domingo, 17 de agosto de 2008

Una aventura en Technicolor

Dicen por ahí que un día un escritor agotó todas sus opciones de personajes: a los seres humanos, a los mitológicos, a los fantásticos, a los superhéroes y a todos los animales del mundo. Ya no sabía a quién recurrir para escribir sus cuentos, por lo que apeló a su musa para que lo orientase.

Ella lo pensó un par de días, y le trajo a todo un elenco para sus obras: los colores.

Le presentó al blanco, al rojo, al azul, al amarillo, al púrpura, al verde y al anaranjado.

Al escritor le gustó la idea, así que le dio las gracias a la musa, y los entrevistó uno por uno, para ver si de verdad estaban a la altura de un gran cuento.

El blanco se presentó a sí mismo como la pureza, la virginidad, como un color inmaculado digno de hacer el papel del bueno en cualquier historia.

El rojo dijo que era apasionado, fogoso, fuerte y defensor de sus principios hasta la última consecuencia. Podría perfectamente representar al valiente héroe que el escritor requería.

El amarillo afirmó que podría, sin lugar a dudas, poner en el cuento la necesaria cuota de alegría, de optimismo, sin el cual los demás personajes serían aburridos.

El púrpura se presentó a sí mismo como la prudencia, la sabiduría necesaria para que el héroe del cuento no cometiera errores por falta de experiencia, cosa muy frecuente entre los personajes novatos.

El verde se dijo capaz de aportar frescura a la obra, así como una buena cuota de la esperanza que los lectores requieren cuando ven que las cosas no salen como deberían.

El anaranjado prometió que llenaría a los demás personajes de creatividad y energía, para que el cuento fuese dinámico e inolvidable.

Una vez entrevistados todos los personajes que necesitaba, el escritor se sentó frente al teclado y empezó a asignarles papeles, monólogos y diálogos, como indican los cánones literarios.

Después de varios días de esfuerzo, el escritor le manifestó a su musa que no estaba satisfecho todavía, que faltaba un ingrediente importante para que el cuento fuese impactante, pero no sabía cuál era ni qué hacer. La musa sonrió y le sugirió que cerrase los ojos y durmiese un rato, que pronto aparecería un nuevo personaje que resolvería sus inquietudes.

El escritor obedeció a la musa. Se recostó y cerró los ojos. Pronto se durmió. Tuvo un sueño triste en el que todo era oscuro, deprimente, pesimista.

Al despertar se dio cuenta de que la alegría, el heroísmo, el optimismo, la sabiduría, la pureza, la esperanza y la pasión carecen de sentido sin que exista un villano, sin alguien que aporte el riesgo, la angustia, el temor y el desconsuelo. Obviamente le hacía falta un personaje.

Esa mañana, por encargo de la musa, se presentó con él el color negro, muy seguro de sí mismo, diciendo que él podría orgullosamente representar ese papel de villano, para que la vida en su cuento tuviese de verdad contraste y relevancia, y así los demás colores pudiesen lucir en todo su esplendor.

El escritor le asignó un papel relevante en el cuento, y agradeció a su sabia musa todas sus aportaciones.

La obra fue todo un éxito.

viernes, 15 de agosto de 2008

Bandera de huelga

Al no tener respuesta a sus demandas laborales, la musa decidió poner bandera de huelga en el cerebro del escritor.

jueves, 14 de agosto de 2008

Musa retorcida


Era una musa tan perversa y retorcida, que solamente inspiraba cuentos de terror.

miércoles, 13 de agosto de 2008

El duendecillo aprendiz de brujo

Cuentan en lo profundo de la selva tropical que un día, no hace mucho tiempo, un joven duende travieso se encontró tirado en la maleza un libro de hechizos y encantamientos, cerca de lo que alguna vez fue la pocilga de una bruja ya desaparecida.

Como era inexperto y lo único en que pensaba era en divertirse, empezó a hojear el texto para ver qué contenía y qué travesuras podía hacer con él. Entre muchas brujerías, encontró una que le pareció muy divertida, así que decidió aplicarla inmediatamente: se trataba de una magia para cambiar entre sí las voces de los animales.

Así, a cuantos animales veía, les decía unas extrañas palabras cuyo significado desconocía, pero le resultaba divertido ver las consecuencias: un pájaro croando como rana y una rana trinando como pájaro; un lobo cantando como cigarra y una cigarra aullando como lobo; un búho maullando y un gato montés ululando.

Todo esto le causaba una gran hilaridad, sobre todo viendo el desconcierto de los infelices animales que se desconocían a sí mismos y corrían a esconderse de la vergüenza entre la maleza.

Mientras más animales emitían sonidos que no les pertenecían, el duendecillo se reía más y más. Incluso se tiró al suelo de la risa cuando escuchó a un pequeño saltamontes rugir con la potencia de un jaguar.

Estando tirado en el suelo desternillado de la risa, escuchó el cri-cri de un grillo justo a su espalda. Volteó divertido para ver de qué animal se trataba, y tardó medio segundo en darse cuenta de que era un jaguar hambriento.

Echó a correr pidiendo auxilio a sus amigos duendes, pero lamentablemente solo le salieron de la boca unos cuantos graznidos, mientras un cuervo en el árbol le decía: “¡Hola, duende! ¿Cuál es tu problema? ¿Por qué corres tan rápido?”

En unos cuantos segundos, el duendecillo imprudente fue devorado el jaguar, que satisfecho por la facilidad que tuvo para lograr esa inesperada y deliciosa comida, cantaba satisfecho y orondo “cri-cri, cri-cri, cri-cri”.

lunes, 11 de agosto de 2008

La extraviada

El escritor de cuentos que había perdido a su musa, la buscó en plena desesperación por todas partes.

Después de cierto tiempo la encontró aburrida y ofendida, escondida entre las letras del último cuento que ella había inspirado al autor.

Al preguntarle el escritor por la razón de sentirse molesta, ella respondió que el más reciente cuento no había tenido éxito, precisamente porque él había alterado algunos párrafos, y que, al hacerlo, lo destruyó por completo. Le dijo que no tenía ya la menor intención de seguirlo acompañando en sus absurdas y egoístas aventuras literarias.

La depresión de la musa era tan grande que de ella se contagió el ya fastidiado escritor. Así, ambos recargados en las letras del cuento, se miraron fijamente el uno al otro un largo rato.

Después de un par de horas, el escritor sacó de su bolsa una pequeña botella de licor para pasar el mal rato, ofreciéndosela caballerosamente a la musa, quien jamás había probado ese delicioso líquido.

La musa empezó a sentir un agradable mareo, y su depresión empezó a convertirse en risas simples y sonrisas fuera de lugar. Ambos estaban tan contentos, que el escritor decidió ir por otra botella, y por otra, y por otra.

Al cabo de la tarde, la musa y el escritor reconocieron que habían desperdiciado su vida dedicados a la literatura.

Cuentan por ahí que hay una divertida parejita en juerga permanente: él tiene tipo de intelectual, pero baila y se divierte como hombre de mundo; ella se ve feliz, despreocupada, vivaracha, como si hubiese dejado atrás una vida que no le agradaba.

domingo, 10 de agosto de 2008

La escoba

Su vocación nunca fue la limpieza, por lo menos no aquel tipo de limpieza en el que se especializan las escobas.

Fue comprada de nueva por un ama de casa en la tienda, pero al no servir para su propósito original -barrer los pisos- fue arrojada a la basura casi sin haber sido usada.

El camión de desperdicios la llevó a un tiradero cercano al bosque maldito, el de las brujas.
Como estaba casi nueva, fue encontrada y recogida por una bruja carroñera que pepenaba los desperdicios. Le pareció un excelente vehículo, por lo que la llevó a su pocilga ilusionada con poseer una escoba voladora. Le enseñó a volar y le tomó confianza.

Así, el día menos pensado, cuando la bruja volaba muy alto, la escoba se zarandeó y la hizo caer a un abismo. Sus huesos quedaron totalmente fracturados, además de haber muerto de un infarto durante la caída.

Nadie se dio cuenta de aquello, así que la escoba voló discretamente de nuevo al tiradero de basura, en donde esperó a que apareciera otra bruja.

Pronto fue encontrada por otra entre la basura, y se repitió la historia una y otra vez hasta que el bosque maldito quedó libre de brujas.

Hoy la escoba de este cuento reposa feliz en el tiradero de basura, sabiendo que finalmente su vocación sí fue la limpieza, aunque no precisamente aquella para la cual fue fabricada.

jueves, 7 de agosto de 2008

El cuento que jamás se publicó

El escritor estaba frustrado, pues tenía decenas de personajes en la cabeza, pero no lograba armar una trama que valiese la pena. Después de varios días de pensarlo sin encontrar nada mejor, decidió escribir sobre una guerra de época, en la que participarían todos sus personajes al mismo tiempo.

El problema histórico-literario era que todos los personajes pertenecían a diferentes mundos, épocas o circunstancias, así que apeló a un nuevo estilo literario ecléctico, esperando así resolver su frustración.

Así, Zeus fue asesinado en el Olimpo por un yeti del Himalaya, lo que inició la gran guerra, mientras que un duende espía perseguía con malas intenciones a Caperucita Roja en el desierto del Sahara, y Peter Pan ocupaba un distinguido lugar al lado de Tutankamen en el imperio egipcio.


El cuento se extendía enormemente sin definir quién ganaría la guerra, y el autor corría el riesgo de exceder el número de páginas solicitadas por el editor.

Entonces el escritor decidió convertirse en un personaje más y asesorar a Batman como líder del bando bueno, y así acabar con esa guerra de una vez por todas.

Pero justo cuando el autor logró ser recibido por Batman y su séquito de hadas, apareció un Tiranosaurus Rex que lo devoró sin piedad.

Como nadie pudo terminar el cuento, el borrador de éste quedó abandonado para siempre sobre el escritorio del difunto escritor.