jueves, 7 de junio de 2012

La sabiduría del lobo feroz


Una  mala tarde, Blanca Nieves –cansada de esperar a un anunciado príncipe azul que no acababa de aparecer, y totalmente aburrida de pasar monótonas noches con los siete enanos- decidió quitarle el apasionado lobo a la Caperucita Roja.

Cuenta la leyenda que la bestia no dudó ni un instante en abandonar a la rústica campesina de caperuza carmesí para relacionarse sexualmente con la heredera legítima de aquel reino.

Lo que el lobo tardó demasiado en saber fue que los abogados de la malvada bruja madrastra de Blanca Nieves habían ya logrado desposeerla de cualquier herencia y riqueza.



Finalmente, ya enterado de todo esto, y dadas las circunstancias, el peludo animal concluyó que Blanca Nieves tenía más valor nutritivo que financiero…

martes, 15 de mayo de 2012

¿Quién osó alterar la tranquilidad de las hadas de color púrpura?


Hay varias versiones científicas que pueden explicar lo anterior, todas ellas igualmente probables:

La primera son los incontenibles y agresivos celos de las hadas color de rosa. Se sabe de sobra que son muy envidiosas.

La segunda se refiere a las películas en blanco y negro, que nunca superaron el hecho de que Technicolor las haya desplazado para siempre.

También está la malvada bruja Escaldufa, que se llena de ronchas cuando un hada púrpura ronda su jardín.

Y no olvidemos al rencoroso duende Matafustán, que siempre pretendió a Manafuninia, la reina de estas adorables criaturas, sin que ella le hubiese correspondido jamás.

O tal vez fueron gérmenes patógenos mutantes, que se ensañaron con ellas simplemente porque ésa es su naturaleza.

O fui yo, que cometí el enorme error de describirlas en uno de mis cuentos, dejándolas expuestas a la crítica literaria, que las considera inverosímiles.

Como sea -fantásticas o no- acabo de generarles el mejor de los refugios imaginables: una historia en la que no hay hadas color de rosa para así evitar las molestas envidias; ni películas en blanco y negro en las que el espléndido color púrpura de nuestras hadas no pueda aparecer en todo su esplendor; una fábula en la que no hay cabida para la bruja Escaldufa, por su espantoso olor  ; un cuento en donde el perverso duende Malafustán no puede entrar porque la puerta de acceso es mucho más pequeña que él; una preciosa historia que está llena de una asepsia total, en cuya atmósfera los gérmenes patógenos no pueden sobrevivir por decreto literario ; y además,  una  preciosa descripción de lo que ellas son, de la que ningún lector, por escéptico que sea, podrá dudar jamás.



Espero que con todo esto, las adorables hadas de color púrpura perdonen mi terrible osadía de haberlas expuesto a un mundo que, por lo que sea, no está preparado para saber que ellas –con toda su belleza y esplendor-  en realidad existen, y así acepten regresar  a posarse en mi escritorio, como solían hacerlo, porque reconozco que de verdad que las extraño.

miércoles, 2 de mayo de 2012

El vampiro fuera de contexto



Omar era un vampiro bueno. Antes de que su ADN humano hubiese sido contaminado con la proteína AXV debido a la mordida en la yugular de otro vampiro, él era una persona maravillosa, amigable, propositiva…un tipazo.

De repente despertó vampiro, y nada podía hacer al respecto, ni para bien ni para mal:

Para bien, porque -salvo que le clavasen una estaca en el corazón mientras durmiese, o lo atravesase una bala de plata- él era inmortal.

Para mal, porque sentía un apetito insaciable de sangre humana que lo mortificaba.

En su primera noche en aquella situación -sintiendo un hambre atroz- salió en busca de humanos apetecibles. Encontró a una deliciosa jovencita, sola e indefensa, saliendo de una discoteke, y pretendió morderla en el cuello para succionarle la sangre. Apenas rasguñó con sus afilados colmillos la suave piel de la adolescente, sintió lástima de sí mismo, y la dejó escapar, horrorizado de sus propios alcances.

Renunció a esa opción, a cambio de regresar a su sarcófago a sentir retortijones de hambre.

Al día siguiente lo volvió a intentar, con resultados idénticos: aquella dama de sociedad que salió de la fiesta sola a fumar un cigarrillo, colmó su frustración sin siquiera haberla tenido a su alcance.

No: si bien necesitaba sangre humana, no era capaz de atacar víctimas inocentes.

Varias noches más de horrible ayuno le hicieron pensar en robar en los bancos de plasma sanguíneo. Había uno cerca de su refugio, que surtía de sangre al hospital infantil contiguo.

Una vez dentro de éste, justo enfrente de los frigoríficos en donde se conservaba el preciado líquido, se dio cuenta de que esa sangre permitía que criaturas humanas sobreviviesen a accidentes o intervenciones quirúrgicas. Y de nuevo, con un hambre inimaginable, el vampiro decidió no robarla. Fue otra noche con hambre espantosa.

Ya empezaba a debilitarse por desnutrición, cuando finalmente encontró la solución: habiéndose plantado frente a un hotel de paso, vio salir de ahí a una mujer con su amante. La siguió hasta su casa, quedándole claro que ella era adúltera. Informarse de quién era fue de lo más fácil. Al día siguiente, la dama extorsionada por el vampiro llevó al refugio de éste un delicioso litro de sangre fresca O positiva, entendiéndose que ella debía hacer la misma entrega cada semana.

En poco tiempo, decenas de delincuentes le cubrían puntualmente y a domicilio sus cuotas de todo tipo de sangre, so pena de que la policía se enterase de sus fechorías.

Fue así como Omar, el vampiro bueno, logró sobrevivir de excelente manera en una sociedad como la nuestra, llena de pecadores disfrazados de gente positiva.

jueves, 19 de abril de 2012

La adorable sirenita del río Mosa


Es del conocimiento universal que en el río Mosa existen – desde hace miles de años- preciosas sirenitas que se ocultan temerosas de los pavorosos argutixes que pretenden atraparlas para llevarlas al alto Danubio, en donde las encadenan, las violan y las embarazan con hijos indeseables que las devoran poco a poco desde sus entrañas.

Nosotros no sabemos -pero ellas sí- que la única opción que tienen para liberarse de esta maldición es que un escritor de cuentos fantásticos les dé algún papel en alguna de sus historias, y que éstas sean publicadas oportunamente en algún lugar relevante de la Internet.

Una vez hecho esto, quedan liberadas por siempre de la riesgosa maldición que les generó el brujo Rataplán, padrino de los indeseables argutixes, resentido porque Mardaliux, la madrina de las sirenas, no quiso convertirse en su esposa.

Fue por eso que Alina, la sirenita, habiendo escuchado los rumores de que un escritor de cuentos fantásticos pasaba circunstancialmente por Lieja, decidió nadar a contracorriente hasta ese lugar, esperando que éste estuviese hospedado en algún hotel con vista al río Mosa.

Y el milagro se dio: justo cuando el escritor de cuentos fantásticos se acercó a la ventana de su hotel en Lieja, Alina, la pequeña sirena, salió del agua deseando que él estuviese presente.

Y así ocurrió.

Los pavorosos argutixes que tras de ella andaban, percibieron que la laptop del escritor se activaba y escribía el título de su siguiente cuento: la adorable sirenita del río Mosa.

Una vez que el cuento fue publicado en la Internet, los asuntos de Alina dieron un giro definitivo.

Hecho lo anterior, los argutixes decidieron replegarse hasta los Alpes, y dejaron en paz –para siempre- a la adorable sirenita.

Entonces Alina, eternamente agradecida al escritor de cuentos fantásticos, pudo nadar el resto de su vida en el río Mosa, sabiéndose además el personaje principal de un agradable y trascendente cuento de sirenas publicado en la Internet.

sábado, 7 de abril de 2012

Hunkerfünkel


Hunkerfünkel era un lugar del mundo de los duendes lejano de todo, en el medio de la nada, en donde nunca pasaba nada, y, cuando eventualmente pasaba algo, no pasaba nada.

Sus gobernantes constantemente cambiaban las leyes y las reglas, pero lo hacían para que nada cambiase.

En ese particular lugar nació Alfunkünker, un duende privilegiado que, motivado por el paradigma y las costumbres de Hunkerfünkel, decidió usar su maravilloso cerebro para hacer inventos que no trascendiesen: inventó el Ocio, el Aburrimiento, el Estancamiento Social, la Haraganería y la Irrelevancia.

Todo iba muy bien en su aplaudida existencia, hasta que un día, por un error inexplicable, tratando de inventar el Retroceso, generó el Progreso.

Esta nueva criatura, calificada desde el principio como perversa por los gobernantes de Hunkerfünkel, fue desterrada de aquel lugar del mundo antes de que algo sorprendente ocurriese.

Alfunkünker fue severamente amonestado por las autoridades.

Al día siguiente, en respuesta a su increíble error, Alfunkünker generó una nueva criatura de vanguardia: la Mediocridad.

Los felices habitantes de Hunkerfünkel aplaudieron este genial invento y regresaron a sus hogares a hacer lo de siempre: más de lo mismo.

sábado, 11 de febrero de 2012

El pterodáctilo y la libélula


Pterín era un portentoso saurio volador perteneciente a una especie triunfadora que asolaba los bosques jurásicos. Pero él era diferente.

En aquella época y circunstancias, no existían los psicólogos, ni las terapias, ni los divanes, así que tuvo que resignarse con ser permanentemente una criatura incomprendida hasta su muerte.

Su tragedia comenzó cuando, tratando de atrapar algún pez de cierto tamaño, llegó a un fértil pantano lleno de vida. Fue ahí cuando conoció a Libi, la libélula, que jugueteaba entre los primitivos nenúfares buscando algún insecto para devorar.

Aunque ella era mucho más pequeña que él, Pterín quedó prendado de la ligereza de sus alas, de su capacidad de quedar flotando en el aire sin ningún desplazamiento, de su fina cintura, de toda su naturaleza. Era una verdadera belleza, un digno producto de la ya avanzada evolución de las especies.

Después de ese primer contacto visual, nuestro amigo bajaba todas las tardes al pantano a tratar de enamorar a Libi, aunque ella, más madura que él a pesar de su diminuto cerebro, estaba llena de dudas acerca de la relación que Pterín proponía. No era sólo la diferencia de tamaño, sino de hábitat, de genes, de muchas cosas que, lamentablemente, el enamorado Pterín no comprendía.

Él insistía tarde tras tarde, hasta que, durante un maravilloso atardecer antediluviano, Libis lo aceptó como pretendiente.

Pterín se volvía loco de la ilusión por aquel incipiente e inexplicable amor. Planeaba feliz constantemente sobre el pantano, antes de posarse sobre la roca junto a los helechos que rodeaban aquel romántico remanso jurásico.

Todo iba bien, hasta que un sapo primitivo sorprendió con su larga lengua a Libi, la enamorada libélula, mientras ésta disfrutaba distraída del vuelo de su portentoso enamorado.

El fósil de Pterín fue encontrado millones de años después por una expedición de antropólogos financiados por la Universidad de Wisconsin. Nunca supieron del romance del pterodáctilo con la libélula, pero uno de los estudiantes anotó en su bitácora que la cara de aquel saurio manifestaba una enorme tristeza. Desde luego, esta observación fue reprobada por los eruditos académicos de esa institución: los pterodáctilos –obviamente- carecían de sentimientos.

lunes, 9 de enero de 2012

El escritorio del literato


No quedaba claro si aquello frente a él era un escritorio…o un fértil campo de cultivo de ideas…o cualquier otra cosa, como tampoco se podía saber si él era un escritor…o un agricultor excepcional…o tal solo un mágico benefactor de criaturas desprotegidas.

El hecho es que cuando él se sentaba en su vieja silla favorita frente a lo que parecería -a los ojos de cualquiera de nosotros- un simple escritorio de roble, ocurrían en éste cosas inexplicables.

Para empezar, en cuanto se acomodaba en aquella desvencijada silla forrada de cuero, lo primero que hacía era abrir el cajón que estaba a su lado derecho.

De él sacaba un palo de algodón de azúcar que colocaba sobre la superficie del escritorio sin importarle que resultase pegajoso.

Después colocaba –sobre el mismo mueble- media decena de flores de calabaza (que el extraño escritor tenía en aquel mismo mágico cajón).

Sacaba también un viejo libro de acertijos, y un fonógrafo de la época de Johann Strauss con un cilindro de cera en el que, con ciertas dificultades, todavía se podía escuchar el vals del Danubio Azul.

Colocaba en un despostillado florero que había sobre el escritorio algunas azucenas recién cortadas, y al lado de ellas un pequeño plato con agua y nenúfares.

Después, pausadamente y sabiendo perfectamente lo que hacía, abría la ventana y encendía su pipa con fino tabaco Ashton con sabor a maple, y simplemente esperaba lo que necesariamente habría de ocurrir.

Primero apareció un tímido unicornio decidido a comer las frescas azucenas que estaban en el florero. Como notó que nadie lo molestaba, se recostó ahí mismo para rumiar los aromáticos pétalos que acababa de ingerir.

Enseguida aparecieron dos pequeñas hadas. Como son rápidas para desaparecer cuando así lo desean –y vieron que el unicornio se sentía a su gusto- se sentaron a platicar sobre un cómodo nenúfar que había en el plato junto al florero, y se contaron todas sus intimidades.

No tardó en aparecer un dragón goloso que gustaba de las flores de calabaza.

Un minuto después apareció una rana encantada que hablaba hasta por las ancas, deleitada por el agua melosa con nenúfares en el plato junto al florero despostillado.

Cuando empezó a sonar el vals Danubio Azul en el tocadiscos de cilindros de cera, apareció Fiorina, la princesa enamorada, buscando a su gallardo príncipe para que la sacase a bailar, lo que ocurrió justo antes de que llegasen los curiosos duendes atraídos por el misterioso libro de acertijos que se encontraba justo al lado del jarrón desvencijado.

Trascurridos varios minutos de alegría para todos aquellos preciosos seres, el escritor…o agricultor…o mágico benefactor de criaturas desprotegidas, mojó su pluma en el tintero y decidió escribir el cuento fantástico más bello que humano alguno hubiese creado.

Después de eso, cuando desapareció la luz de la luna que entraba por la ventana, todos los ahí presentes decidieron regresar al mundo al que pertenecían sin dejar el menor rastro.

Quedó sólo, junto a aquel viejo escritorio de roble, sentado en su silla de cuero, el escritor, feliz de la vida, no por haber escrito aquel maravilloso cuento, sino por la satisfacción de haber convivido algunos minutos con esas mágicas criaturas de otro mundo que ya formaban parte de su existencia.