lunes, 23 de agosto de 2010

La casa cuna de los cuentos


Era un lugar aparentemente afortunado.

Una vez que los pequeños cuentos eran concebidos por sus autores, eran entregados a las musas que cuidaban de ellos, que los arropaban y mimaban, que los nutrían con ideas y personajes, que los llenaban de párrafos y de buena ortografía, de argumentos y tramas, de ilusiones.

Ahí, con las atenciones y los cuidados de esas dulces divinidades de excelentes manos, los pequeños cuentos se desarrollaban. Unos estaban listos enseguida: eran precoces y avispados; otros tardaban semanas o meses en pedir que les permitieran ser editados. Los había mejores y peores, pero todos éstos tenían una razón de ser, que era alegrar y entretener a los lectores.

Pero otros se quedaban ahí para siempre, pues sus autores los habían olvidado, o no habían sabido como terminarlos, o simplemente no eran graciosos o interesantes.

Antes, estos cuentos sin opciones –lamentablemente huérfanos literarios sin ningún futuro- simplemente se quedaban en el tintero, pero la tecnología cambia a pasos agigantados: hoy casi todas estas infelices criaturas nonatas residen en carpetas y archivos abandonados en memorias electrónicas llamadas USBs.

Tarde o temprano, esos USBs son destruidos, arrojados a la basura, o simplemente borrados, para así dar espacio a otros pequeños cuentos que, con un poco de suerte, tras de residir temporalmente en la casa cuna, encontrarán lectores que los admiren y aplaudan.

viernes, 13 de agosto de 2010

La bruma


El primer sitio en donde se reportó formalmente este extraño fenómeno fue en Manhattan, aunque apareció exactamente al mismo tiempo en todo el planeta, tierra y mar.

Era una bruma completamente normal a la vista y a la respiración, tenue y discreta, pero distaba mucho de ser lo anterior.

A menos de una hora de haber sido registrada en Manhattan, se supo que era un fenómeno global, pero nadie imaginaba de qué se trataba realmente.

En el transcurso de aquella extraña mañana, miles de meteorólogos y climatólogos de todo el planeta trataron de explicar el fenómeno, pero ninguno encontró causas probables, pues la bruma apareció en todo clima y en todo lugar: ciudades, campos verdes, selvas, desiertos, mares, casquetes de hielo…

Esa tarde, ante la incertidumbre de los científicos, empezaron –como era de esperarse- los brotes sociales de pánico, y éstos crecieron enormemente cuando apareció en la Internet el resultado cualitativo de la bruma, hecho con diferentes técnicas analíticas de vanguardia: si bien parecía una simple condensación de humedad, no tenía trazas de agua, ni de ningún compuesto o elemento conocido en la Tierra.

Aquella noche fue tremenda: reaparecieron los fatalistas de siempre anunciando el fin del mundo; los sacerdotes de todas las religiones hablaron de los pecados y de la degeneración del ser humano; los hippies y grupos afines justificaron su eterna filosofía de vivir el momento, y los creyentes en los ovnis dieron rienda suelta a su fantasía.

Al amanecer del día siguiente, la bruma empezó a tomar un tono verduzco, y se pensó que ésta se estaba nutriendo de la masa vegetal de la Tierra, pero ningún análisis dio resultados que confirmaran dicha conclusión. Como sea, el fenómeno adquirió el nombre popular de la bruma verde.

Después, por la tarde del segundo día, fue desapareciendo paulatinamente, mientras que las fotos satelitales reportaban que no había ninguna reducción de las masas vegetales de la biósfera. Nadie, ni siquiera la comunidad científica, podía decir qué era lo que había pasado. Todo era absolutamente inexplicable.

Al día siguiente la bruma verde era ya un recuerdo, un evento extraño que había ocurrido y nada más, algo que no había traído consecuencias de ningún tipo.

Desde luego, ningún humano imaginó siquiera la amplia y maléfica sonrisa que -ante el total éxito de su creación- esbozó Urgatuc, el sabio y perverso duende que odiaba de siempre a la humanidad, y quien en estos últimos dos días había probado eficazmente su brumizador global, todavía sin la carga de veneno fatal que habría de lanzar a la atmósfera unos días después.

jueves, 5 de agosto de 2010

El aprendiz


Nació de sí mismo, y no había un paradigma en ninguna parte que le dijera quién era ni qué debía hacer con su inesperada existencia. Miró en todas las direcciones, hacia arriba y hacia abajo, y no había nada. Estaba solo, pero no sabía ni siquiera lo que era la soledad.

Durante unos instantes intuyó que lo mejor era regresar a su agradable estado anterior de no existencia, pero no había huevo, ni matriz, ni a dónde volver. Ni siquiera lo sabía, pero había nacido por irreversible generación espontánea.

No pensó en el suicidio, porque no había forma de que lo intuyese: nadie se había suicidado con anterioridad. Y aunque lo hubiese intuido, no había con qué hacerlo. Era tan sólo un ente inmaterial, y no existían cuerdas ni navajas ni venenos ni alturas ni revólveres.

Sintió algo que en ese momento carecía de nombre, eso que hoy conocemos como frustración. Y enseguida, después de un rato, fue víctima de lo que los humanos conocemos como aburrimiento, pero como no existía un lenguaje ni ningún concepto, no fue capaz de definirlo más allá del fastidio de sentirlo. Simplemente no había con qué entretenerse.

Como era inteligente a pesar suyo, concluyó que para pensar requería un lenguaje, unas cuantas palabras para ir armando ideas. Pero para crear un idioma, necesitaba sonidos.

Y para generar sonidos, necesitaba músculos guturales, que tampoco tenía, porque ese mundo era inmaterial.

Como desconocía sus capacidades de creador, tardó mucho en saber que bastaba un designio suyo, un simple brote de voluntad, para generar esa musculatura y el concepto de sonido. Pero antes necesitaba crear la materia, y su equivalente, la energía, y no tenía la menor idea de cómo hacerlo.

Finalmente llegó a todo lo anterior, pero es imposible saber en cuánto tiempo lo hizo, porque el concepto de tiempo no existía. Era necesario crearlo.

Así transcurrió una gran parte de su inaudita existencia totalmente inconmensurable por su propia ignorancia…o inactividad…o desconocimiento de su propia naturaleza.

Algún algo después, confirmó su capacidad creadora: se dio cuenta de que su Verbo generaba cosas. Su autoestima, hasta ese momento bastante baja por la frustración de su inesperado origen y su ignorancia esencial, mejoró bastante, pero no del todo.

Fue entonces que creó apresuradamente y sin medir las consecuencias, la materia, la energía, el tiempo y su propia conciencia.

Pero seguía siendo víctima de muchas cosas inexplicables, y concluyó que necesitaba otro ser que lo acompañase y le dijese cuán grande era.

Fue entonces que imaginó al Hombre, un ser adulador con natural sentimiento de inferioridad, capaz de admirar su mediocridad y adorarlo por encima de cualquier objetividad y mérito.

Fue entonces que en su ilógica inmadurez, creó un Universo material para que el Hombre lo acompañase y le resolviese sus necesidades anímicas.

Y en un arrebato de patológica impulsividad, dio al Hombre libre albedrío, y una pareja caprichosa, vanidosa, pero atractiva. En ese no meditado lance, aparecieron las hormonas, los pecados y muchas otras consecuencias que él no fue capaz de prever.

Los aprendices de dioses en este Universo deberían asumir en carne propia sus irresponsables acciones, pero no es así, hasta donde sabemos.

Pero son misteriosos los designios del Creador de los Creadores: debe haber alguno, porque la generación espontánea es imposible. Sólo Él sabe en manos de quién dejó nuestro Universo y por qué lo hizo.

Tal vez todo esto sea una Gran Escuela generada por el Creador de los Creadores, precisamente para que los aprendices de Creador vayan perfeccionándose poco a poco, y así los futuros Universos tengan más lógica, más congruencia y más esencia.

Después de todo, echando a perder…se aprende.

domingo, 1 de agosto de 2010

La noche de las acefalaquias


“¿Y qué son las acefalaquias?, preguntó mi nieto.

“Pues eso:
acefalaquias, ni más ni menos que acefalaquias”, fue mi respuesta.


Aquella noche las acefalaquias decidieron salir de sus guaridas. En pocos segundos penetraron todos los cerebros humanos y emborracharon a todas las neuronas.

Éstas, desconcertadas por la inusitada presencia de las acefalaquias, olvidaron sus responsabilidades, y cada una dejó brotar su individualidad. Sus dendritas se movían a placer, y sus núcleos cambiaban de color a cada instante. Aquello era peor que un caos.

Toda la gente se volvió ilógica, irresponsable, inconsciente, irracional, desconocida, durante los pocos minutos en que las acefalaquias poseyeron a sus neuronas.

Pero se sabe de siempre que los humanos aburrimos mucho a las acefalaquias, por lo que aquel excepcional estado alterado duró muy poco tiempo. Éstas decidieron volver a sus guaridas en quiénsabedónde, y pronto las cosas volvieron a ser como eran antes.

Efectivamente, los humanos regresamos enseguida a nuestra vida de siempre, a seguir todos haciendo las estupideces acostumbradas, ni una más ni una menos.

viernes, 30 de julio de 2010

La pompa de jabón atómica


A veces es difícil distinguir entre un fanático y un ser con determinación.

De alguna manera que jamás sabremos, la pompa de jabón de esta historia, desde que era parte del jabón original en un frasco irrelevante, supo de la bomba de Hiroshima y de todo el desarrollo posterior de la energía nuclear.

No era ingenua, y sabía de sobra que las pompas de jabón tienen una vida muy corta, y que revientan con el contacto de cualquier objeto con aristas afiladas, con afectaciones irrelevantes.

Ella simplemente no se resignaba acabar con su efímera existencia reventando y rociando de jabón a los objetos que estaban a unos cuantos centímetros a su alrededor. Sus pretensiones eran inmensas.

Desde pequeña conocía el significado de lo que hoy conocemos como megatones y de su enorme poder destructivo. ¿Por qué al reventar iba a ser ella menos que sus colegas, las bombas atómicas, nucleares y de fisión?

Fue así que se concentró en su esencia, que meditó su lugar en este universo, y así, al nacer como pompa de jabón, decidió ser grande y poderosa.

Cuando Juanito, en el Parque de las Rosaledas, sopló para conformar a nuestra pompa de jabón, jamás imaginó que en unos cuantos segundos la ciudad y buena parte de sus alrededores, quedarían totalmente destruidos. Cientos de miles de muertos fue el saldo de aquella inesperada e increíble explosión.

Sin embargo, la pompa de esta historia murió insatisfecha y frustrada, pues no llegó a su objetivo: ni siquiera se acercó al potencial destructivo de la bomba de nitrógeno recién anunciada por el Ejército de los Estados Unidos.

Cosas de la vida.

jueves, 29 de julio de 2010

La Sociedad Secreta de los Secretos que se van a la Tumba


En nuestro mundo hay varias clases de Secretos: los Secretos Discretos que tarde o temprano, por lo que sea, dejan de serlo; los Secretos a Voces; los Secretos de Estado; y los Secretos que se van a la Tumba.

Todos ellos tienen sus características propias, pero los más interesantes y preocupantes son los últimos, los que se van a la tumba con el muerto.

No todos los Secretos son igual de maduros. Muchos de ellos disfrutan el serlo porque coquetean con la tentación de ser descubiertos en vida, y cuando esto ocurre pasan momentos de gloria, de felicidad, pero finalmente dejan de ser Secretos para convertirse en Chismes o Rumores, lo cual puede llegar a ser denigrante.

El caso de los Secretos que se van a la Tumba tiene otras implicaciones: se pensaría que es poco probable que algún día sean descubiertos, y por eso generalmente se mueren del aburrimiento bajo las losas de los cementerios…excepto por algo que la ciencia acaba de descubrir.

Los secretólogos de la Universidad de Nueva Hampshire del Sur han descubierto que los Secretos que se van a la Tumba se reúnen todas los anocheceres para contarse los unos a los otros. Siguen siendo Secretos, pues ningún humano, excepto los muertos con quien se enterraron, los conocen.

Pero en esta así llamada Sociedad Secreta de los Secretos en la Tumba, existen varias posturas antagónicas.

Están los ortodoxos, que por nada dejarían de ser secretos, y están dispuestos a seguir enterrados el resto de sus existencias. Son verdaderos fanáticos de su postura.

Están los temporalistas, que respetan al muerto, pero que consideran que después de cierto tiempo deben salir a la luz, cuando ya no existan humanos vivos que se vean perjudicados con su emersión.

Y están los frustrados, que se arrepienten de su actual situación y desean salir inmediatamente de su status y convertirse en Secretos a Voces.

Las sesiones de la Sociedad Secreta de los Secretos que se van a la Tumba son democráticas y respetuosas, por lo que hasta ahora la mayoría de los ortodoxos ha mantenido el control. Pero es un hecho que cada día se incrementa el número de los frustrados, y es posible que en unos pocos meses su voto sea definitivo, y millones de ellos se conviertan en Secretos a Voces.

Los científicos que estudian a estas criaturas están muy pendientes y preocupados de las consecuencias que viviríamos los humanos el día en que la hoy minoría de frustrados entre los Secretos que se van a la Tumba se convierta en mayoría. Esperemos que no suceda.

lunes, 26 de julio de 2010

El Irrefutable Principio de la Calabacización de las Calabazas


Nota del autor para los lectores que jamás han pasado por Airot: el término calabacizar es muy frecuente entre los duendes de Airot, y significa convertir una calabaza en otra calabaza.

Cuando los viajeros intrépidos logran llegar después de muchas penurias al distante pueblo de Airot, lo primero que ven a lo lejos es un monumento grande en la plaza principal, en el que se ve la estatua de un orgulloso duende de pie frente a una extraña máquina y con una gran calabaza en sus manos.

Ese duende, que en vida fue un sabio científico e inventor muy respetado por los habitantes de ese alejado pueblo, es Maggioto, quien lamentablemente falleció cuando uno de sus extraños inventos explotó a su lado.

La historia de Maggioto es muy aleccionadora, porque su sabiduría era inmensa.
Un día, cuando apenas era un duende mozalbete e imberbe, logró, con su privilegiado cerebro, con unas pocas cuartillas de papel, con una desgastada pluma de ganso tordo y con un tintero de tinta verde, escribir unas complicadas fórmulas que a la postre lo llevaron a descubrir un importante principio de la física.

Como era joven, no todos le creyeron, y fue entonces que decidió dedicar toda su vida, sus recursos y su energía, a demostrar que tenía razón en su brillante y relevante conclusión.

Fue así como unos años después fue reconocido por haber sido el creador del Irrefutable Principio de la Calabacización de las Calabazas, que decía ni más ni menos lo siguiente:

“Dándose las condiciones apropiadas, una calabaza puede desaparecer generando al mismo tiempo una calabaza idéntica a la anterior hasta en el último detalle, y el tiempo que transcurre entre la desaparición de la calabaza original y la aparición de la calabaza resultante es tan corto que resulta imperceptible para los duendes.”

Si bien bastó el reconocimiento público del alcalde de Airot para que la gran mayoría de los duendes locales le creyesen, había por ahí algunos escépticos que decían que era imposible calabacizar una calabaza.

Fue entonces que Maggioto, ofendido, solicitó un crédito al Ayuntamiento de Airot para construir la máquina que llevaría a la práctica el Irrefutable Principio de la Calabacización de las Calabazas.

Ya con el dinero en la mano, él y su sobrino Maggiano se encerraron en su taller a trabajar, ocultos de la curiosidad de los duendes locales que se apasionaban por ver los resultados del misterioso ingenio que se gestaba tras de aquellas paredes.

Tardaron un poco más de un año, hasta que una tarde las trompetas oficiales del Ayuntamiento anunciaron con toda pompa que la máquina de Maggioto estaba lista. Ese mismo día se puso fecha para la gran demostración, precisamente en la plaza principal de Airot, justo en donde hoy se encuentra el monumento ya mencionado que se ve desde cualquier parte del pueblo.

Llegado el gran día, se juntaron cientos de duendes curiosos, la mayoría creyentes en Maggioto, pero también estaba por ahí la media docena de escépticos que nunca faltan y que refutaban el Irrefutable Principio de la Calabacización de las Calabazas.

Fue entonces como –con pompa y ceremonia- el señor Alcalde llevó a la plaza una enorme calabaza para ser calabacizada frente a todos los locales.

El señor Notario tomó nota de su tamaño, de su peso, de su color, de sus estrías, de sus manchas y defectos, asentando todo aquello en un acta oficial, mientras los desesperados mirones deseaban que el espectáculo iniciase cuanto antes.

Una vez registrada, palpada y certificada por el señor Notario la mencionada calabaza, éste la puso en manos de Maggioto, quien con un extraño ritual acabó poniéndola en la cavidad central de la misteriosa máquina calabacizadora de calabazas.

Una vez que la calabaza estuvo en su lugar, se cerró la escotilla, y nada se podía ver de lo que podía ocurrir allá adentro.

Entonces Maggioto solicitó a su sobrino Maggiano que encendiese la máquina, lo que éste hizo presionando un botón, pisando un pedal y halando una palanca. Acto seguido se escucharon ruidos y crujidos, y se sintieron vibraciones provenientes del interior de aquel ingenio, y cinco minutos después, ante los desesperados ojos de los duendes presentes, la máquina se calmó.

Fue entonces que Maggioto procedió a abrir la escotilla y retiró de la cavidad una calabaza idéntica a la original en todos los detalles: diámetro, peso, color, estrías, manchas y defectos, ante los maravillados ojos de los duendes que observaban aquel portento.

El notario quedó impresionado de la semejanza entre la calabaza original y la que en ese momento tenía en sus manos, y con lágrimas en los ojos gritó para que todos lo escuchasen: “¡El Irrefutable Principio de la Calabacización de las Calabazas es irrefutable! ¡Las calabazas son idénticas!

El pueblo entero gritó de felicidad, y Maggioto y Maggiano fueron levantados en hombros por las multitudes. Fue una noche inolvidable.

La fama de Maggioto trascendió, y un día el Alcalde le encargó que inventase una máquina para calentar el agua caliente. Fue entonces que, ya con el invento muy avanzado, éste explotó y mató a su creador.

Una vez enterrado Maggioto en el Cementerio de los Duendes Ilustres en un lacrimógeno funeral, procedieron a levantarle su monumento en la plaza principal.

Unos meses después, su sobrino Maggiano convocó a la ciudadanía para informar de un nuevo principio científico que acababa él de descubrir: se llamaba el Irrefutable Principio de la Bicicletización de las Bicicletas, y, ante los escasos escépticos, aseguró que pronto, muy pronto, verían una maravillosa máquina que desaparecería una bicicleta y dejaría a cambio otra idéntica en todos sus detalles.

El señor Alcalde procedió entonces a otorgarle un crédito inmenso al sobrino del gran Maggioto, pero éste desapareció de Airot pocos días después con todo el dinero que se le había entregado.

Hoy, veinte años después de la desaparición de Maggiano y de los fondos del Ayuntamiento, los apasionados duendes de ese lejano lugar todavía creen en que un mágico día, algún otro descendiente del gran Maggioto llegará para demostrar científicamente el Irrefutable Principio de la Bicicletización de las Bicicletas, apasionante tema pendiente en los anales de aquel distante pueblo de Airot.