martes, 3 de enero de 2012

La leyenda del cactus afectivo


Cuentan que hubo una vez, hace algunos millones de años, un cactus muy extraño que vivía en un desierto muy seco con escasas lluvias.

Este cactus, a pesar de parecerse en mucho en lo exterior a los demás de su especie, había generado una extraña emoción, cosa que se considera totalmente improbable en una criatura primitiva y sin sistema nervioso.

Él sufría mucho de soledad, y, en aquel inhóspito desierto casi sin vegetales o animales, pasaba días enteros sintiendo tristeza, alejado de todo y de todos.

Pero una tarde de tantas, pasó por ahí un pájaro migratorio que no encontró otro lugar para posarse a descansar de su larga jornada más que una de las ramas del cactus.

Al hacerlo, el ave sintió algo extraño en la piel del cactus, algo de verdad agradable, así que decidió pernoctar ahí mismo, disfrutando de esa extraña e inexplicable sensación táctil.

El cactus notó que el pájaro se sentía a gusto posado sobre él, así que se siguió esforzando por hacerlo sentir bien. Pronto se dio cuenta de que lo que él generaba era afecto, y que eso le gustaba a otros seres.

El pájaro decidió hacer su nido en el cactus, y pronto otras aves se acercaron a ver esa inexplicable situación. Al posarse en el vegetal se sintieron igualmente atraídas. En cuestión de días, el cactus estaba lleno de nidos y de aves volando alrededor de él.

Los pájaros portaban semillas de plantas de muchos tipos, y éstas fueron cayendo en la tierra alrededor del cactus. Con las escasas lluvias que había en aquel desierto, algunas de ellas empezaron a germinar.

Cuando ese pequeño oasis llegó a tener cierto tamaño, muchos animales empezaron a acercarse ahí buscando sombra…y encontraban afecto.

El oasis del cactus pronto se convirtió en un pequeño bosque, y –atraídas por el color verde- llegaron las nubes, y con ellas las lluvias.

Aquel bosque afectivo pronto se convirtió en una selva. Nacieron arroyos que fueron convirtiéndose en ríos, algunos de ellos enormes. Miles de especies animales y vegetales se desarrollaron ahí. Los árboles alcanzaron enormes alturas, y aparecieron lagos llenos de peces y algas.

La enorme selva del Amazonas había sido creada.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Aniceto, el extraño duende


Aniceto, el duende, era la víctima de todos los malos comentarios en su aldea.

Sus paisanos no podían entender cómo podía estar todo el año sin hacer nada, y aun así mantenerse adecuadamente. De hecho era el duende más rico de la región.

El secreto de Aniceto radicaba en su desaparición anual a mediados del mes de octubre, cosa por demás inexplicable para todos los demás.

Y cuando regresaba a la aldea, siempre a mediados de noviembre, reaparecía cargado de riquezas: elíxires únicos, piedras preciosas, hojas aromáticas, tratamientos inexplicables para las enfermedades de las hadas y duendes, bienes que le permitían pasarla bien el resto del año.

Todos murmuraban, pero nadie sabía que Aniceto era un excelente dentista mágico que curaba todos los problemas dentales de las calabazas de Halloween en el mundo de los humanos.

Las calabazas de color naranja solían exhibir –en el mundo de los humanos- sus abiertas sonrisas con dientes a partir de mediados de octubre, pero nadie sabía ni se preocupaba de sus caries y problemas dentales que tanto las afectaban y amenazaban con echarle a perder la fiesta a todos los niños humanos.

Aniceto sabía cómo resolver esos problemas, y viajaba de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, atendiendo a sus amigas calabazas, quienes, en agradecimiento, le regalaban toda clase de objetos útiles y preciosos.

Nunca nadie lo sabrá, pero sin la existencia de Aniceto, el duende, y sus conocimientos de ortodoncia , el Halloween sería una dolorosa pesadilla para las encantadoras calabazas, y la agradable celebración de todos los niños, sería un permanente desastre.

martes, 7 de junio de 2011

Pésimas noticias


De tanto observar a los humanos, aquel grupo de duendes y hadas que administraba la aldea encantada por mandato mayoritario de los ciudadanos, decidió que necesitaban más presupuesto para ejercer mejor sus responsabilidades.

Después de una reunión de cabildo, se aprobó aplicar el Impuesto al Valor Agregado a todas las transacciones de setas, de bellotas y de nueces.

También consideraron procedente el Impuesto sobre las Utilidades, y otro para gravar las propiedades, aunque éstas fueran en régimen de condominio arborícola.

Generaron un Ministerio de Hacienda para evitar evasores, y empoderaron a decenas de auditores para asegurarse de que nadie dejase de cubrir sus impuestos.

La vida en el mundo fantástico perdió su encanto, y todas las criaturas que ahí habían vivido durante milenios optaron por emigrar al Bosque Mágico, sin saber que el Ogro Gruppp y la Bruja Anacleta cobraban tarifas elevadas como permiso de residencia a los inmigrantes.

La contaminación humana había desgraciado todo, absolutamente todo.

lunes, 6 de junio de 2011

La aldea inédita


Uno tras otro, todos fueron presentándose sobre su escritorio.

La mayoría de ellos lucían sus mejores galas; otros venían pintados como payasos; o con cara triste y lágrimas dibujadas sobre su cara. Lo importante era causar la mejor impresión.

Todos venían de muy buen humor, más allá de sus vestimentas o disfraces, pues sabían que de alguna manera era para ellos la gran oportunidad de trascender en la literatura fantástica, algo que siempre habían anhelado, pero que jamás habían imaginado que sucediera.

Tras de mostrarse sobre el escritorio y de ser entrevistados, unos lograron papeles estelares, fuera como buenos o fuera como villanos; otros lograron ser personajes de comparsa; algunos –los más atléticos- fueron contratados como dobles; y los demás quedaron como simples extras.

Como sea, ninguno se sintió mal con el papel asignado, porque sabían que pertenecían a una aldea de duendes inédita, o sea, un lugar maravilloso que ningún escritor de fantasía había jamás imaginado, y que, por lo tanto, no existía.

Al acabar la sesión de selección de personajes, Juancelo, el duende principal, tomó la palabra a nombre de todos sus paisanos y compañeros:

“Señor Escritor: no sabe lo agradecidos que estamos con Usted por habernos imaginado. La vida de los duendes, sin un escritor que nos imagine y apadrine, es lamentable. Trabajamos duro, día tras día toda la vida; contraemos nupcias; tenemos hijos; los criamos con esmero. Pero si ningún escritor nos imagina, la realidad es que no existimos para nadie, ni siquiera para nosotros mismos.

Es por esto que mis compañeros y yo hemos decidido poner en la plaza principal de nuestra aldea, una estatua dedicada a Usted, prometiéndole que, en cuanto empiece a redactar su cuento acerca de nosotros, seremos los mejores personajes que Usted haya podido imaginar. No lo haremos quedar mal.”


Acto seguido, el conmovido autor de cuentos fantásticos echó mano de su lápiz y cuaderno, y generó la más bella saga de duendes que hasta la fecha ha existido.

sábado, 21 de mayo de 2011

El informe


Xmorik era el alienólogo en jefe de aquella expedición. El trabajo de su avezado equipo consistía en estudiar a todas las criaturas del universo que cumplían con la normatividad de especie inteligente, en definir sus opciones existenciales, en registrar sus costumbres y habilidades, en analizar sus posibilidades de supervivencia, todo esto con el objetivo de integrarlas al Gran Catálogo de Alienígenas Racionales que pronto quedaría totalmente concluido.

Xtarik, su ayudante, estaba redactando el informe final de la visita al planeta HG30567, con el cual se concluiría la exploración de ese mundo.

Una vez acabado, Xmorik procedió a leer en voz alta dicho informe para que sus colegas lo aprobasen:

Pagarés, maldad, hipotecas, demandas, inflación, carestía, crisis, guerras, secuestros, xenofobia, narcotráfico, amenazas, epidemias, divorcios, envidias, celos, hipocresía, mentiras, desabasto, racismo, terrorismo, mala voluntad…”

Xtarik, autor del informe, quiso poner punto final al desagradable tema ante la sorprendida cara de sus compañeros, interrumpiendo a su jefe:

Están jodidos. En fin, son seres humanos.”

El dragón de Komodo


Finalmente se dio cuenta de que el exterior simplemente no existía.

Todo aquello que siempre había vivido tan intensamente –hechos, acciones, emociones, afectos, éxitos, fracasos, frustraciones, alegrías- había sido tan sólo un producto de su imaginación.

Hasta su cuerpo era imaginario.

El paradigma de que sólo en un cerebro físico se podían contener pensamientos y razonamiento, quedó descartado en aquel sublime momento de iluminación.

Para despedirse de aquella ilusión de corporalidad y realidad exterior, se sirvió una copa de vino Oporto para disfrutar por última vez del aroma, del sabor y del relajamiento que el licor le producía.

Después, decidió cambiar su paradigma humano por el de un dragón de Komodo.
Inmediatamente sintió sus poderosas garras y la fuerza de su cola. Percibió el olor de una hembra en las cercanías y decidió ir por ella.

Una nueva forma de vida, con todas sus implicaciones, había quedado definida en su portentosa imaginación.

sábado, 30 de abril de 2011

El tornillo


Juancelo, el duende, lo encontró atornillado en lugar discreto en la corteza de un viejísimo olmo en un paraje en donde nadie pasaba.

Como es característico de los duendes no soportar la curiosidad, fue a casa corriendo a buscar un desatornillador para quitarlo e indagar las razones por las que alguien lo había puesto en aquel inesperado lugar.

Procedió a desatornillarlo. Nada parecía extraño hasta que el tornillo giró la última vuelta y cayó al suelo.

En ese momento, con pavoroso estruendo, el enorme olmo cayó al piso. Sus raíces, al ser desprendidas de la tierra, generaron un enorme hoyo seguido de un devastador temblor que arrasó con el resto de los árboles del bosque.

Ante los despavoridos ojos de Juancelo, el bosque desapareció hundiéndose en el cercano mar.

Unos instantes después, todos los continentes de la Tierra corrieron la misma suerte del bosque. Antes de que transcurriese media hora, el planeta se colapsó sobre sí mismo, en un enorme cataclismo de proporciones siderales.

La misma suerte corrieron el resto de los planetas de nuestro sistema solar: todos se retorcieron internamente, generando sismos impresionantes, para ir a estrellarse contra el sol y fundirse en él.

Cuando parecía que todo había quedado allí, el sol empezó a convulsionarse. Enormes llamas saltaban de su superficie como jamás se había visto.

En cuestión de un par de horas, las tormentas solares hicieron que el sol explotara y se convirtiese en una enorme supernova.

Miles de millones de partículas salieron despedidas al espacio por la descomunal explosión, llevando consigo una inconmensurable carga destructiva que hizo que nuestra galaxia explotase entera, arrasando con todas las galaxias vecinas. Cualquier forma de vida que alguna vez hubiese existido en aquella inmensidad, se extinguió para siempre.

La destrucción total de todo lo contenido en el universo se llevó a cabo en cuestión de un par de días. Nada quedó como estaba, y el caos volvió a reinar como hacía miles de millones de eones.

Zeus, ligeramente preocupado por lo ocurrido, llamó a Minerva para hacerle un pequeño reproche:

“¡Te dije varias veces que el tornillo no estaba lo suficientemente escondido!”