sábado, 2 de mayo de 2009

La entrevista a Don Rafa


Don Rafa era toda una personalidad en aquel pequeño pueblo, famoso por ser capaz de ver a los duendes que habitaban los campos de las cercanías.

Un fin de semana, llegó al pueblo un exitoso escritor especializado en cuentos fantásticos, en hadas, duendes, dragones y toda clase de seres inverosímiles.

En cuanto supo de Don Rafa, decidió visitarlo para que le narrara sus experiencias reales con duendes, para ver si podía refrescar un poco la temática de sus cuentos.

La cita se dio en la sala de la casa de éste, quien con toda amabilidad, y con su cerebro fresco a pesar de sus 98 años de edad, contó al escritor decenas de experiencias con duendes locales.

El escritor quedó maravillado de la enorme imaginación de Don Rafa, pero finalmente no le creyó ni una palabra, pues estaba claro que los duendes no existían más allá de los confines de aquella cabeza canosa.

Aquella misma tarde, el escritor quiso compartir los resultados de aquella divertida experiencia con algunos amigos, así que salió al jardín de su hotel y los llamó.

Ellos se presentaron enseguida, saliendo de todas partes: de debajo de las piedras, de hoyos en los árboles, de madrigueras inesperadas…

Platicaron todos un largo rato acerca de la imaginación desbordada de Don Rafa, de quien, al final, acabaron mofándose por creer que los duendes existían.

Al llegar la media noche, el escritor volvió a sus aposentos, y se despidió de sus amigos duendes, satisfecho por haber coincidido con ellos de que eran tan sólo criaturas imaginarias, producto de mentes ingenuas o enfermas.

viernes, 1 de mayo de 2009

La fiesta de la cucaracha


Ella, desde su escondrijo, observó cómo el matrimonio preparaba las maletas para salir de fin de semana. Era una oportunidad de oro para asaltar la alacena, llena de tantas golosinas y nutrientes.

Como sea, era una cucaracha amigable, y finalmente concluyó que debería organizar una gran fiesta de un par de días con todos sus amigos insectos y arácnidos del jardín. Había alimentos pata todos.

Convocó entonces a todos sus amigos, quienes enseguida se presentaron al convivio.
Llegaron moscas, mosquitos, abejas, libélulas, alacranes, escarabajos, hormigas, gorgojos, arañas y gusanos de todo tipo, varios cientos de voraces individuos de seis u ocho patas.

El lugar de reunión fue, obviamente, la alacena.

El asalto a los víveres empezó enseguida. Todos los bichos se lanzaron al unísono sobre cajas, latas, envases y frascos. Éstos caían al piso desde los estantes, y se rompían con alegre sonido, permitiendo a los animalejos el acceso a todo lo imaginable.

Sólo había un ser triste y frustrado en aquella alacena: un bote de aerosol que contenía insecticida, que observaba impotente los desmanes que estaban ocurriendo.
Si por él fuera, ya habría exterminado a todos con su poderosa fórmula, pero existía un gran problema: necesitaba una mano humana que presionase la tapa para poder liberar su enorme capacidad aniquiladora de bichos.

Así, mientras la orgía de alimentos continuaba, el bote de insecticida se fue desesperando. Haciendo un enorme esfuerzo, con pequeños movimientos, se fue acercando al borde del estante. Finalmente, logró caer con mucha fuerza sobre el piso. Al hacerlo, su envase se rompió, y el insecticida presurizado llegó inmediatamente a todos los puntos de la alacena.

Los sorprendidos bicharrajos no lo podían creer, y uno a uno fueron cayendo asfixiados por el poderoso matainsectos de última generación.

Cuando el matrimonio regresó, dos días después, encontró aquel enorme desorden y destrucción en la alacena, con cientos de insectos y arácnidos muertos, incluyendo el vacío bote de aerosol de insecticida.

Lo trágico de esta historia es que el heroico bote de aerosol que se suicidó para cumplir con su función existencial, fue a dar finalmente, sin ningún reconocimiento de sus dueños, al mismo basurero en que fueron arrojados todos los cadáveres de los insectos.

La vida, a veces, encierra lamentables ironías.

miércoles, 29 de abril de 2009

El romance clandestino entre el zapato y la piedra


La piedra no llegó al zapato casualmente.

Se conocieron en una vereda, y ambos quedaron embelesados el uno del otro.

Ella, consciente de que el zapato avanzaba, se lanzó sobre él y cayó justo bajo la planta del pie del caminante.

Éste sintió la molestia. Se quitó el zapato y lo zarandeó para que la piedra cayese.

El zapato contuvo con todo su amor a la piedra, y evitó que ésta fuese lanzada al vacío.

Al llegar a casa, el caminante dejó el molesto zapato en el ropero, y jamás volvió a pensar en ponérselo.

La piedra y el zapato abandonado en el ropero, vivieron felices el resto de sus días.

lunes, 27 de abril de 2009

El destino de la piedra en el zapato


Ella era una pequeña piedra bien intencionada y sin ganas de molestar a nadie, que por accidente cayó dentro de un zapato.

Por más que quiso pasar desapercibida, el pie la sintió y empezó a quejarse.

Éste se despojó inmediatamente del zapato, mismo que fue zarandeado hasta que la piedra salió volando para acabar en el césped, muy lejos de la vereda en donde ella tenía sus amistades y relaciones de toda la vida.

La piedra, que jamás quiso perjudicar a nadie, hoy vive triste y aislada, semienterrada entre raíces, tréboles y lombrices que la tratan con total indiferencia.

domingo, 26 de abril de 2009

Cómo hacer que tu jardín se llene de hadas y duendes en poco tiempo


Las hadas son criaturas minúsculas, tenues, y sobre todo, muy delicadas.

Su alimento favorito es el néctar de buganvilia azul, además de nutrirse con los rayos del sol de antes del medio día.

Les agradan mucho los cantos de las aves silvestres, así como los aromas y colores de las flores.

Suelen dormir dentro de las flores acampanadas, en donde se sienten protegidas de los fatales lengüetazos de los horripilantes sapos.

Siempre son discretas, y les gusta pasar desapercibidas.

Cuando se embarazan (evento de verdad extraordinario), depositan sus larvas en las flores asimétricas, por alguna extraña forma de superstición.

En cambio, los duendes son algo más grandes (pero mucho más pequeños que nosotros).

Ellos disfrutan de la naturaleza salvaje y de los ruidos del bosque.

Les gusta dormir en lugares cerrados y protegidos, como en los huecos naturales de los árboles.

No se llevan nada bien con los gatos.

Les gusta cosechar setas, que es su alimento favorito, pero comparten con sus amigas ardillas la afición por las bellotas.

Los sapos y los perros no les afectan, pues los controlan mentalmente.
Igual que las hadas, son criaturas discretas.

Así que, si queremos que estas maravillosas criaturas vengan a nuestro jardín, debemos procurar lo siguiente:

1) No es necesaria una gran extensión, pues se trata de criaturas minúsculas.

2) El jardín debe tener muchas flores, sobre todo buganvilias azules y flores acampanadas.

3) Los árboles deben ser maduros, para que tengan muchas oquedades para las madrigueras de los duendes. Ellos se encargarán de acondicionarlos.

4) Las hadas disfrutan mucho del vuelo, pero les molesta que se les atraviesen las telas de araña, porque quedan atrapadas y expuestas a los arácnidos. Esto nos lleva a problemas técnicos inusitados, por lo que debemos, a diario, eliminar todas las telarañas existentes en nuestro jardín.

Finalmente las arañas entenderán que ese territorio no les conviene, y emigrarán a lugares más propicios.

5) Si hay gatos en las cercanías, habrá que mantenerlos con las uñas limadas, para que los duendes se sientan a gusto en nuestro jardín.

6) Si fuese posible, habría que disponer de una zona húmeda, para que los duendes cultiven sus setas.

7) Es conveniente rociar una vez por semana el jardín con un baño de esencia de azalea, para que los sapos no tiren lengüetazos a las hadas.

8) Mientras menos humanos se presenten en el jardín, mejor. Bastaría un jardinero consciente –uno mismo-para no desconcertar a los maravillosos seres que ahí habitan.

9) Si ponemos bebederos para las aves, garantizaremos un fondo musical que deleita a nuestros fantásticos huéspedes.

Y así, cuando acabes tu jardín, éste se llenará de hadas y duendes. Podrás disfrutarlo ampliamente, pero no lo presumas ni lo pregones, porque los humanos arruinan todo lo bello que hay en este planeta.

Las hadas y los duendes, de verdad, acabarán apreciándote.

viernes, 24 de abril de 2009

La musa del antropófago


Ibu-Ibu era el cocinero en jefe de la tribu caníbal Tubu-Tubu, en la desconocida y recóndita isla de Lumbu-Lumbu, en el archipiélago de Kiri-Kiri, lugar perdido en el Océano Pacífico.

Buru-Buru, el cacique, era un hombre glotón, muy aficionado a la carne de turistas europeos que ingenuamente salían a navegar a vela en aquellas aguas, pensando que el mayor peligro eran los tiburones blancos…

Tan desinformados estaban los turistas al respecto, que era rara la tarde en que Buru-Buru y sus cazadores náuticos de hombres blancos no llegaban a Lumbu-Lumbu sin, por lo menos, uno o dos rubios para la merienda.

Aquí comenzaban los problemas para Ibu-Ibu, pues Buru-Buru, el cacique, jamás quería repetir el mismo platillo.

Las ideas ya empezaban a agotársele, cuando su amigo, el brujo Ura-Ura, le sugirió que entrase en trance con extrañas hierbas locales para comunicarse con la diosa Uga-Uga, que no era ni más ni menos que nuestra vieja conocida Mnemósine, la madre olímpica de todas las musas.

Mnemósine, obligada como estaba por Zeus a cumplir con su mandato divino de atender a quien la requería, le envió a Carnelia, una musa novata que no tenía la menor idea de aquello en lo que se estaba metiendo.

Ibu-Ibu hizo ver a Carnelia (que en la isla adoptó el nombre local de Tuga-Tuga) que necesitaba no sólo una nueva receta cada día, sino un nuevo nombre para cada platillo. El riesgo de no cumplir con este capricho del cacique era que él sería el siguiente en el perol.

Al principio, Carnelia (o sea, Tuga-Tuga) se horrorizaba de ser cómplice de semejante barbarie, pero poco a poco le fue tomando gusto, llegando incluso a atreverse a pedirle a Ibu-Ibu que le dejase probar un bocado de cada uno de sus maravillosos platillos.

Cuentan las malas lenguas en el desconcertado Olimpo que, de todas las musas, Tuga-Tuga (o sea, Carnelia) fue siempre la más feliz y realizada, dejando muy atrás a Polimnia (quien inspiró a Mozart) y a Calíope (quien inspiró a GiuseppeVerdi).

jueves, 23 de abril de 2009

El psicoterapeuta


Todas las tardes, aquel pequeño e insignificante ser humano se retiraba a su solitario hogar tras de haberse ganado humildemente el pan de cada día como barrendero en una fábrica poco decorosa.

Pero al llegar a casa, lo pequeño, lo insignificante y lo solitario, desaparecían súbitamente, justo cuando sacaba de debajo de la cama un viejo diván bastante deformado.

En ese momento mágico, seres de todos los mundos (fantásticos, extraterrestres, de otras dimensiones, objetos teóricamente inanimados, etc.), llegaban por todos los medios imaginables (e inimaginables) para ser atendidos por el psicoterapeuta más famoso de todos los universos.

Él se daba tiempo para todos: hadas menopáusicas, duendes que parecían humanos, ogros incapaces de gruñir, zombies que no encontraban su tumba, alacranes homosexuales, dragones con incontinencia, relojes impuntuales, hombres lobo vegetarianos, extraterrestres con acné, musas inocurrentes, dioses relegados y brujas inefectivas.

Todos ellos, uno por uno o en terapias grupales, le platicaban sus experiencias. Él, un verdadero sabio de dimensiones extragalácticas, los aconsejaba y recetaba.

Al día siguiente, él regresaba a la fábrica a barrer los rincones, mientras que cientos de seres de todos los universos se sentían reconfortados por la sabiduría de aquel pequeño e insignificante ser humano, y por la magia de su poderoso y extraño diván desvencijado.