miércoles, 29 de septiembre de 2010

Encubrimientos


Cuando el perverso romance zoófilo-pederasta de Caperucita Roja y el lobo estaba a punto de ser descubierto por la astuta abuela y el entrometido leñador, aquéllos inventaron el cuento de las galletitas hechas por la ingenua madre, para que esa pecaminosa historia pasase por un cuento infantil a modo de ridícula narración en la que finalmente todos creímos durante nuestra existencia.

La nariz


Era un nariz autónoma, sin cara y sin cuerpo, pero plena de actividad.

Iba por el mundo oliendo todo lo que podía, porque era todo lo que sabía hacer.

Disfrutaba de las flores, de las mujeres perfumadas y de los aromas culinarios.

Todo iba bien en su existencia hasta que un virus la acatarró.

Perdió el olfato, y con ello las ganas de existir. Se dejó morir.

Hoy ella radica en un extraño cielo olfativo en donde todo huele bien, y muy merecidamente, porque siempre fue una excelente nariz.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Las misteriosas bailarinas del desierto magrebí


Cuenta una antigua leyenda berebere que alguna vez las alcachofas fueron hermosas doncellas que bailaban en la corte de un rey tribal llamado Masinisa Gaia, en la parte oriental de las costas del mar mediterráneo.

Muchas noches, el rey, una vez que su esposa principal se dormía gracias a una poción que él colocaba discretamente en su bebida, acudía al recinto de las bailarinas y armaba con ellas orgías largas y estruendosas.

No tardó mucho su esposa en enterarse de estas infidelidades que rebasaban cualquier prebenda de hombres o reyes de esa cultura, pero ella, en vez de reclamarle, contactó a Masaina, la poderosa hechicera que tantos favores le debía.

Ésta, con sus brujerías, se dedicó a convertir cada noche a una bailarina en alcachofa, y la esposa a preparar ésta en la bebida favorita del rey, llamada b'raïb, quien las ingería sin siquiera imaginar lo que ese delicioso brebaje contenía.

Como eran muchas las bailarinas, y el rey no sabía contar más allá de diez, tardó mucho en saber que éstas estaban desapareciendo una a una. Cuando se dio cuenta de ello -porque solamente quedaban doce o trece- su mujer le dijo que ellas estaban huyendo al desierto porque él no era de su entero gusto, a pesar de su realeza y de su cuantioso dinero, pero que conocía una forma de vengar la afrenta que ellas le estaban haciendo: convirtiendo a todas en alcachofas y cultivándolas en una huerta cerca de su tienda, para preparar a diario su bebida favorita.

El rey, lleno de enojo con las bailarinas, aceptó la propuesta de su esposa: a la mañana siguiente, una pequeña huerta llena de alcachofas apareció tras de sus aposentos, y ninguna de aquellas bailarinas apareció jamás con vida en aquel lugar.

Cuenta esa misma leyenda que algunos bereberes han visto que, durante las noche de luna llena, aparecen de la nada, en los desiertos del Magreb, hermosas bailarinas cubiertas de velos, que danzan rítmicamente al compás de los rugidos de los misteriosos leopardos que descienden de la serranía para observarlas.

Al salir el sol, irremisiblemente, y a pesar de los tristes gemidos de los enamorados leopardos, ellas regresan a sus huertas y vuelven a convertirse en alcachofas.

lunes, 13 de septiembre de 2010

El palmo de narices


Era un palmo de narices inconforme por el hecho de que no poseía nada, ni siquiera esencia.

Renegaba día y noche por ser un ente hueco y vacío, además de solitario.

Y así, mascando su frustración, fue a dar a un lugar en donde había muchos palmos de narices.

Se puso contento por el hecho de tener compañeros, hasta que uno de ellos lo regresó a la realidad:

“Los palmos de narices no tenemos nada. Somos huecos y sin esencia. Ya deberías saberlo”, le dijo.

“Pero aquí, en este lugar lleno de palmos de narices, nos tenemos los unos a los otros. Por fin tenemos algo”, dijo el primer palmo de narices lleno de esperanza.

“No te engañes: esto es un refugio de palmos de narices, no un grupo de compañeros o amigos. Aquí nadie tiene nada. Me permití ser tu interlocutor por un instante, nada más para ubicarte en tu realidad de palmo de narices, pero no soy ni tu amigo ni tu compañero ni nada. Sigues siendo un hueco sin esencia, y siempre lo serás, como yo y como todos los demás que aquí ves”, corrigió severamente el otro mientras se alejaba de aquella insólita e inútil conversación.

Tras de escuchar eso de aquel otro, el palmo de narices de este cuento supo por fin que los palmos de narices no son más que eso: palmos de narices.

Jamás en el resto de su vida pretendió poseer algo más allá de la soledad y de la oquedad.

Por fin nuestro palmo de narices había madurado.

martes, 7 de septiembre de 2010

La alcachofa maldita


Nació resentida con el mundo.

Pudo haber sido el efecto químico de algún fertilizante de nueva generación, o tal vez ya lo tenía en sus genes. Nunca lo sabremos.

Desde que fue cultivada y asomó a la luz del día, odió a todos: a quien la había sembrado, a sus vecinas, a quien la regaba, al sol que la nutría y calentaba, al dueño de la plantación.

Deseó en su maldad haber destruido el planeta y el universo, pero sus alcances eran pocos: tan sólo generó un leve cólico a quien la cenó acompañando a un jugoso filete de res.

Un poco de jugo gástrico eliminó en cuestión de segundos todo aquel irracional odio que, en otras condiciones, pudo haber trascendido.

Esa noche ella supo que las alcachofas realmente carecen de opciones existenciales.

lunes, 23 de agosto de 2010

La casa cuna de los cuentos


Era un lugar aparentemente afortunado.

Una vez que los pequeños cuentos eran concebidos por sus autores, eran entregados a las musas que cuidaban de ellos, que los arropaban y mimaban, que los nutrían con ideas y personajes, que los llenaban de párrafos y de buena ortografía, de argumentos y tramas, de ilusiones.

Ahí, con las atenciones y los cuidados de esas dulces divinidades de excelentes manos, los pequeños cuentos se desarrollaban. Unos estaban listos enseguida: eran precoces y avispados; otros tardaban semanas o meses en pedir que les permitieran ser editados. Los había mejores y peores, pero todos éstos tenían una razón de ser, que era alegrar y entretener a los lectores.

Pero otros se quedaban ahí para siempre, pues sus autores los habían olvidado, o no habían sabido como terminarlos, o simplemente no eran graciosos o interesantes.

Antes, estos cuentos sin opciones –lamentablemente huérfanos literarios sin ningún futuro- simplemente se quedaban en el tintero, pero la tecnología cambia a pasos agigantados: hoy casi todas estas infelices criaturas nonatas residen en carpetas y archivos abandonados en memorias electrónicas llamadas USBs.

Tarde o temprano, esos USBs son destruidos, arrojados a la basura, o simplemente borrados, para así dar espacio a otros pequeños cuentos que, con un poco de suerte, tras de residir temporalmente en la casa cuna, encontrarán lectores que los admiren y aplaudan.

viernes, 13 de agosto de 2010

La bruma


El primer sitio en donde se reportó formalmente este extraño fenómeno fue en Manhattan, aunque apareció exactamente al mismo tiempo en todo el planeta, tierra y mar.

Era una bruma completamente normal a la vista y a la respiración, tenue y discreta, pero distaba mucho de ser lo anterior.

A menos de una hora de haber sido registrada en Manhattan, se supo que era un fenómeno global, pero nadie imaginaba de qué se trataba realmente.

En el transcurso de aquella extraña mañana, miles de meteorólogos y climatólogos de todo el planeta trataron de explicar el fenómeno, pero ninguno encontró causas probables, pues la bruma apareció en todo clima y en todo lugar: ciudades, campos verdes, selvas, desiertos, mares, casquetes de hielo…

Esa tarde, ante la incertidumbre de los científicos, empezaron –como era de esperarse- los brotes sociales de pánico, y éstos crecieron enormemente cuando apareció en la Internet el resultado cualitativo de la bruma, hecho con diferentes técnicas analíticas de vanguardia: si bien parecía una simple condensación de humedad, no tenía trazas de agua, ni de ningún compuesto o elemento conocido en la Tierra.

Aquella noche fue tremenda: reaparecieron los fatalistas de siempre anunciando el fin del mundo; los sacerdotes de todas las religiones hablaron de los pecados y de la degeneración del ser humano; los hippies y grupos afines justificaron su eterna filosofía de vivir el momento, y los creyentes en los ovnis dieron rienda suelta a su fantasía.

Al amanecer del día siguiente, la bruma empezó a tomar un tono verduzco, y se pensó que ésta se estaba nutriendo de la masa vegetal de la Tierra, pero ningún análisis dio resultados que confirmaran dicha conclusión. Como sea, el fenómeno adquirió el nombre popular de la bruma verde.

Después, por la tarde del segundo día, fue desapareciendo paulatinamente, mientras que las fotos satelitales reportaban que no había ninguna reducción de las masas vegetales de la biósfera. Nadie, ni siquiera la comunidad científica, podía decir qué era lo que había pasado. Todo era absolutamente inexplicable.

Al día siguiente la bruma verde era ya un recuerdo, un evento extraño que había ocurrido y nada más, algo que no había traído consecuencias de ningún tipo.

Desde luego, ningún humano imaginó siquiera la amplia y maléfica sonrisa que -ante el total éxito de su creación- esbozó Urgatuc, el sabio y perverso duende que odiaba de siempre a la humanidad, y quien en estos últimos dos días había probado eficazmente su brumizador global, todavía sin la carga de veneno fatal que habría de lanzar a la atmósfera unos días después.