viernes, 5 de marzo de 2010

La caries del vampiro


Drácula estaba muy preocupado. No era para menos.

Esa noche había perdido su colmillo izquierdo dejándolo clavado en el cuello de aquella deliciosa y tierna jovencita.

“Mil quinientos años no pasan en vano”, pensó deprimido. “Debo prepararme para la vejez.”

Su mortificación por la pérdida de su colmillo izquierdo lo hizo ir al dentista -otro vampiro- quien lo examinó detalladamente.

En su colmillo derecho encontró una caries no del todo pequeña.

El odontólogo le indicó que su problema venía de succionar sangre de diabéticos con alto contenido de azúcar, lo que Drácula disfrutaba mucho. “Los dientes se pican y acaban cayéndose”, le indicó. “Deberá evitar la sangre dulce en lo sucesivo”.

“Tendremos que extraer este otro colmillo, y mandarle hacer unos de resina sintética, de quitar y poner. Son más higiénicos que los naturales, porque puede lavarlos fácilmente.”

Drácula sintió que se hundía en el abismo. “¿Qué será de un vampiro sin sus colmillos? Seré el hazmerreír de toda Transilvania”, pensó con el ceño fruncido.

Esa misma noche, justo antes del amanecer, abrió su sarcófago y tomó una daga de plata que tenía oculta bajo el colchón.

Escribió una tierna nota de suicidio para su vampira amada, y, clavándose la daga en el pecho, se pulverizó para siempre.

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