lunes, 11 de octubre de 2010

El bache


Sabía de sobra que era un engendro de la mala administración de la ciudad y de la mediocridad de sus funcionarios, pero superaba lo anterior disfrutando del ruido de los golpes de las carrocerías que en él caían.

Varios años después fue finalmente reparado, pero murió realizado pensando en la gran cantidad de ¡carajos! que había escuchado en su larga existencia.

sábado, 2 de octubre de 2010

La paja en el ojo ajeno


Al grito de “¡Maldito animal chupasangre!”, Drácula aplastó de un tremendo manotazo al intrépido zancudo que osó picarlo en la mejilla.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Encubrimientos


Cuando el perverso romance zoófilo-pederasta de Caperucita Roja y el lobo estaba a punto de ser descubierto por la astuta abuela y el entrometido leñador, aquéllos inventaron el cuento de las galletitas hechas por la ingenua madre, para que esa pecaminosa historia pasase por un cuento infantil a modo de ridícula narración en la que finalmente todos creímos durante nuestra existencia.

La nariz


Era un nariz autónoma, sin cara y sin cuerpo, pero plena de actividad.

Iba por el mundo oliendo todo lo que podía, porque era todo lo que sabía hacer.

Disfrutaba de las flores, de las mujeres perfumadas y de los aromas culinarios.

Todo iba bien en su existencia hasta que un virus la acatarró.

Perdió el olfato, y con ello las ganas de existir. Se dejó morir.

Hoy ella radica en un extraño cielo olfativo en donde todo huele bien, y muy merecidamente, porque siempre fue una excelente nariz.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Las misteriosas bailarinas del desierto magrebí


Cuenta una antigua leyenda berebere que alguna vez las alcachofas fueron hermosas doncellas que bailaban en la corte de un rey tribal llamado Masinisa Gaia, en la parte oriental de las costas del mar mediterráneo.

Muchas noches, el rey, una vez que su esposa principal se dormía gracias a una poción que él colocaba discretamente en su bebida, acudía al recinto de las bailarinas y armaba con ellas orgías largas y estruendosas.

No tardó mucho su esposa en enterarse de estas infidelidades que rebasaban cualquier prebenda de hombres o reyes de esa cultura, pero ella, en vez de reclamarle, contactó a Masaina, la poderosa hechicera que tantos favores le debía.

Ésta, con sus brujerías, se dedicó a convertir cada noche a una bailarina en alcachofa, y la esposa a preparar ésta en la bebida favorita del rey, llamada b'raïb, quien las ingería sin siquiera imaginar lo que ese delicioso brebaje contenía.

Como eran muchas las bailarinas, y el rey no sabía contar más allá de diez, tardó mucho en saber que éstas estaban desapareciendo una a una. Cuando se dio cuenta de ello -porque solamente quedaban doce o trece- su mujer le dijo que ellas estaban huyendo al desierto porque él no era de su entero gusto, a pesar de su realeza y de su cuantioso dinero, pero que conocía una forma de vengar la afrenta que ellas le estaban haciendo: convirtiendo a todas en alcachofas y cultivándolas en una huerta cerca de su tienda, para preparar a diario su bebida favorita.

El rey, lleno de enojo con las bailarinas, aceptó la propuesta de su esposa: a la mañana siguiente, una pequeña huerta llena de alcachofas apareció tras de sus aposentos, y ninguna de aquellas bailarinas apareció jamás con vida en aquel lugar.

Cuenta esa misma leyenda que algunos bereberes han visto que, durante las noche de luna llena, aparecen de la nada, en los desiertos del Magreb, hermosas bailarinas cubiertas de velos, que danzan rítmicamente al compás de los rugidos de los misteriosos leopardos que descienden de la serranía para observarlas.

Al salir el sol, irremisiblemente, y a pesar de los tristes gemidos de los enamorados leopardos, ellas regresan a sus huertas y vuelven a convertirse en alcachofas.

lunes, 13 de septiembre de 2010

El palmo de narices


Era un palmo de narices inconforme por el hecho de que no poseía nada, ni siquiera esencia.

Renegaba día y noche por ser un ente hueco y vacío, además de solitario.

Y así, mascando su frustración, fue a dar a un lugar en donde había muchos palmos de narices.

Se puso contento por el hecho de tener compañeros, hasta que uno de ellos lo regresó a la realidad:

“Los palmos de narices no tenemos nada. Somos huecos y sin esencia. Ya deberías saberlo”, le dijo.

“Pero aquí, en este lugar lleno de palmos de narices, nos tenemos los unos a los otros. Por fin tenemos algo”, dijo el primer palmo de narices lleno de esperanza.

“No te engañes: esto es un refugio de palmos de narices, no un grupo de compañeros o amigos. Aquí nadie tiene nada. Me permití ser tu interlocutor por un instante, nada más para ubicarte en tu realidad de palmo de narices, pero no soy ni tu amigo ni tu compañero ni nada. Sigues siendo un hueco sin esencia, y siempre lo serás, como yo y como todos los demás que aquí ves”, corrigió severamente el otro mientras se alejaba de aquella insólita e inútil conversación.

Tras de escuchar eso de aquel otro, el palmo de narices de este cuento supo por fin que los palmos de narices no son más que eso: palmos de narices.

Jamás en el resto de su vida pretendió poseer algo más allá de la soledad y de la oquedad.

Por fin nuestro palmo de narices había madurado.

martes, 7 de septiembre de 2010

La alcachofa maldita


Nació resentida con el mundo.

Pudo haber sido el efecto químico de algún fertilizante de nueva generación, o tal vez ya lo tenía en sus genes. Nunca lo sabremos.

Desde que fue cultivada y asomó a la luz del día, odió a todos: a quien la había sembrado, a sus vecinas, a quien la regaba, al sol que la nutría y calentaba, al dueño de la plantación.

Deseó en su maldad haber destruido el planeta y el universo, pero sus alcances eran pocos: tan sólo generó un leve cólico a quien la cenó acompañando a un jugoso filete de res.

Un poco de jugo gástrico eliminó en cuestión de segundos todo aquel irracional odio que, en otras condiciones, pudo haber trascendido.

Esa noche ella supo que las alcachofas realmente carecen de opciones existenciales.