jueves, 30 de mayo de 2019

Las malas lenguas

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Eran dos Malas Lenguas de campeonato. Ambas estaban enfrascadas en la lucha por quedar registradas en el Libro de los Records de Guiness.

Una de ellas tenía un historial criminal. La otra también. Una decía que su capacidad de difamar era megatónica. La otra decía que la superaba fácilmente.

Ambas habían acabado con la reputación de todos los habitantes del  pueblo (incluyendo la del agradable señor cura y la de la hermosa bebé regordeta de la Sra. Rodríguez, de apenas dos años de edad).

Después, a falta de habitantes locales prestigiados, las Malas Lenguas se dedicaron a destrozar a los ingenuos forasteros que - por alguna razón- debían radicar temporalmente ahí en Villa Venenos.

Pero llegó el día que las Malas Lenguas agotaron sus opciones. Se miraron una a otra, sabiendo que sólo quedaban ellas dos por descuartizar. La risa de siempre dejó lugar a la angustia. Se revisaron de arriba abajo y se dieron cuenta de cuánto daño podían hacerse entre ellas. 

Sus interiores –ambas lo sabían- no lucían como para exponerse, así que se hizo entre ellas un silencio equivalente al de la Guerra Fría. Y de repente, ambas salieron corriendo en direcciones opuestas.

Nunca se ha sabido a donde fueron a parar. Villa Venenos ha venido poco a poco reconstruyendo su tejido social. Hoy se vive una calma agradable, y la gente vuelve a pasear los domingos en el parque y a asomarse por sus balcones. 

El alcalde ha propuesto que Villa Venenos cambie de nombre a Villa Buena Voluntad.

La luna, el arcoiris y otras cosas

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Cuentan que cuentan que un día, el joven arcoíris conoció a la luna. Ese día ella estaba en plenilunio, y éste  quedó  impresionado con tanta luminosidad y  belleza.

Fue entonces que el enamorado arcoíris desplegó, por primera vez ante el mundo, sus siete hermosos colores, y se extendió ilusionado de un lado al otro del horizonte, pretendiendo con ello  mostrarse en todo su esplendor, para  así  conquistar  a la brillante luna.

A ella, -un astro frío y vanidoso, demasiado alabado por los poetas- la belleza del arcoíris le pareció  poca cosa, pues pretendía al sol, además de coquetear frívolamente con algunos planetas.

El arcoíris, completamente enamorado de la  luna, hizo mil esfuerzos por gustarle: dejó de ser redondo y se volvió cuadrado; presentó una nueva gama de espléndidos y llamativos colores; giró hacia adelante y hacia atrás, hacia arriba y hacia abajo; salió de noche; aumentó y redujo su tamaño y su brillo;  la rodeó en forma de colorido halo; probó color tras color tratando de adivinar cuál era su favorito.

Ésta, sin embargo,  permaneció fría e indiferente.

El arcoíris, sintiéndose rechazado por su amada, decidió vivir en una oscura cueva y no salir de ella nunca más.

Cuentan que cuentan que un día, muchísimos años después, un topo amigo dijo al arcoíris que asomase a la superficie  para ver un espectáculo prodigioso que jamás se había dado en la Tierra.

Éste, curioso,  salió de su escondite, y vio que, increíblemente, había lluvia y sol al mismo tiempo. Observó oculto el  extraordinario espectáculo, y se dio cuenta de lo hermosa que era la lluvia cuando el sol la iluminaba.

Optimista, decidió entonces mostrarse tal como él era, como un hermoso arco de siete colores brillantes que cubrían todo el horizonte. La lluvia, que jamás lo había visto, quedó impresionada con su magnificencia, y se enamoró de él a primera vista. Éste,  en correspondencia, decidió amarla para siempre. El sol, testigo de este inesperado romance, los bendijo eternamente.

La luna, muerta de los celos, evita desde entonces salir de día, para que nadie se dé cuenta de su amarga y merecida soledad.

martes, 28 de mayo de 2019

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Ella era un caramelo. Mujer más dulce no había conocido la historia.

Cuando fue concebida, los ángeles la nutrieron con azúcar, con miel, con dulzura inimaginable.

Cuando nació, sus padres compraron algodón de azúcar teñido de rosa, y con eso forraron su agradable cuna.

Su madre extraía su leche y antes de dársela a la nena, la revolvía con leche azucarada Nestlé, la leche de vacas contentas.

Además, ella fue besada y acariciada por sus padres cada noche durante toda su infancia. Eso le generó una permanente respuesta amorosa y afectiva llena de contactos físicos a todos sus seres cercanos, quienes la adoraban y le respondían con toda clase de mimos.

La nena fue creciendo en ese paradigma de almíbar y néctar, pero a sus dieciocho años, algún desbalanceo nutricional le hizo buscar nuevas opciones alimentarias. Solía acompañar a su madre al supermercado –sin decirle porqué- y especulaba con sus necesidades y gustos ante los estantes llenos de alimentos nacionales e importados, consecuencia de la globalización.

Un día, un par de años y mil latas de alimentos enlatados después, la ahora mujercita encontró en el supermercado un sobre de plástico semicongelado que decía: “Filetes de Jabalí Africano”. Lo compró para ver sí esa nueva opción nutricional le brindaba algún beneficio entre tanto caramelo que se comía en su casa.

Llegó a la cocina  y siguió las instrucciones al reverso del paquete. Lo puso dos minutos en el horno de microondas, lo sirvió en un plato, se sentó sola en la mesa del antecomedor, y probó la nueva opción con un golpe de tenedor.

En primera instancia le supo a carne de cerdo, pero algo más fibrosa y con sabor más “salvaje”. 

Pero le gustó, e inmediatamente dio un segundo “tenedorazo” al filete de jabalí… y otro más…y otro más. La dulce mujercita devoró literalmente en cuestión de un par de minutos todo el paquete de jabalí (ración para una familia), y se levantó de la mesa completamente transformada.

Aquella dulzura que la había caracterizado desde su más tierna infancia, parecía anulada por la exótica carne del jabalí africano. De repente, nada le parecía. Empezó a embestir a quien se le acercaba: a sus hermanos, a la cocinera, a su madre, a su padre, a sus amigas.

Después de probar la carne de jabalí, ella era diferente, realizada, burda, agresiva. La dulce nena –ahora convertida en brava y hostil mujer-  jamás abandonó su nueva dieta: vocaciones son vocaciones.

domingo, 26 de mayo de 2019

El escritor en trance

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Debido a problemas de menopausia, Arinda, su musa, dejó de tener ideas y se puso insoportable.

Mientras aparecía una musa de remplazo, el escritor era víctima desesperada de la presión de su editor y sus lectores, por lo que recurrió a una hechicera charlatana que aseguraba darle creatividad por medio de sus exóticos menjurjes.

Ella garantizaba que, poniendo al escritor en trance, éste sería capaz de generar ideas maravillosas para sus historias.

El tiempo pasaba, y el escritor seguía fuera de este mundo, inmóvil, con los ojos abiertos y la mirada perdida en el vacío, sin responder a ningún estímulo cercano. De hecho, lo único que lo separaba de la muerte era un leve y extraño movimiento ocular que mantenía vivas las esperanzas de la familia, mientras la hechicera evadía cualquier responsabilidad.

El escritor jamás salió del trance. La hechicera huyó de la ciudad. Los parientes cercanos se desgastaron discutiendo acerca de la moralidad y legalidad de la eutanasia.

El único que supo sacar provecho de la inaudita situación, fue el secretario del escritor, que se volvió famoso y rico con un  cuento llamado EL ESCRITOR EN TRANCE.

El supositorio mágico y sus inesperadas consecuencias

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Fue concebido por un hechicero genial que tenía un poquitín de fijación anal y mucho de buena voluntad.

Su objetivo no era, desde luego, combatir el estreñimiento, ni mucho menor abatir la fiebre corporal, ni siquiera curar enfermedad alguna por penetración anal, sino simplemente hacer que la gente sintiese una presencia mágica y agradable dentro de su cuerpo, no importando la ubicación ni la vía de aplicación.

Para lograrlo, mezcló polvos de hada apasionada, esencia de ilusión de adolescente, extracto de optimismo desbordante, poción de amor desenfrenado y muchas otras cosas por el estilo, además de una buena cantidad de vaselina*.

*recordemos que los supositorios se enfrentan necesariamente a la fricción de las paredes intestinales. 

Así, la fórmula mágica de aplicación anal quedó debidamente conformada.

La intención original del hechicero era tan sólo alegrar la existencia humana, pero una vez que sacó el producto al mercado, su éxito comercial fue tan grande, que en cuestión de meses pasó a formar parte de la lista de multimillonarios de Forbes, convirtiéndose así, sorprendentemente,  en un avaro e indeseable empresario capitalista.

Las bondades del mágico supositorio pasaron así a segundo término.

sábado, 25 de mayo de 2019

La batalla

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La mosca, fingiendo estar distraída, se dejó atrapar por una pegajosa telaraña.

Cuando la araña sintió las vibraciones del movimiento desesperado del insecto, empezó a avanzar hacia éste para devorarlo.

Justo cuando estaba a punto de clavarle sus afilados incisivos, la mosca, haciendo uso de un antiadherente de última generación, salió de la trampa y disparó un dardo envenenado al ingenuo arácnido.

Éste, a increíble velocidad, se vio envuelto por un chaleco antidardos, y con sus dos patas delanteras, lanzó un chorro de fuego con un lanzallamas inédito.

La mosca evitó las quemaduras gracias a un impermeable anti-fuego que traía puesto, y respondió atacando a la araña con un arma de rayos laser. Ésta emitió una capa protectora antiláser, sacó un lanzamísiles increíble, y…

Fue entonces cuando ambas, mosca y araña, fueron atrapadas por el lengüetazo de un sapo hambriento que nada sabía de tecnologías modernas.

La mosca le supo a gas mostaza, y la araña le resultó un poco dura por una armadura de platino que traía puesta, pero ambas fueron digeridas adecuadamente.

Un satisfactorio eructo del sapo dio por concluidas las hostilidades.

La última semana

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El Calendario estaba aburrido y cansado.

Se le había asignado reglamentar el paso de los días, de las semanas, de los meses y de los años con toda puntualidad para toda la vida.

La humanidad, los animales, las plantas y los astros cumplían con sus ciclos ante él de manera inevitable. Pero un día se dio cuenta de que era tal sólo un anciano insatisfecho que jamás había logrado una día perfecto para la vida, que sus fechas estaban todas ensangrentadas por eventos indeseables.

No recordaba un solo día bueno ni tenía ya claros sus ancestrales objetivos.

Decidió enfrentarse al Padre Tiempo, a la Madre Historia, a todas las Efemérides, a los Aniversarios, al Año Nuevo, al Año Viejo y a las Estaciones.

Ese día el Calendario, feliz y voluntariamente, dejó de existir.