miércoles, 15 de mayo de 2019

Los inversionistas




1) DIAMANTES PARA EL MUNDO

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Aquella mañana en Windhoek, la antigua y hermosa capital de la otrora África Sudoccidental Alemana, el frío era más fuerte que de costumbre. El gélido y seco viento de Benguela cumplía su desagradable promesa otoñal, como casi todos los años en la capital de la actual Namibia. Huge Nahoma, en su oficina de redacción del diario Namibia Economist recibía en ese momento un correo electrónico en donde se le notificaba la observación de extrañas luces divisadas en la costa, en las cercanías de Lüderitz, al sur de Windhoek.

Pero eso ya era una historia vieja, generalmente inventada por los habitantes del desierto, eternamente supersticiosos. Eran mucho más relevantes las informaciones sobre la creciente economía diamantífera de Namibia, que en los últimos dos años había incrementado sus índices de productividad en más de un 20%, muy por encima de otros minerales, como el cobre y el uranio, e incluso más que la recién iniciada industria de extracción de gas natural.

Normalmente los incrementos en la productividad de diamantes se daba a manera de rachas, cuando alguna empresa descubría alguna nueva veta, pero éste no parecía ser el caso. Así, Huge prefirió darle las ocho columnas de la primera plana y la editorial del Namibia Economist de ese día, a un análisis sobre el repunte de la extracción de diamantes.

Era digno de observarse que una buena parte del repunte minero se debía a la empresa extranjera que había decidido reiniciar las exploraciones en la supuestamente agotada mina de Kolmanskop, abandonada desde 1960.

Hasta el momento, no había ningún reproche nacionalista que hacerle a la Kolmanskop Mining Enterprise, pues estaban generando empleos locales, y una inversión importante en caminos e infraestructura en la localidad.

Los diamantes eran transportados en vehículos blindados hasta el puerto de Lüderitz, en donde se embarcaban hacia los principales países compradores en diversas partes del mundo, con mercados ubicados en Londres, París, Nueva York y Milán, en donde la marca KME empezaba a hacerse de un nombre entre los joyeros del planeta. El gobierno de Namibia certificaba el origen de cada diamante extraído de la mina, y generaba el consiguiente documento que obligaba a Kolmaskop Mining Enterprise a pagar los correspondientes impuestos, que estaban día con día aumentando los ingresos del gobierno nacional, siempre necesitado de fondos para cumplir con las enormes e inagotables necesidades de alfabetización, alimentación y salubridad de la incipiente nación africana.

Roger Dittmar, el administrador general de la empresa  minera, era un agradable y robusto cincuentón de origen escocés, que mensualmente enviaba a Huge informes detallados de las operaciones de la mina de Kolmanskop. No se conocían en persona, pero habían hecho una excelente amistad por medio del correo electrónico, lo que Huge agradecía, pues de esta manera, su diario tenía información fresca y exclusiva sobre este interesante repunte diamantífero tan importante para Namibia.

Roger no acostumbraba salir de las oficinas y almacenes de la mina, según se lo informó a Huge. Éste había ya hecho varios intentos –desde hacía un año- de entrevistarse personalmente con Roger, pero siempre aparecían razones poderosas que no le permitían a éste visitar Windhoek ni recibir a Huge en Kolmanskop. Esto resultaba un tanto extraño para el editor del diario, pero Huge era una persona respetuosa, y no le daba más importancia al hecho, siempre y cuando tuviese la información veraz y oportuna que Roger enviaba puntualmente.


2)  LA GRANJA MODELO DEL LAGO DUNDAS

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En la sección de agricultura y ganadería del Kalgoorlie Times, periódico local del poco poblado estado de Australia Occidental, apareció una nota sobre una pequeña granja modelo llamada Dundas Lake Farm, situada precisamente en las orillas del lago Dundas, al sur del poblado de Norseman y al norte de la ensenada de Esperance.

El reportaje indicaba que la inversión hecha por un inmigrado escocés de nombre Roger Dittmar  era de alta tecnología, y estaba sorprendentemente orientada a la producción de una amplia variedad de animales: ganado vacuno, porcino y bovino, además de avestruces y  algunas especies para repoblar zonas de Australia, que, si bien no estaban en riesgo de extinción, podían llegar a estarlo algún día. Koalas, determinados tipos de ualabíes (tilogale, cuoca y rupestre) y canguros (arborícola, rupestre y rojo), eran las especies seleccionadas para garantizar su no-extinción.

La extensión de la Dundas Lake Farm era enorme, pero las instalaciones propiamente dichas no eran sorprendentes, excepto por sus interesantes laboratorios de genética y su gran cantidad de incubadoras, que permitían acelerar el proceso de crianza de las especies pequeñas, como eran los ualabíes o los canguros arborícolas.

Sorprendía también la poca cantidad de empleados que trabajaban en la granja, ante la presencia permanente de Roger Dittmar, el escocés descendiente de alemanes, apenas llegado a Australia hacía unos cinco años.

Lo que llamó la atención a Robert Newton, el editorialista de la sección de agricultura y ganadería del Kalgoorlie Times, fue la invitación del Sr. Dittmar a conocer la granja, enviando por delante, vía correo electrónico, toda la información técnica y económica de la Dundas Lake Farm, y el hecho de que, precisamente durante la visita del periodista a la granja, el propietario estaba ausente, habiéndole dejado una extensa disculpa por el hecho de que un delicado  asunto personal no le permitía estar presente en ese momento.

Un ayudante de Roger Dittmar, un joven australiano de apellido Freeman, lo había atendido personalmente, pero sin poder responder a la totalidad de las preguntas hechas por el periodista. De cualquier manera, incluido en la disculpa por la repentina ausencia del Sr. Dittmar, estaba el ofrecimiento de entrevistarse próximamente en la ciudad de Kaloorlie, en cuanto el Sr. Dittmar resolviera su problema del momento, entrevista que, por cierto, jamás se dio.


3)  UN SOBRE CON TECNOLOGÍA   Y OTRA EXCELENTE NOTICIA

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Edward Henry era el Director General de IPH Technologies Inc., empresa que, desde Santa Cruz, California, diseñaba y fabricaba componentes para teléfonos celulares.

De tiempo atrás, las cosas no estaban bien para Edward: su anterior modelo de chip para manejo de opciones en la localización de números telefónicos en la memoria de los aparatos, había sido rebasado tecnológicamente por Nokia y Motorola, lo que había puesto a su empresa en una situación financiera difícil.

Los accionistas presionaban a Edward y a sus empleados, pues el valor en bolsa de las acciones de IPH habían alcanzado un mínimo histórico, y las pérdidas económicas previstas para el próximo año acabarían con el capital de quienes habían apostado por ellos. La cabeza de Edward, a pesar de haber sido el mejor estudiante de su generación en la carrera de ingeniería electrónica en el MIT, pendía de un hilo.... o dependía de un milagro.

Edward había pasado un terrible fin de semana, pleno de angustia. Su atractiva esposa, probablemente mal elegida como compañera, pensaba ya en el divorcio y en convertirse en amante formal de John Niklaus, exitoso comerciante de Silicon Valley, California.

Además estaban los malos resultados de la empresa, que lo hacían sentirse verdaderamente ahogado.

Edward arribó a su oficina aquel lunes, con la moral más abajo todavía que el valor comercial de las acciones de IHP. Esperaba que, en cualquier momento, se convocara la temida junta del Consejo de Accionistas, en la que la única propuesta clara sería su despido.

Al llegar a su lujoso privado, despojándose de su chaqueta, observó que en el centro de su escritorio estaba un sobre inesperado, sin logo y con su nombre. Fue más la curiosidad que otra cosa lo que lo obligó a abrir el sobre. “¿Quién dejaría un sobre anónimo sobre su escritorio?”, pensó. Y al abrirlo recibió una gran sorpresa: en él venía contenido un plano del ya fracasado chip de IHP, con algunas modificaciones en él trazadas con tinta de color rojo.  Las revisó, y se dio cuenta de que los trazos tenían mucha lógica –demasiada lógica tal vez-. Inmediatamente llamó a Michael McKeney, su director de tecnología, para indagar sobre el origen del sobre y escuchar sus opiniones sobre las misteriosas y anónimas modificaciones propuestas al chip.

Mientras esperaba a McKeney, Edward encendió el televisor de su privado, para escuchar, como era su costumbre, el resumen de noticias locales del área de San Francisco. Un poco de distracción sobre los chismes de la región no le caería mal. Pero jamás imaginó que algo le cayese tan bien: la importante noticia del día en la región, era la misteriosa desaparición de John Niklaus, el odioso playboy que intentaba, de tiempo atrás, seducir a su esposa. La policía de Silicon Valley no se explicaba la súbita falta del importante comerciante local.

Todo esto era, para Edward, una excelente noticia....aunque no tanto como la misteriosa aparición del plano modificado.

Finalmente, con algo de retraso, llegó Michael a su oficina, quien revisó el plano alterado con enorme curiosidad. “¿Amaneciste creativo? Hacía tiempo que no tenías una de estas genialidades. Estos puentes electrónicos desgraciarán a la competencia por un buen tiempo. ¿Cómo se te ocurrieron?”, fueron las palabras de un McKeney verdaderamente sorprendido.

Edward simplemente sonrió, haciendo creer tácitamente a Michael que la idea era, efectivamente, suya. Edward instruyó a Michael para que analizara las posibilidades de acelerar un registro de patente de las modificaciones, y de simular inmediatamente el comportamiento de un teléfono con chip alterado.

En ambos casos, los resultados fueron excelentes. Las acciones de IHP Technologies Inc., y la cabeza ejecutiva de Edward, estaban a salvo. Ahora sólo le quedaba meditar un poco sobre cómo abandonar adecuadamente a su  resbalosa y potencialmente infiel esposa Sarah, e indagar de donde provenía el maravilloso sobre.


4)  EL MAPA DE SATÉLITE DE ORIGEN DIVINO

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Abderramán Halu era propietario de una pequeña empresa geotecnológica que se dedicaba, en Arabia Saudita, a descubrir yacimientos petroleros o a cuantificar sus reservas.

Siempre había trabajado, con relativa buena fortuna, para la Arabian Oil Company. Sin embargo, la mala administración financiera de su hermano Said había puesto a la empresa en una complicada situación económica, que casi la inhabilitaba para seguir adelante con sus objetivos de exploración, principal fuente de ingresos de la AOSC, Arabian Oil Search Company, rimbombante nombre que Abderramán había registrado para su empresa ubicada en Riad.

De momento, la situación se había tornado menos crítica en lo financiero para la AOSC, debido al necesario e inevitable despido de su hermano Said, y a la llegada de un nuevo socio, Roger Dittmar, un  escocés de mediana edad, aventurero del petróleo de toda la vida, quien había hecho una pequeña fortuna es este medio, descubriendo pequeños yacimientos de petróleo en Texas, trabajando para pequeños inversionistas en los EUA.

Roger compró a Abderramán el 49% de las acciones de la AOSC, justo en el momento más desesperante de la empresa. Aquel refresco financiero permitió a Abderramán ponerse al corriente con los bancos, con el fisco y, lo más importante, con la nómina de sus apreciados y bien escogidos empleados, quienes ya pensaban en buscar empleo en otros horizontes. Podía decirse que la aparición de Dittmar en su vida, era milagrosa, un regalo de Alá al fiel Abderramán.

Sin embargo, lo verdaderamente milagroso estaba todavía por ocurrir: durante unas vacaciones de Roger a los EUA, Abderramán tuvo un sueño en el que se volvía inmensamente rico, gracias al descubrimiento de un enorme yacimiento de petróleo, a partir de una foto de satélite que se encontraba en el cajón de su mesa de noche.

Abderramán se despertó aquella mañana, ligeramente frustrado, como ocurre siempre que tenemos sueños agradables. “¿Una foto de satélite con un nuevo e importante yacimiento petrolero, aún no descubierto, podría aparecer así nada más en su mesita de noche? ¡Qué locura la de los sueños!” pensó Abderramán, mientras tomaba su café de la mañana acompañado de su esposa Zulima.

De momento, se olvidó de este sueño, pero, al volver a su habitación, no pudo resistir la tentación de abrir el cajón de su mesa de noche....y ahí estaba la fotografía satelital.


5)  CAVIAR DE ESTURIÓN BELUGA....SIN SALAR

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Dimitri Mendeleiev había llegado a Astrakahan todavía en tiempos de la desaparecida Unión Soviética. Era egresado de la Universidad de Moscú, como ingeniero en alimentos, con uno de los mejores promedios de su generación.

Debido a ello, Alikova Ludmila Dmitrievna lo había seleccionado entre los sesenta egresados de esa promoción, para ocupar la vacante de ayudante de maestro procesador de los excelentes caviares de esturión beluga que se generaban en el delta del río Volga.

Alikova le daba mucha importancia al punto exacto del salado del caviar: “lo justo para que se conserve, lo justo para que no dé sabor salado en la boca de quien lo consuma”, era la aparentemente sencilla regla que Dimitri tardó muchos meses en aprender.

La experiencia era que cada hueva específica implicaba distinta cantidad de sal, y solamente los años en el puesto podían hacer del maestro salador un verdadero experto. Dimitri lo aprendió justo cuando la nueva República Rusa puso en venta las instalaciones de la Empresa Estatal de Caviar del Mar Negro, al mejor postor.

Unas semanas después de la subasta, Dimitri supo que sus conocimientos no entraban en los planes de los nuevos propietarios, y recibió una moderada liquidación, que poco le resolvía. Regresar a Moscú equivalía a echar a perder la experiencia con el caviar, así que decidió asociarse con un colega, Alexei Navratilov, experto en ahumar la hueva, en una aventura económica: criar hembras de esturión beluga, mejor conocido como “huso huso”, en un canal abandonado del delta del Volga .

Por un módico alquiler, Dimitri y su nuevo socio podían disponer de unos 1300 metros cuadrados de canal lo suficientemente profundo y cercado con mallas, para la cría de hembras, y, con la ayuda de un viejo semental llamado Pedro el Grande, generar suficiente caviar para salir adelante en la crítica situación de la Rusia post-soviética.

Pero las cosas no fueron fáciles. Alexei falleció, y su viuda prefirió vender su parte a Dimitri, quien, con la mejor de las intenciones, firmó pagarés a varios años para cubrir el adeudo.

La producción de caviar era muy baja, por razones desconocidas, en su canal, y la venta muy complicada, pues las mafias del caviar acaparaban el mercado y, con amenazas, compraban muy barata toda la producción de la región. Pero un día, apareció por ahí un tal Roger Dittmar, quien decía haber trabajado en los criaderos de esturión del río Columbia, en Portland, Oregon, en los Estados Unidos de América.

Conoció a Dimitri, y enseguida le hizo una propuesta interesante: él se comprometía a cubrir los adeudos de la insoportable viuda de Alexei, si se le permitía ser socio.

Una vez aceptado lo anterior, Roger ofreció a Dimitri tres nuevas soluciones para sacar adelante el negocio: la primera era una nueva hormona que permitiría aumentar la cantidad de hueva en las hembras; la segunda, era una extraña tecnología para que los esturiones creciesen enormemente; la tercera, que él le compraría la totalidad del caviar sin salar ni ahumar, para evitar que los compradores amafiados abusasen del exceso de producción que se lograría.... estas soluciones a cambio de no hacer preguntas.

La vida de Dimitri se convirtió en un sueño. La producción de caviar en su canal se duplicó con el mismo gasto, ahorrándose los delicados y caros procesos de salado y ahumado, además de no tener que preocuparse por la venta. Roger Dittmar pasaba una vez al mes a recoger la producción refrigerada, y le depositaba en el banco cantidades antes impensables de dinero, sin tener que preocuparse por nada más. Y, como por arte de magia, los mafiosos dejaron de presentarse en su negocio, cosa que Dimitri jamás comprendió, ni pensó que tuviese que ver con la cercanía de su misterioso socio Roger Dittmar.


6)  EL SÍNDROME DE LOS TELÉFONOS LOCOS

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El primero en darse cuenta del problema fue un empleado del gobierno de la India, en el departamento de Seguridad Social de Nagpur.

Ramán Vajpaiyee recibió en su teléfono móvil una llamada inesperada del teléfono de su esposa. Respondió preocupado, pues ella jamás lo llamaba en horas de trabajo. Sin embargo, su esposa no estaba del otro lado de la línea.

Después de varios segundos esperando escuchar la voz de ella, Ramán colgó y la volvió a llamar. Ella le respondió que todo estaba bien, pero negó haberle hecho llamada alguna en lo que iba de día.

 “¡Qué extraño!”, pensó Ramán, pero por el momento no le dio más importancia al asunto. Sin embargo, en el resto del día recibió varias llamadas de amigos y conocidos que tenía en la memoria de su teléfono móvil. Ninguno estaba del otro lado de la línea, y todos ellos negaron haberse comunicado con él.

Por la noche, Ramán concluyó que algo había ocurrido con su teléfono móvil, por lo que decidió que al día siguiente lo llevaría a la empresa de telefonía con la que estaba contratado, esperando que le arreglasen o cambiasen el aparato.

La sorpresa de Ramán fue el hecho de encontrarse una larga cola de personas esperando ser atendidas en la ventanilla de reclamaciones técnicas. Platicando con la persona que ocupaba el lugar anterior a él en la línea de espera, se enteró que el problema que él había detectado en su móvil, se estaba generalizando. Cientos de personas tenían el mismo problema  en Nagpur....y miles en el resto del mundo. Lo más sorprendente de todo era que nadie, en el mundo de los teléfonos móviles, se explicaba lo que estaba sucediendo. Los aparatos sonaban día y noche, y nadie estaba del otro lado de la línea, si bien todas las llamadas fantasmas provenían de números incluidos en la memoria de los teléfonos móviles.

Tres días después de que Ramán recibió la no llamada de su esposa, la noticia ya estaba en la primera página de todos los diarios del mundo. El fenómeno telefónico ya había sido popularmente bautizado con el síndrome de los teléfonos locos.

El tema no era para bromear. La gente prefería dejar el teléfono en casa o llevarlo apagado. Era interesante ver como, en unos cuantos años, la humanidad dependía tanto de una forma de comunicación, y cómo, al fallar ésta, la vida en general se desorganizaba.

Una semana después, ni uno sólo de los cientos de millones de teléfonos móviles existentes en el planeta, estaba libre de la maldición, cualquiera que fuera su origen. Entre las muchas especulaciones de la prensa acerca del tema, se habló de que se trataba de un virus semejante a los de los ordenadores, que se transmitía de aparato en aparato, apoyándose en los números telefónicos existentes en las memorias.

Las autoridades del mundo ofrecían grandes recompensas a quien delatara o diera información sobre los hackers que pudiesen estar implicados en lo anterior.

Tal vez quien más lejos llegó en la definición del problema de los teléfonos locos, fue un joven reportero de Charleroi (Bélgica), Charles Dehaene, quien, en la columna de curiosidades científicas de su diario, supuso que el virus del teléfono móvil era, por su complejidad, de origen extraterrestre, y, por lo tanto, de índole muy diferente a todo lo conocido.

No hace falta decir que, después de quince días, las acciones de todas las empresas fabricantes de teléfonos móviles, Nokia, Sony Edison y Motorola, entre muchas otras, estaban por los suelos en las correspondientes bolsas de valores.

Roger Dittmar, oculto bajo el nombre de Everard McIntosh, compró una enorme cantidad de acciones de la entonces perdedora empresa finlandesa Nokia, a un precio verdaderamente ridículo. Nadie le dio mayor importancia a lo anterior.


7)  LA IMPOTENCIA Y LA VANIDAD

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John Niklaus, el desaparecido magnate de Silicone Valley, California, por fin había aparecido.

La agente del FBI  Margaret Gottfried, lo visitó en cuanto se supo de su reaparición en el mundo de los vivos, después de haberlo dado por muerto. En la entrevista que ambos tuvieron, Niklaus se negó a decir en dónde había estado los últimos  quince días, y Gottfried le dijo claramente que en el estado de California, el secuestro se perseguía de oficio, o sea, que Niklaus tenía que demandar, quisiera o no, ante las autoridades, a quien lo hubiese privado de la libertad. Igualmente le indicó que era delito pagar rescates en los secuestros, y algunas otras implicaciones legales  a modo de advertencia.

Sin embargo, Niklaus prefirió enfrentar cualquier cargo “terrestre” antes que reconocer lo que le había sucedido.

Esto es lo que el playboy John Niklaus realmente sabía acerca de su desaparición: unos quince días antes, mientras el recorría en su Porsche el camino entre San Francisco y Silicone Valley, algo muy fuerte le hizo perder la conciencia mientras conducía. Él realmente no sabía qué había sido, pero recordaba que había sido sacado del auto por una fuerza misteriosa, y que había sido llevado a alguna parte en donde había sido, de alguna manera, intervenido, no quirúrgicamente, sino “cibernéticamente”, de tal manera que, después de eso, se había convertido en otra persona, a la que definitivamente no quería reconocer: se había vuelto impotente, y más que eso, había perdido cualquier tipo de motivación sexual. Nada le atraía ni le despertaba sus antes alocadas hormonas.

Lo anterior se manifestó cuando la  resbalosa y sexualmente atractiva Sarah Henry, esposa del tecnólogo Michael Henry, lo visitó en su casa inmediatamente después de reaparecer en este mundo, para ofrecerle sus no pocos encantos. John se dio cuenta de que no sentía absolutamente nada por ella, a pesar de las anteriores apasionadas sesiones de cama en varios moteles de la región.

Sarah quedó desconcertada y ofendida, mientras que John se dio cuenta de que su pesadilla era real: había sido inducido, de alguna manera desconocida, a la impotencia y desinterés sexual, tal vez de por vida.

De todo lo anterior, nadie debería de enterarse, empezando por la fastidiosa detective Gottfried. John habló con su abogado para que éste se dispusiera a enfrentar el oneroso juicio por complicidad con los secuestradores que planteaba Gottfried. Esa opción sería siempre más llevadera que contar que fuerzas extrañas lo habían secuestrado y convertido en un eunuco mental.

La mañana siguiente de la visita de Sarah al frustrado John Niklaus, Michael recibía en su oficina, firmada por un desconocido de nombre Roger Dittmar, una tarjeta de felicitación indicándole que “ya podía desentenderse tranquilamente de la pretenciosa Sarah, su esposa, pues ella  ya no le daría más dolores de cabeza”.

De alguna manera, Michael Henry supo que alguien muy poderoso estaba de su lado, y, desde luego, lo agradeció en silencio.


8)   UN EJECUTIVO DEL SIGLO XXI

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Roger Dittmar no había podido estudiar más allá de la escuela preparatoria. Su familia no había dispuesto de muchos recursos económicos, ni él de grandes dotes como para lograr becas y admisiones en universidades. Empezó a trabajar muy joven como consecuencia de lo anterior, y eso le valió que a sus 54 años fuese un hombre práctico, experimentado, serio en sus asuntos.

Hoy, sin embargo, su situación personal era –además que de privilegio- un tanto extraña. Su oficina era de lujo, y estaba perfectamente equipada con todas las modernidades imaginables…y algunas más allá que eso.  Tenía diez o doce vehículos caros, de todo tipo: dos autos de lujo; tres autos para todo terreno; dos yates trasatlánticos; una avioneta biplaza de hélice; y un par de aviones a reacción con muy larga autonomía.

No era tanto que a Roger Dittmar le gustasen esta clase de lujos, sino que los compromisos adquiridos con sus socios lo obligaban a disponer constantemente de ellos.

Roger era viudo. Sus dos hijos –adultos ambos- vivían en los Estados Unidos de América. Si bien los tres eran afectuosos entre ellos, se veían poco. Roger jamás les platicó de su terrible enfermedad, y mucho menos de la particular forma en que la estaba librando. Ellos tampoco sabían del éxito económico de su padre, ni de sus florecientes negocios.

La vida de Roger Dittmar ahora era de lujo, pero necesariamente tenía que ser muy discreta, por lo que tenía realmente pocos empleados. Sus exitosos negocios tenían que estar debidamente disfrazados, pasar desapercibidos. Así lo estipulaba el contrato no escrito con sus extraordinarios socios financieros.

Finalmente él era un pequeño socio de una empresa descomunal que le brindaba poca información, a cambio de darle mucha seguridad personal. Roger –hombre de principios- nunca habría aceptado el involucrarse en asuntos turbios, ilegales, no éticos, y menos con desconocidos.

Afortunadamente sus socios estaban muy por encima de cometer ese tipo de desatinos: se trataba de inversionistas brillantes, conscientes de que los negocios -para que fuesen sustentables en el largo plazo- debían cumplir con una serie de requisitos ineludibles. Si bien Roger Dittmar al principio tuvo sus dudas, hoy sabía que pisaba firme en sus recientes actividades. Las escasas intervenciones de sus socios más allá de lo convencional, estaban perfectamente justificadas…



9)   MÁS ALLÁ DE LA GLOBALIZACIÓN

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Las revistas ejecutivas más importantes abusaban del término “globalización”. Parecía que esa palabra era el último objetivo –el sumum- de los seres humanos individuales, de las empresas y de la humanidad que conformaban.

Roger Dittmar sabía de sobra que él estaba en un plano superior a la globalización. Lamentablemente no estaba autorizado para hablar de ello. Su trabajo consistía en mover cientos de hilos en todo el planeta, con un objetivo muy claro: concentrar en su finca en Australia (en el lago Dundas), cada mes, un mínimo de 8 mil toneladas de proteínas en cualquiera de sus formas: carne, pescado, vegetales, semillas…

El valor promedio de una tonelada de proteína al macromayoreo, puesta en su hacienda, era de $5 000 dólares. Así, sus negocios financieros debían generar por lo menos $40 millones de dólares al mes…libres de impuestos y ¡sin llamar la atención! Afortunadamente sus socios mayores disponían de recursos ilimitados y de tecnología de vanguardia (o más que eso).

Hacía tres años que sus objetivos se cumplían invariablemente. Si alguna vez algo se atoraba, bastaba con que lo comunicase oportunamente. Discretos empleados de sus socios en cualquier parte del mundo,  sabían qué hacer en cada caso particular. Así, Roger Dittmar clasificaba sus negocios en dos tipos: los financieros, que le ayudaban a conseguir con toda discreción los $40 millones de dólares mensuales; y los otros, los generadores de 8 mil toneladas mensuales de proteínas.

Entre los primeros estaba la mina de diamantes de Namibia (Kolmanskop Mining Enterprise); la californiana IHP Technologies Inc., que hacía componentes para teléfonos celulares, excelentemente administrada por su socio Edgard Henry; la Arabian Oil Search Company, manejada por Abderramán Halu;  y Nokia, la empresa que sorprendentemente había salido triunfadora –nunca se supo cómo- de la crisis de los  teléfonos locos, de la cuál Roger Dittmar poseía secretamente una significativa cantidad de acciones.

Las generadoras o compradoras de proteínas eran dos: la granja de Dundas, que además de producir carne, adquiría todo tipo de alimento proteínico a nivel global; y la boyante empresa de caviar del río Volga, que en realidad se dedicaba a procrear enormes cantidades de los gigantescos esturiones de la especie “huso huso” .

 
10)   CERRANDO BIMESTRALMENTE UN CICLO DE NEGOCIOS

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Una noche cada sesenta y tres días -con toda puntualidad- aterrizaba en una granja de Australia (junto al lago Dundas), una enorme y silenciosa nave espacial, cuyo robots descargaban cinco o seis pequeños costales sellados, que eran entregados en mano a un hombre de barba y pelo blanco de nombre Roger Dittmar, y simultáneamente cargaban en ella decenas de enormes contenedores que salían de un aparentemente destartalado bodegón en la propiedad. 

Un par de horas después -a veces antes-, la gigantesca pero discreta nave, ascendía invisible y silenciosa, hasta perderse en la oscuridad del firmamento. Decían algunos habitantes de la región que extrañas luminosidades se dejaban ver de repente, pero las naves del mundo de  Chantari, sede de los inversionistas socios de Roger Dittmar, nunca fueron responsables de eso. Eran absolutamente silenciosas e invisibles. 

Cuando la nave aterrizaba, lo primero que hacía Roger Dittmar era buscar –dentro de los costales recibidos- una pequeña caja gris que significaba todo para él: la prolongación de su existencia por unos meses más, una potente medicina que poco a poco venía sacándolo de problemas. Tal vez algún día estaría completamente sano, y pudiese retirarse de este gigantesco negocio, si es que sus socios no tenían inconveniente... 


11)  RECORDANDO LA PRIMERA ENTREVISTA

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Hacía unos cinco años, Roger Dittmar había salido muy deprimido de la reunión con su médico del hospital privado Dalcross de Sydney, especializado en neurocirugía: estaba desahuciado. 

Su enfermedad era, además de rara, fatal y galopante. En menos de un mes moriría, y –como el Dr. Spitman le dijo- ni los santos tenían soluciones para su caso. “Además -ahondó- en pocos días empezaría a tener tremendos dolores que le degradarían su calidad de vida”. Le dio a entender que un suicidio a tiempo era la mejor opción ante el terrible hecho. 

Roger -hombre maduro- no hizo gestos. Él sabía que su muerte a nadie afectaba. Su vida no era exitosa ni interesante, así que decidió enfrentar el dictamen del Dr. Spitman. Se despidió de él con un abrazo y una sonrisa de agradecimiento. Él sabía que todo lo posible había sido intentado por el galardonado especialista. 

Roger salió del consultorio en silencio, meditabundo, tratando de ordenarse a sí mismo resignación y adaptación a su nueva y transitoria situación. Mientras Roger Dittmar descendía en el ascensor hacia el nivel de aparcamientos, el Dr. Spitman tomaba el teléfono y hacía una extraordinaria llamada: “Es la persona. Definitivamente, él es la persona”. El interlocutor permaneció en silencio unos cinco segundos para ver si había alguna observación colateral, pero no la hubo. Ambos colgaron el aparato telefónico, al tiempo que Roger Dittmar ascendía a su vieja y destartalada camioneta Jeep en el aparcamiento del hospital. 


12)  LA DECISIÓN

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Roger Dittmar regresó inmediatamente a su finca, con su cerebro lúcido y con una decisión muy clara: le quedaban muy pocos días para escoger la forma de suicidarse. 

En la granja Dundas –recordó- había una peña en donde existía una enorme grieta que se hundía en una sima de gran profundidad. Alguna vez estuvo a punto de resbalar y caer en ella, mientras estaba de cacería. Hoy  recordaba esa profunda grieta como la gran solución. 

Lo pensó todo bien. Esa misma noche subió la peña, dispuesto a dejarse caer en ese momento, entonces, mientras estaba sano. No había el menor asomo de duda ni de cobardía. Todo era cuestión de segundos.


13)  LA EXTRAÑA PROPUESTA

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En medio de la tenue oscuridad de un cuarto de luna tras unas nubes, Roger Dittmar estaba a punto de lanzarse al vacío en la grieta de la peña, cuando fue interceptado por dos personas que no dejaron ver más que su silueta.  Él pensó que se trataba de asaltantes, por lo que instintivamente tomó una piedra filosa y pretendió lanzarla contra ellos. 

Algo sujetó su mano: no era un tercer intruso, sino una fuerza extraña, pues nadie había detrás de él. Quiso correr y lanzarse a la grieta, pero fue paralizado por un toque de algo semejante a la electricidad. Cayó de bruces sin lastimarse. 

Los extraños se acercaron a él sin prisas, de manera pausada, y uno de ellos le ofreció la mano amigablemente para que se pusiese de pie de nuevo. Pero ni a esa distancia logró Roger ver las facciones de esas siluetas. Daba la impresión de que eran seres sin cara, pero nunca pudo confirmarlo. 

Como sea, ellos estaban siendo amables, y hablaban en términos que le daban confianza, precisamente en ese momento tan complicado. 

Las sorpresas estaban por llegar. Sin ningún asomo de discreción, ellos se presentaron como representantes de un grupo de inversionistas muy poderoso, con sede…en el planeta Chantari. A Roger le sonó extrañísimo, pero había suficientes elementos para creerles: parecían no tener facciones, y era un hecho que habían controlado dos veces sus reacciones violentas con tecnologías diferentes. ¿Por qué no creerles? 

El pesar de estar desahuciado le daba a Roger la calma necesaria para escuchar a estos extrañísimos seres. Así que –en esas especiales condiciones- empezó el diálogo, que no fue tal, sino una plática unilateral en la que los presuntos extraterrestres hicieron a Roger una propuesta imposible de negar: como preámbulo a sus intenciones, le hablaron de su enfermedad, de las nulas probabilidades de salir de ella con tecnología humana, de lo que implicaba en términos de desgaste físico y de sufrimiento.  

Le hicieron ver que sabían mucho de él, y que –más allá de su enfermedad- reunía todos los requisitos para ser el importante hombre operativo en el planeta Tierra para su relevante proyecto de inversión. 

Como muestra de buena voluntad, le dieron una pequeña caja gris que contenía unas píldoras semejantes a las terrestres. Le dijeron que debía tomar una cada 16 horas para que la enfermedad no avanzase, mientras sus científicos encontraban una solución definitiva. 

A cambio de recuperar su salud –tal vez definitivamente-, Roger debía cumplir con  ciertos lineamientos. Su obligación sería abastecer de 8 mil toneladas mensuales de proteínas a una nave que pasaría puntualmente cada sesenta y tres días a recogerla, precisamente ahí, en la granja del lago Dundas. Cada vez que la nave aterrizase, llegaría para Roger una nueva dosis de la medicina. Y para que Roger no tuviese problemas en el logro de los objetivos, ellos lo subvencionarían con $10 millones de dólares mensuales de diamantes de Chantari, de una calidad equivalente a la mejor que existía en la Tierra. 

Esa inyección de capital sería suficiente para emprender una serie de negocios discretos que generasen otros $30 millones de dólares por mes, con lo que podría producir o adquirir las proteínas requeridas. Le aseguraron que no tendría problemas de ningún tipo, que eran inversionistas serios, con principios sólidos de comercio que garantizaban la sustentabilidad del negocio, y que nunca generarían problemas que lo afectasen o que dañasen al planeta Tierra. Ellos devolverían de alguna manera los recursos que se llevasen: de otra forma, el negocio duraría poco, y que sus objetivos eran a muy largo plazo. 

Sin abrir la boca, Roger Dittmar aceptó tácitamente la propuesta. El resto de la conversación fue de detalle, de puntualización. Roger Dittmar emprendió el camino de regreso a su casa en la granja junta al lago Dundas, deseando que lo ocurrido no fuese un sueño consecuencia de su galopante enfermedad.


14)   REGALO DE CUMPLEAÑOS

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Tal vez fue una coincidencia, pero Roger Dittmar quiso creer que no lo era. Él admiraba de verdad a sus socios desconocidos, efectivos, conscientes, maravillosos: le habían cambiado la vida. Hoy –gracias a ellos- era un hombre muy rico, sano, influyente, realizado. El hecho es que justo el día en que él cumplía 60 años, la nave procedente de Chantari aterrizó en su finca del lago Dundas tal como se esperaba, pero con una enorme novedad. 

Esta vez, la caja gris que le entregó el robot de siempre, no era gris, sino azul. En ella no estaban las píldoras acostumbradas, sino una carta dirigida a él en un sobre de papel idéntico al terrestre, y un costal de diamantes de tamaño mucho más grande de lo acostumbrado. 

Abrió la carta extrañado, y se encontró con un papel en perfecto inglés que decía: 

¡Feliz cumpleaños, amigo Dittmar!: Nuestro ciclo de negocios contigo ha terminado. Quedas libre del compromiso adquirido. Tu enfermedad ha desaparecido por completo, por lo que ya no necesitas más tratamiento. Queremos agradecerte a nombre de nuestra empresa por el tiempo que te dedicaste arduamente a conseguirnos proteínas, la materia más escasa del universo. Gracias a ella, muchos habitantes de nuestro planeta han salido adelante. Eso vale mucho más que todo el dinero que has ganado. 

Por tu edad, consideramos que mereces descansar. El robot te entregará enseguida diamantes con un valor terrestre de aproximadamente $10 millones de dólares, que serán suficientes para que tengas una vejez digna.

Respecto a los negocios que montaste para nuestro proyecto, te aconsejamos venderlos o regalarlos a tus socios, que han hecho muy bien su trabajo. Uno de ellos –no podemos decirte cuál- será en lo sucesivo nuestro nuevo proveedor de proteínas. Él abrirá sus propias redes de financiamiento y de adquisición de materias primas. Aprendió mucho de ti estos años. 

Te aconsejamos quedarte solamente con tu finca del lago Dundas. Contrata un equipo de mineros, pues en la grieta en donde te pensabas suicidar aquella noche, hay una veta de oro muy grande. La encontrarán fácilmente los expertos. Tal vez tus hijos quieran venir a administrarla. Los tendrías cerca y redondearías tu vida. Ellos también podrán ser ricos, y disfrutar a sus familias en ese hermoso lugar. 

Ha sido un enorme placer haber conocido a un ser de otro planeta tan apegado a la vida y al trabajo. Te lo agradecemos enormemente. Un fuerte abrazo.

Roger Dittmar besó al robot, miró hacia el cielo, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. 

Solamente lamentó en ese momento no haber podido intimar más con sus socios del desconocido planeta Chantari. 



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