lunes, 13 de septiembre de 2010

El palmo de narices


Era un palmo de narices inconforme por el hecho de que no poseía nada, ni siquiera esencia.

Renegaba día y noche por ser un ente hueco y vacío, además de solitario.

Y así, mascando su frustración, fue a dar a un lugar en donde había muchos palmos de narices.

Se puso contento por el hecho de tener compañeros, hasta que uno de ellos lo regresó a la realidad:

Los palmos de narices no tenemos nada. Somos huecos y sin esencia. Ya deberías saberlo”, le dijo.

Pero aquí, en este lugar lleno de palmos de narices, nos tenemos los unos a los otros. Por fin tenemos algo”, dijo el primer palmo de narices lleno de esperanza.

No te engañes: esto es un refugio de palmos de narices, no un grupo de compañeros o amigos. Aquí nadie tiene nada. Me permití ser tu interlocutor por un instante, nada más para ubicarte en tu realidad de palmo de narices, pero no soy ni tu amigo ni tu compañero ni nada. Sigues siendo un hueco sin esencia, y siempre lo serás, como yo y como todos los demás que aquí ves”, corrigió severamente el otro mientras se alejaba de aquella insólita e inútil conversación.

Tras de escuchar eso de aquel otro, el palmo de narices de este cuento supo por fin que los palmos de narices no son más que eso: palmos de narices.

Jamás en el resto de su vida pretendió poseer algo más allá de la soledad y de la oquedad.

Por fin nuestro palmo de narices había madurado.

martes, 7 de septiembre de 2010

La alcachofa maldita


Nació resentida con el mundo.

Pudo haber sido el efecto químico de algún fertilizante de nueva generación, o tal vez ya lo tenía en sus genes. Nunca lo sabremos.

Desde que fue cultivada y asomó a la luz del día, odió a todos: a quien la había sembrado, a sus vecinas, a quien la regaba, al sol que la nutría y calentaba, al dueño de la plantación.

Deseó en su maldad haber destruido el planeta y el universo, pero sus alcances eran pocos: tan sólo generó un leve cólico a quien la cenó acompañando a un jugoso filete de res.

Un poco de jugo gástrico eliminó en cuestión de segundos todo aquel irracional odio que, en otras condiciones, pudo haber trascendido.

Esa noche ella supo que las alcachofas realmente carecen de opciones existenciales.

lunes, 23 de agosto de 2010

La casa cuna de los cuentos


Era un lugar aparentemente afortunado.

Una vez que los pequeños cuentos eran concebidos por sus autores, eran entregados a las musas que cuidaban de ellos, que los arropaban y mimaban, que los nutrían con ideas y personajes, que los llenaban de párrafos y de buena ortografía, de argumentos y tramas, de ilusiones.

Ahí, con las atenciones y los cuidados de esas dulces divinidades de excelentes manos, los pequeños cuentos se desarrollaban. Unos estaban listos enseguida: eran precoces y avispados; otros tardaban semanas o meses en pedir que les permitieran ser editados. Los había mejores y peores, pero todos éstos tenían una razón de ser, que era alegrar y entretener a los lectores.

Pero otros se quedaban ahí para siempre, pues sus autores los habían olvidado, o no habían sabido como terminarlos, o simplemente no eran graciosos o interesantes.

Antes, estos cuentos sin opciones –lamentablemente huérfanos literarios sin ningún futuro- simplemente se quedaban en el tintero, pero la tecnología cambia a pasos agigantados: hoy casi todas estas infelices criaturas nonatas residen en carpetas y archivos abandonados en memorias electrónicas llamadas USBs.

Tarde o temprano, esos USBs son destruidos, arrojados a la basura, o simplemente borrados, para así dar espacio a otros pequeños cuentos que, con un poco de suerte, tras de residir temporalmente en la casa cuna, encontrarán lectores que los admiren y aplaudan.

viernes, 13 de agosto de 2010

La bruma


El primer sitio en donde se reportó formalmente este extraño fenómeno fue en Manhattan, aunque apareció exactamente al mismo tiempo en todo el planeta, tierra y mar.

Era una bruma completamente normal a la vista y a la respiración, tenue y discreta, pero distaba mucho de ser lo anterior.

A menos de una hora de haber sido registrada en Manhattan, se supo que era un fenómeno global, pero nadie imaginaba de qué se trataba realmente.

En el transcurso de aquella extraña mañana, miles de meteorólogos y climatólogos de todo el planeta trataron de explicar el fenómeno, pero ninguno encontró causas probables, pues la bruma apareció en todo clima y en todo lugar: ciudades, campos verdes, selvas, desiertos, mares, casquetes de hielo…

Esa tarde, ante la incertidumbre de los científicos, empezaron –como era de esperarse- los brotes sociales de pánico, y éstos crecieron enormemente cuando apareció en la Internet el resultado cualitativo de la bruma, hecho con diferentes técnicas analíticas de vanguardia: si bien parecía una simple condensación de humedad, no tenía trazas de agua, ni de ningún compuesto o elemento conocido en la Tierra.

Aquella noche fue tremenda: reaparecieron los fatalistas de siempre anunciando el fin del mundo; los sacerdotes de todas las religiones hablaron de los pecados y de la degeneración del ser humano; los hippies y grupos afines justificaron su eterna filosofía de vivir el momento, y los creyentes en los ovnis dieron rienda suelta a su fantasía.

Al amanecer del día siguiente, la bruma empezó a tomar un tono verduzco, y se pensó que ésta se estaba nutriendo de la masa vegetal de la Tierra, pero ningún análisis dio resultados que confirmaran dicha conclusión. Como sea, el fenómeno adquirió el nombre popular de la bruma verde.

Después, por la tarde del segundo día, fue desapareciendo paulatinamente, mientras que las fotos satelitales reportaban que no había ninguna reducción de las masas vegetales de la biósfera. Nadie, ni siquiera la comunidad científica, podía decir qué era lo que había pasado. Todo era absolutamente inexplicable.

Al día siguiente la bruma verde era ya un recuerdo, un evento extraño que había ocurrido y nada más, algo que no había traído consecuencias de ningún tipo.

Desde luego, ningún humano imaginó siquiera la amplia y maléfica sonrisa que -ante el total éxito de su creación- esbozó Urgatuc, el sabio y perverso duende que odiaba de siempre a la humanidad, y quien en estos últimos dos días había probado eficazmente su brumizador global, todavía sin la carga de veneno fatal que habría de lanzar a la atmósfera unos días después.

jueves, 5 de agosto de 2010

El aprendiz


Nació de sí mismo, y no había un paradigma en ninguna parte que le dijera quién era ni qué debía hacer con su inesperada existencia. Miró en todas las direcciones, hacia arriba y hacia abajo, y no había nada. Estaba solo, pero no sabía ni siquiera lo que era la soledad.

Durante unos instantes intuyó que lo mejor era regresar a su agradable estado anterior de no existencia, pero no había huevo, ni matriz, ni a dónde volver. Ni siquiera lo sabía, pero había nacido por irreversible generación espontánea.

No pensó en el suicidio, porque no había forma de que lo intuyese: nadie se había suicidado con anterioridad. Y aunque lo hubiese intuido, no había con qué hacerlo. Era tan sólo un ente inmaterial, y no existían cuerdas ni navajas ni venenos ni alturas ni revólveres.

Sintió algo que en ese momento carecía de nombre, eso que hoy conocemos como frustración. Y enseguida, después de un rato, fue víctima de lo que los humanos conocemos como aburrimiento, pero como no existía un lenguaje ni ningún concepto, no fue capaz de definirlo más allá del fastidio de sentirlo. Simplemente no había con qué entretenerse.

Como era inteligente a pesar suyo, concluyó que para pensar requería un lenguaje, unas cuantas palabras para ir armando ideas. Pero para crear un idioma, necesitaba sonidos.

Y para generar sonidos, necesitaba músculos guturales, que tampoco tenía, porque ese mundo era inmaterial.

Como desconocía sus capacidades de creador, tardó mucho en saber que bastaba un designio suyo, un simple brote de voluntad, para generar esa musculatura y el concepto de sonido. Pero antes necesitaba crear la materia, y su equivalente, la energía, y no tenía la menor idea de cómo hacerlo.

Finalmente llegó a todo lo anterior, pero es imposible saber en cuánto tiempo lo hizo, porque el concepto de tiempo no existía. Era necesario crearlo.

Así transcurrió una gran parte de su inaudita existencia totalmente inconmensurable por su propia ignorancia…o inactividad…o desconocimiento de su propia naturaleza.

Algún algo después, confirmó su capacidad creadora: se dio cuenta de que su Verbo generaba cosas. Su autoestima, hasta ese momento bastante baja por la frustración de su inesperado origen y su ignorancia esencial, mejoró bastante, pero no del todo.

Fue entonces que creó apresuradamente y sin medir las consecuencias, la materia, la energía, el tiempo y su propia conciencia.

Pero seguía siendo víctima de muchas cosas inexplicables, y concluyó que necesitaba otro ser que lo acompañase y le dijese cuán grande era.

Fue entonces que imaginó al Hombre, un ser adulador con natural sentimiento de inferioridad, capaz de admirar su mediocridad y adorarlo por encima de cualquier objetividad y mérito.

Fue entonces que en su ilógica inmadurez, creó un Universo material para que el Hombre lo acompañase y le resolviese sus necesidades anímicas.

Y en un arrebato de patológica impulsividad, dio al Hombre libre albedrío, y una pareja caprichosa, vanidosa, pero atractiva. En ese no meditado lance, aparecieron las hormonas, los pecados y muchas otras consecuencias que él no fue capaz de prever.

Los aprendices de dioses en este Universo deberían asumir en carne propia sus irresponsables acciones, pero no es así, hasta donde sabemos.

Pero son misteriosos los designios del Creador de los Creadores: debe haber alguno, porque la generación espontánea es imposible. Sólo Él sabe en manos de quién dejó nuestro Universo y por qué lo hizo.

Tal vez todo esto sea una Gran Escuela generada por el Creador de los Creadores, precisamente para que los aprendices de Creador vayan perfeccionándose poco a poco, y así los futuros Universos tengan más lógica, más congruencia y más esencia.

Después de todo, echando a perder…se aprende.

domingo, 1 de agosto de 2010

La noche de las acefalaquias


“¿Y qué son las acefalaquias?, preguntó mi nieto.

“Pues eso:
acefalaquias, ni más ni menos que acefalaquias”, fue mi respuesta.


Aquella noche las acefalaquias decidieron salir de sus guaridas. En pocos segundos penetraron todos los cerebros humanos y emborracharon a todas las neuronas.

Éstas, desconcertadas por la inusitada presencia de las acefalaquias, olvidaron sus responsabilidades, y cada una dejó brotar su individualidad. Sus dendritas se movían a placer, y sus núcleos cambiaban de color a cada instante. Aquello era peor que un caos.

Toda la gente se volvió ilógica, irresponsable, inconsciente, irracional, desconocida, durante los pocos minutos en que las acefalaquias poseyeron a sus neuronas.

Pero se sabe de siempre que los humanos aburrimos mucho a las acefalaquias, por lo que aquel excepcional estado alterado duró muy poco tiempo. Éstas decidieron volver a sus guaridas en quiénsabedónde, y pronto las cosas volvieron a ser como eran antes.

Efectivamente, los humanos regresamos enseguida a nuestra vida de siempre, a seguir todos haciendo las estupideces acostumbradas, ni una más ni una menos.

viernes, 30 de julio de 2010

La pompa de jabón atómica


A veces es difícil distinguir entre un fanático y un ser con determinación.

De alguna manera que jamás sabremos, la pompa de jabón de esta historia, desde que era parte del jabón original en un frasco irrelevante, supo de la bomba de Hiroshima y de todo el desarrollo posterior de la energía nuclear.

No era ingenua, y sabía de sobra que las pompas de jabón tienen una vida muy corta, y que revientan con el contacto de cualquier objeto con aristas afiladas, con afectaciones irrelevantes.

Ella simplemente no se resignaba acabar con su efímera existencia reventando y rociando de jabón a los objetos que estaban a unos cuantos centímetros a su alrededor. Sus pretensiones eran inmensas.

Desde pequeña conocía el significado de lo que hoy conocemos como megatones y de su enorme poder destructivo. ¿Por qué al reventar iba a ser ella menos que sus colegas, las bombas atómicas, nucleares y de fisión?

Fue así que se concentró en su esencia, que meditó su lugar en este universo, y así, al nacer como pompa de jabón, decidió ser grande y poderosa.

Cuando Juanito, en el Parque de las Rosaledas, sopló para conformar a nuestra pompa de jabón, jamás imaginó que en unos cuantos segundos la ciudad y buena parte de sus alrededores, quedarían totalmente destruidos. Cientos de miles de muertos fue el saldo de aquella inesperada e increíble explosión.

Sin embargo, la pompa de esta historia murió insatisfecha y frustrada, pues no llegó a su objetivo: ni siquiera se acercó al potencial destructivo de la bomba de nitrógeno recién anunciada por el Ejército de los Estados Unidos.

Cosas de la vida.