domingo, 24 de mayo de 2009

Las almas buenas de Kalmansoo


En Kalmansoo jamás existieron almas buenas.

Todos los seres que ahí habitaban, de cualquiera de sus múltiples especies, eran tenebrosos, malvados, crueles y envidiosos.

Lo anterior estaba en su naturaleza a modo de perversión genética, en la maldita órbita en la que giraba el planeta, en los tóxicos rayos de su lejano sol, en la atmósfera envenenada de siempre.

Por eso, los bondadosos dioses de ese mundo, nunca habían querido enviar esas complicadas almas a un infierno una vez muertos. No hubiese sido justo.

Alguna vez generaron para ellos un agradable lugar al que sarcásticamente llamaron cielo, pero, al menor descuido de los dioses, las criaturas en ese lugar seguían devorándose las unas a las otras.

Por eso, los onmisapientes rectores de ese alejado mundo, finalmente decidieron abandonar aquellas almas en el vacío intemporal e inmaterial. Había tanto espacio para ellos en ese horrible más allá de Kalmansoo, que muy pocas veces dos almas coincidían.

Pero cuando este poco probable evento ocurría, la primer alma que divisaba antes a lo otra, la devoraba completamente.

No, en Kalmansoo jamás existieron almas buenas.

sábado, 23 de mayo de 2009

La diversidad genética en Kalmansoo


Sería por la atmósfera llena de malas intenciones, o por los perversos rayos de su sol maldito, o por lo que sea que no comprendemos, pero en aquel extraño mundo llamado Kalmansoo no existían tres reinos de la naturaleza, sino cinco.

Descartemos el reino mineral, semejante al que los humanos conocemos en nuestro planeta. Los cuatro que restaban se encargaban de hacer la vida difícil a todos sus odiosos habitantes sin excepción.

Había un reino parecido al animal de la Tierra, en donde las criaturas, que aparentaban estar conformadas de carne, agredían a todo lo que se movía…y a lo que no se movía.

Estaba un reino vegetal semejante al nuestro, si bien la única coincidencia era que todos sus conformantes poseían raíces. Sus aparentemente agradables hojas y flores, eran tentáculos y aparatos digestivos capaces de disolver en cuestión de segundos a cualquier ente que se les acercara.

Estaba el reino de los cuchutrucos, criaturas semietéreas de color azul grisáceo, que con sus sudores ácidos disolvían a sus víctimas, y el de los poripos, temibles predadores de sentimientos.

La vida en Kalmansoo era un infierno permanente para todos sus habitantes, pero los seres que ahí vivían pensaban –igual que nosotros- que era el mejor lugar del universo.

jueves, 21 de mayo de 2009

La gallina de los huevos con tocino


Juan, el granjero, no lo podía creer: los huevos de Pina, la gallina, cuando se rompían sobre la sartén, salían del cascarón con rebanadas de tocino. En ese momento, supuso que se volvería rico con ese portento.

Fue por ello que corrió feliz al gallinero gritando:

“¡Pina, mi hermosa gallina Pina, pone huevos con tocino! ¡Nos volveremos ricos en poco tiempo!”

Todos los animales de la granja demostraron su alegría a su manera: mugiendo, relinchando, balando, piando…

Todos menos tres.

Al día siguiente, Pina la gallina y Nico, el cerdo, amanecieron muertos…a picotazos.

Juan supo enseguida que se trataba de un crimen pasional: Kiko, el gallo, había vengado su afrenta matando a la infiel Pina y a su porcino amante.

lunes, 18 de mayo de 2009

Cuentan los que saben de eso...


Cuentan los que saben de eso
que una vez una princesa,
tuvo un par de pretendientes
de muy distinta ralea.

Pim, pam, pim, pam,
¿Qué es lo que hará la princesa?

Ella, que era inteligente,
dueña de un gran riqueza,
puso a los dos aspirantes
a demostrar su nobleza.

Pim, pam, pim, pam,
¿Qué pensará la princesa?

Uno de ellos era príncipe,
con enorme corazón,
que le ofreció mar y tierra,
todo a cambio de su amor.

Pim, pam, pim, pam,
¿Qué es lo que hará la princesa?


El otro era un dragón
que volaba por doquier,
con enormes dimensiones,
y que sabía querer.

Pim, pam, pim, pam,
¿Qué pensará la princesa?

La princesa no era tonta,
y sabía de proporciones:
no podía desestimar…
las alas de los dragones.

Pim, pam, pim, pam,
¿Qué pensará la princesa?

El príncipe le ofrecía
un palacio en la llanura,
y le confesó que estaba
al borde de la locura.

Pim, pam, pim, pam,
¿Qué es lo que hará la princesa?


El dragón era más cauto,
y sabía lo que tenía:
una cueva en la montaña,
aunque era un poco fría.

Pim, pam, pim, pam,
¿Qué pensará la princesa?

La princesa meditaba,
y mientras se decidía,
se tomó unas vacaciones
en la casa de una tía.

Pim, pam, pim, pam,
¿Qué es lo que hará la princesa?

Los pretendientes pujaban
queriéndola impresionar,
pero ella no era tonta:
prefería especular.

Pim, pam, pim, pam,
¿Qué pensará la princesa?


Y mientras esto ocurría,
en el reino de Xativa,
ella conoció a una dama
que le resultó atractiva.

Pim, pam, pim, pam,
¿Qué es lo que hará la princesa?

¿Un dragón con mal aliento,
dueño de una cueva fría,
o un príncipe deschavetado,
compañero de por vida?

Pim, pam, pim, pam,
¿Qué pensará la princesa?


Y fue así que la princesa,
sin mayor contemplación,
se decidió por su amiga,
y le dio su corazón.

Pim, pam, pim, pam,
¡Eso hizo la princesa!

domingo, 17 de mayo de 2009

El gato, el fantasma y los ratones de campo


Los gatos –todos lo sabemos- prefieren las croquetas de supermercado servidas en elegante plato de plástico rojo a cazar ratones, animales sucios y demasiado ágiles.

Pero el gato de esta historia, de nombre Miaomiao, no tenía amos que le compraran su vitamínico alimento en la tienda, así que no tenía más remedio que subsistir cazando a esos pequeños y desagradables roedores.

Los fantasmas –todos lo sabemos- son entes pacíficos que disfrutan de la tranquilidad y el silencio, si bien la humanidad se ha encargado de difamarlos al suponer que son seres peligrosos venidos del pavoroso Más Allá.

Pero el fantasma de esta historia, de nombre Buhbuh era, además de callado y sosegado, muy tímido. Como todos sus compañeros intangibles, cuando se sentía acosado o acorralado, soltaba un ¡¡Buh!! que de verdad a nadie asustaba.

Por eso y por otras razones, nuestro fantasma decidió abandonar la congestionada ciudad en busca de una casona campestre abandonada.

Finalmente, tras de varios años de búsqueda infructuosa, un primo suyo le recomendó una mansión solariega abandonada y en ruinas que algún ingenuo agricultor construyó un par de siglos atrás. apostando equivocadamente por aquella tierra estéril, razón por la que pronto fue abandonada.

Cuando Buhbuh encontró finalmente aquella casa en ruinas, supo que ése sería su lugar definitivo, su hogar por los tres o cuatro siguientes siglos por lo menos.

En aquella soledad, nuestro fantasma fue muy feliz durante varios años, acompañado tan sólo por varias decenas de ratones campestres que se nutrían de los insectos locales. Con el paso del tiempo, el fantasma y los ratones se encariñaron, y conformaron algo así como lo que los humanos llamamos una familia.

Todo iba bien en aquella rústica casa en ruinas, hasta que Miaomiao fue arrojado de su territorio cercano, por otro gato más joven y fuerte. Así, no le quedó más remedio que buscar un lugar apropiado en donde hubiese suficientes ratones y alguna techumbre para guarecerse de la lluvia.

Una noche fría y tormentosa, Miaomiao vio a lo lejos una casa en ruinas, y fue hacia ella, con la seguridad de que ahí encontraría solución a sus necesidades.

Después de sacudirse el agua del lomo, se echó sobre una alfombra raída y durmió un largo rato hasta el amanecer. Al despertar, ya con luz, se dio cuenta de que la alfombra no sólo estaba raída, sino también roída: ¡Ahí había ratones! ¡Había encontrado el paraíso de los gatos! Eso era una bendición para Miaomiao.

Tras de estirarse y de calentarse con los primeros rayos de sol, el gato decidió que había llegado el momento de iniciar la cacería de ratones, así que aplicó el olfato, la vista y el oído.

De pronto divisó, a la distancia de un salto felino, a un distraído ratón jugueteando con un escarabajo antes de comérselo. Miaomiao saltó sobre él, y cuando estaba a punto de prenderlo con sus garras, sonó a su lado un ¡Buh! un tanto desconcertante, lo que bastó para alertar al ratón para que huyese. El minino quedó sorprendido y frustrado: jamás había sabido que existiesen los fantasmas, y mucho menos conocía sus características.

Buhbuh sí sabía lo que era un gato, por lo que enseguida supo del riesgo que corrían sus amigos ratones en aquella casona en ruinas.

Miaomiao y Buhbuh se detuvieron entonces uno frente al otro en posición de pelea, midiendo ambos riesgos y ventajas.

Sin embargo, la única arma que poseía Buhbuh era un lamentable ¡Buh! que no asustaba a nadie, además de que el gato no entendía lo que ese extraño gemido significaba.

Las armas poderosas de Miaomiao eran sus afiladas garras, pero enseguida se dio cuenta de que no lograban prender a aquel extraño ente inmaterial.

Ambos estuvieron un largo rato buhuando y tirando zarpazos, ante la impávida mirada de decenas de pares de ojos ratoniles que, sorprendidos, observaban aquel extraño espectáculo.

La siguiente movida del inteligente Miaomiao fue ignorar al inofensivo fantasma, y dedicarse con todo a cazar ratones. Pero la contramovida de Buhbuh fue estar cerca del gato para alertar a los ratones de su presencia, con lo que la cacería resultó arruinada.

Como sea, pasaron dos largos días y noches en que el gato no cazaba nada, y en que los ratones vivían muy estresados por la presencia de Miaomiao. Buhbuh, por otra parte, sufría mucho, víctima de la intranquilidad que tanto le afectaba.

Cuando todas las partes estaban a punto de rendirse, el fantasma tuvo una gran idea.

Pidió al gato una tregua, y se reunieron en calma todos los interesados del caso.
Buhbuh hizo una propuesta al gato y a los ratones: si el gato prometía no comer ratones, éstos le proporcionarían a diario suficientes frutillos silvestres. Miaomiao se volvería vegetariano, pero a cambio podía esperar sentado su comida, y disfrutaría de la casona y de la alfombra raída. El fantasma velaría por el cumplimiento cabal de ese compromiso.

Las tres partes aceptaron el acuerdo, y se dedicaron felices a cumplirlo.

Es por eso que, en aquella alejada casa campestre en ruinas en medio de la nada, cuando ocasionalmente pasa un caminante, éste se queda sorprendido al ver que decenas de ratones llenan de moras e higos silvestres el plato de un gato comodín que parece sonreír satisfecho.

Y si algún caminante pretendiese acercarse demasiado a la casona del gato frutívoro y de los complacientes ratones de campo, un ¡Buhhhhhh! espantoso hará que salga corriendo del lugar para no regresar jamás.

¡Buhbuh por fin había aprendido a asustar!

sábado, 16 de mayo de 2009

El agente Buttler


Amanecía perezosamente.

Drácula llegó agotado de una excelente noche en la que había saciado como nunca su sanguinario apetito.

Abrió su sarcófago y ascendió la escalerilla para meterse en él. Se acomodó durante unos segundos, y procedió a cerrar la tapa para dormir plácidamente hasta el próximo anochecer.

Quiso asegurar la cerradura de la tapa por dentro, como hacía precautoriamente todos los amaneceres, pero algo estaba mal con esa pieza, pues se negaba a cerrar.

“Así son las cosas humanas –se dijo a sí mismo-, todo es de pésima calidad. Apenas duran funcionando unos años y se descomponen. Los vampiros necesitamos cosas que duren cientos de años. Esta noche conseguiré una cerradura nueva y cambiaré ésta.”

Por fin cerró los ojos, renunciando a asegurar la tapa del sarcófago, y cayó dormido enseguida, embelesado por el exceso de sangre ingerida aquella estupenda noche.

Él nunca lo supo, pero afuera de su cajón mortuorio, en la misma lúgubre estancia, alguien lo acechaba. Ese alguien era precisamente quien había inutilizado la cerradura unos minutos antes de que el temible rey de los vampiros hubiese llegado a su hogar.

Cuando Drácula había caído dormido, el renombrado cazador de vampiros abrió su maleta negra, sacando de ella una estaca afilada y un martillo: éste sería el fin del más temible, sabio y antiguo de los vampiros que pululaban en el planeta.

Sigilosamente abrió el sarcófago. Observó a su adormecida víctima durante unos segundos. Fue entonces que decidió dejar en el piso la estaca y el martillo. En vez de eso, abrió su boca, mostrando un par de afilados colmillos, y los clavó en la yugular de Drácula. Le succionó toda la sangre fresca posible sin que éste despertase, hasta que la muerte del vampiro fue inminente.

Después se limpió la boca ensangrentada con un pañuelo, cerró el sarcófago, tomó su teléfono móvil y se reportó a su base:

“Habla el agente Buttler. Le informo que acabo de aniquilar a Drácula. Este asqueroso vampiro no volverá a succionar sangre humana.”

“Por cierto, jefe: para mí la jornada apenas empieza. ¿No habrá cerca de aquí algún otro detestable vampiro a quien desee eliminar?”

viernes, 15 de mayo de 2009

La reveladora luna de Kalmansoo


La tenue luz de la luna de Kalmansoo tenía una especial característica: cuando iluminaba a los seres vivos en aquel extraño planeta, los pensamientos, intenciones y sentimientos de éstos se hacían transparentes.

Por eso, en cuanto la luna asomaba por el horizonte, todos, absolutamente todos los habitantes del planeta, se refugiaban en sus conchas, en sus caparazones, en sus cuevas o en sus madrigueras.