horizonte, todos, absolutamente todos los habitantes del planeta, se refugiaban en sus conchas, en sus caparazones, en sus cuevas o en sus madrigueras.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Cosas de mozuelos


Se había convertido en el juego favorito de los niños ricos de Unctabi. El asunto era disponer de una nave rápida y destructiva, capaz de atravesar la galaxia en poco tiempo y de desintegrar planetas con pocos disparos.

Por un simple planeta deshabitado que se destruyese, se les otorgaban 3 puntos. Si éste albergaba alguna forma de vida, eran 20 puntos. Y si en él existía vida inteligente, el premio por desintegrarlo era de 50 puntos.

Si bien los conservacionistas conscientes de Unctabi no estaban de acuerdo con esa destructiva afición que crecía cada día, las leyes no sancionaban lo que ocurría fuera de aquel sistema bisolar, así que los jovenzuelos no estaban sujetos a sanciones de ningún tipo, además de que eran vistos como ídolos de las multitudes.

Un día, la poderosa nave de Ruxcaniut encontró un planeta hermoso de color azul, blanco y verde, ¡verde!, y que además mostraba señales inequívocas de albergar a una civilización primitiva.

Rápidamente, antes de que otro rival lo descubriese, afinó sus instrumentos, y ¡zas!, el planeta Tierra se convirtió en millones de rocas que volaron por todas partes.

Ruxcaniut no tenía forma de saberlo, pero apenas se había adelantado unos cuantos años a lo que habría sido la Gran Guerra Terrestre, que habría hecho casi lo mismo con ese desahuciado mundo.

Como sea, después de arduas discusiones, se le acreditaron sus 50 puntos, aunque algunos jueces pensaron en otorgarle tan sólo 20.

martes, 12 de mayo de 2009

Nocturnal


La Noche estaba triste esa noche.

Pidió a su amiga luna que no asomara, que la dejase sola por esa única ocasión, para que su claridad no perturbase su profunda nostalgia.

Pidió al viento que no moviera las ramas, para que las hojas de los árboles callasen.

Pidió al arroyo estancarse, y al búho que cerrase sus ojos.

Cuán grande sería su pena, que pidió a las nubes que llorasen por ella.

La Noche estaba triste esa noche.

lunes, 11 de mayo de 2009

El cajón de los recuerdos del duende urbano


Una mañana, mientras el duende urbano había salido en busca de alimentos, entré sigilosamente, lleno de curiosidad, a su pequeña madriguera, ubicada dentro de un árbol aislado y olvidado entre dos modernos y frecuentados edificios en el centro de mi contaminada ciudad.

Era una madriguera muy modesta, pero en ella destacaba un pequeño mueble de roble, con un tallado sensacional que, por su enorme calidad, no podía ser obra de un ser humano, sino de una criatura mágica.

El mueble tenía tan solo un cajón, y mi curiosidad me obligó a abrirlo. ¿Qué podría guardar un duende en esas condiciones tan deplorables?

Ahí había un viejo libro de poesías de Gustavo Adolfo Becquer, entre cuyas páginas encontré los pétalos secos de una flor hermosa que yo jamás había visto, con una leyenda que indicaba que provenía de una planta llamada amantis delicatus.

También encontré una carta de amor en viejo papel amarillado, que era la despedida final de una compañera que lo había abandonado tiempo atrás por no soportar la vida en la ciudad.

En una pequeña caja de cartón en el cajón, había una pequeña piedra rara, y un rótulo que indicaba que era su único recuerdo de la montaña en donde había nacido, y de la cual había emigrado en busca de mejor suerte.

Lo último que encontré me llenó de tristeza, por lo que ello implicaba: una dosis de aconitina, poderoso veneno que, según los libros de historias fantásticas, emplean para suicidarse los duendes desesperados.

domingo, 10 de mayo de 2009

La leyenda del sapo dorado


Aquel estanque siempre había sido mágico.

En él se juntaban los dragones de la escarpada montaña vecina a apaciguar su sed tras de sus largas jornadas de cacería.

Ahí las arañas azules tejían sus maravillosas telarañas de plata que los duendes recogían para confeccionar ropa que los hacía invisibles.

Era el lugar favorito de las hadas-libélula, en donde se juntaban a platicar de sus cosas, y en cuyas tranquilas aguas depositaban sus apreciados huevecillos.

Su cristalina agua permitía que los nenúfares fuesen voladores, y que las ranas croaran musicalmente.

Fue en esas aguas en donde surgió la estirpe de sapo dorado, bella y sabia criatura, quien predijo que un día una perversa especie aniquiladora arrasaría con todo lo bello de la naturaleza.

Irónicamente, hoy el estanque mágico ha desaparecido bajo una urbanización de lujo en donde vive gente muy rica, bardeada y con vigilancia armada, y cuyo nombre comercial es la Villa del Sapo Dorado.

viernes, 8 de mayo de 2009

La princesa ratita


Érase que se era, como ocurre en los viejos cuentos de hadas, una hermosa princesa que poseía todo lo bueno de la vida: juventud, belleza, inteligencia, cultura, simpatía, una agradable familia, amigos de verdad, salud, clase y riqueza.

Como su vida era maravillosa, apareció por ahí una mujer envidiosa -siempre las hay-que convocó a un malvado hechicero para que acabase con toda esa felicidad.

Fue así, con un perjuro perverso y misterioso, que la princesa fue convertida en una ratita de drenaje.

Ella, desesperada e impotente, pasó toda su juventud en esas desagradables condiciones, hasta que un día mágico apareció por ahí un legendario caballero que tenía el don de ver lo que los demás no veían.

Percibió vibraciones agradables en la alcantarilla de aquel palacio, y supo que algo andaba mal.

Pidió a su paje que levantase todas las tapaderas del drenaje, y pudo ver que ahí vivía una criatura maravillosa que, a pesar de tener toda la fisonomía de una rata asquerosa de alcantarilla, era un ser único, de alma pura y bondadosa.

Al legendario caballero no le importó la apariencia de la rata, pues sabía mucho de la vida y de las trampas que en ella se presentan. Le extendió la mano, y ella, a pesar de la vergüenza que le generaba su fisonomía de roedor, aceptó subirse en la palma.

A continuación, el caballero le dio un beso en su cabeza, y de repente y de manera inesperada, la ratita asquerosa se convirtió en una dama bellísima, una verdadera princesa digna de la realeza de aquel reino que alguna vez le había pertenecido.

Fue entonces que el noble y legendario caballero le ofreció matrimonio.

La princesa, enamorada y agradecida, aceptó la propuesta, y ambos se comprometieron para toda la vida.

Un mes después, se llevó a cabo la magnífica boda entre la preciosa mujer y el gallardo caballero.

La princesa lució un traje precioso, y decenas de ratitas amigas llevaron orgullosamente el rabo hasta el altar.

Y como sucede en todos los cuentos de hadas, la ratita convertida en princesa y el legendario caballero, vivieron felices por siempre.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Edipo y el virus


Era un virus de buena cepa, generado en condiciones óptimas, por lo que era muy sano de mente y, sobre todo, bien intencionado.

No deseaba perjudicar a ningún otro ser. De haber sido humano, habría sido un prohombre, un luchador por los derechos humanos, un ecologista de peso…pero lamentablemente nació virus.

Quiso luchar en contra de su propia naturaleza, prometiéndose muchas cosas buenas, como no mutar en formas más dañinas; como no convertirse en epidemia.

Pero cuando estuvo al lado de aquella deliciosa molécula de ADN humano, su apetito lo rebasó.

Envolvió sin desearlo al ácido nucléico, y se reprodujo a sí mismo en contra de su voluntad.

En muy poco tiempo, la Organización Mundial de la Salud declaró pandemia: nuestro virus, igual que Edipo, había sido víctima de su propio destino.